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Ramón Martínez

En el año 2012, los doctores Michael N. Tennison y Jonathan D. Moreno escribieron un artículo en PLOS Biology titulado “Neuroscience, Ethics, and National Security: The State of the Art” que analizaba la estrecha relación entre la agencia científica del Pentágono (DARPA) con los departamentos de investigación en neurociencias de las universidades estadounidenses.

El papel de la neurociencia en las operaciones de seguridad nacional planteaba cuestiones éticas que debían abordarse para garantizar la síntesis pragmática de la responsabilidad ética y la seguridad nacional.

El hecho de que en el año 2011 el Departamento de Defensa (DoD) destinase enormes sumas de dinero a la investigación en neurociencias, muy superiores a las recibidas para investigación por el resto de las fuerzas armadas, da una idea de la importancia que el Pentágono y las agencias de seguridad e inteligencia americanas le dan a esta rama de la ciencia. Las cifras hablan por sí solas:

“Para realizar investigaciones en neurociencia cognitiva, la agencia científica del Pentágono, la Agencia de Proyectos de Investigación Avanzada de Defensa (DARPA) recibió alrededor de 240 millones de dólares para el año fiscal de 2011, mientras que el Ejército se queda atrás en 55 millones de dólares, la Armada en 34 millones de dólares y la Fuerza Aérea en 24 millones de dólares”.

Existe un conflicto entre los objetivos de la Seguridad Nacional y los objetivos de la ciencia. Mientras que la comunidad científica emplea rigurosos estándares de validación en la expansión del conocimiento, la Seguridad Nacional depende de las soluciones desplegables más prometedoras para la defensa de la nación. Como resultado, el emocionante potencial de los desarrollos de alta tecnología en el horizonte puede ser sobrevalorado, malinterpretado o peor: podrían implementarse antes de ser suficientemente validados.

El análisis de los doctores Michael N. Tennison y Jonathan D. Moreno hacía un recorrido por conocidos avances en neurociencias con aplicaciones militares que según se ha demostrado tienen consecuencias negativas para la salud humana, por no hablar de las consecuencias negativas para la sociedad en general, y advertían del peligro que supone que la bifurcación entre la ciencia pública y la Seguridad Nacional lleve la investigación a la clandestinidad.

Este estudio sobre ética y neurociencias no mencionaba al proyecto MK-Ultra que desarrolló la CIA durante la guerra fría, y que oficialmente fue sancionado y paralizado. Pero según los indicios que dan los presupuestos del DoD americano, este proyecto continúa con más fuerza que nunca. Y por los avances tecnológicos que DARPA filtra de vez en cuando, es escalofriante pensar en lo que realmente pueden haber podido llegar. Tan solo esta noticia de 2007 sobre implantes de binoculares en cerebros de soldados, con tecnologías basadas en BCI que pueden leer las ondas cerebrales de los usuarios, da una idea de que avances hacían públicos hace casi 15 años.

El artículo concluye con que muchos estarían de acuerdo con el antropólogo de la Universidad George Mason, Hugh Gusterson, en que “la mayoría de los seres humanos racionales creerían que si pudiéramos tener un mundo donde nadie se dedicara a la neurociencia militar, todos estaríamos mejor. Pero para algunas personas en el Pentágono, es un tema demasiado delicioso para ignorarlo.

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