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Julio Martín Alarcón

Pocos días después de que José Antonio Primo de Rivera, líder de Falange Española, fuera fusilado en la cárcel de Alicante el 20 de noviembre de 1936, hace justo 84 años, su novia, M. S. Kant, escribió al Cuartel General del Generalísimo: "Mi general: soy la novia de José Antonio. Prefiero darle esta explicación escueta, con la sobriedad que él ha impuesto a su Falange, porque creo que ella excluye comentarios de lo que están siendo para mí estos meses en que se han dicho y hecho sobre José todas las suposiciones y se han dado las noticias más contradictorias...".

María Santos Kant se dirigía así a Francisco Franco esperando una confirmación de su muerte, que en la zona nacional no se había dado porque Franco la ocultó hasta el 18 de julio de 1938, justo en el segundo aniversario del fallido golpe de Estado que abocó a la Guerra Civil —Joan María Thomàs, 'José Antonio: realidad y mito'—. La verdad era que la noticia del fusilamiento del jefe de Falange, el 20 de noviembre de 1936, le había llegado a Franco en el mismo día en que se produjo, al igual que al jefe de la junta del mando provisional del partido, Manuel Hedilla.

Decidieron ocultarla, hasta el punto de que durante esos dos años de guerra, puesto que la máxima autoridad de la España sublevada no la había confirmado, los falangistas repitieran como un mantra la frase: "Cuando vuelva José Antonio", tal y como recogió el biógrafo de Primo de Rivera Felipe Ximénez de Sandoval —'José Antonio. Biografía' (1949)—.

 

M. Santos Kant, novia de José Antonio Primo de Rivera.

A la inútil esperanza retórica se añadió la de su amigo, el diplomático Agustín de Foxá, que entonces rehusó recurrir al lema falangista '¡Presente!' —dedicado precisamente como conjura por los caídos— a cambio del de 'José Antonio, ¡ausente!', un deseo de quien no pierde la esperanza de volver a ver a su camarada negando la supuesta épica de la muerte —A. Foxá, 'La eterna presencia'—.

Mitos y leyendas

Franco moldeaba ya en plena guerra uno de los mitos más elaborados de la Historia de España, si no el que más, habida cuenta del nulo peso que tuvo en la política de la II República el partido Falange Española. Un mito, sencillamente, porque los franquistas lo supieron desde que se produjo el fusilamiento, que el mismísimo Manuel Azaña habría intentado evitar y que Francisco Largo Caballero, presidente del Gobierno de la República, se negó a rubricar con su firma. Ambos sabían, como Franco, que la sombra del caído sería alargada.

Es cierto que a los pocos días de recibir la misiva que con gran entereza había escrito la novia de Primo de Rivera, María Santos Kant, el 27 de noviembre de 1936, el propio Franco respondió a través de su Cuartel General con su proverbial estilo críptico, pulido ya antes de convertirse en el jefe del Estado, no ya del bando nacional, sino de España, con la victoria del 1 de abril de 1939.

Lo relata Joan Maria Thomàs en su biografía publicada en 2017, aunque la existencia de las misivas apareció por primera vez en la obra de José María García de Tuñón Aza, 'José Antonio y la República': "Distinguida Srta. El Sr. General Franco me encarga manifieste a Vd. que recibió su carta del actual referente al Sr. Primo de Rivera. El Sr. General no sabe directamente nada relativo a la suerte de dicho señor...". Y a continuación, la tortuosa confesión de que "las emisoras rojas aseguran haberlo fusilado y no es creíble que lo digan sin que ello sea verdad..." —J. M. Thomàs—.

Movilizar falangistas

Así, en el estilo personal del futuro dictador, se lavaba las manos: no sabía nada —no era cierto—, pero de alguna forma las informaciones que tenían indicaban que era verdad. ¿Por qué entonces ocultarlo de forma oficial durante todos esos años de guerra? Por una parte, se hizo un esfuerzo por obtener la certeza absoluta de lo que la propaganda 'roja' afirmaba era cierto, pero al mismo tiempo ya se otorgaba en privado la credibilidad de la noticia.

Más bien, lo que ocurrió fue que en esos momentos, por un exceso de precaución o más bien por una cuestión estratégica, se decidió omitirlo en la versión oficial. Se temía la desmoralización o, aún peor, la desmovilización que pudiese tener para el reclutamiento de los voluntarios falangistas en el frente —J. M. Thomàs—.

¿Cómo había transcurrido en territorio republicano? Recordemos que la posibilidad de que José Antonio fuera fusilado no era del agrado de Azaña y ni siquiera de Largo Caballero. El presidente de la República plasmó al menos en sus diarios la voluntad de haberlo impedido:

"Los recuerdos se enredan como cerezas. Haré punto con el siguiente. Cuando Ossorio supo, porque yo se lo conté, mi intervención personal para librar a Primo de Rivera del asesinato que iban a perpetrar algunos fanáticos de Alicante, se quedó callado. '¡Cómo! ¿Le parece que hecho mal? ¿Me he excedido?'. 'No sé, no sé...'. '¿Resultará que ha sido una pifia?'. '¿Por qué no...?". —Manuel Azaña, 'Diarios completos', (Crítica)—.

El padre dictador

Es necesario recordar también que Primo de Rivera no había sido detenido durante o después del alzamiento del 18 de julio de 1936, sino antes. También, que esos 'fanáticos' a los que se refería Azaña incluían, según su propio testimonio, al susodicho Ángel Ossorio, embajador del Gobierno republicano, que no ya durante la República, sino durante la dictadura de Miguel Primo de Rivera, había sido enemigo de José Antonio.

Fueron varios enfrentamientos que incluyeron el desafío a batirse en duelo por parte de José Antonio tras unas declaraciones de Ossorio a costa de la relación de su padre, el dictador Miguel Primo de Rivera, con la Caoba, una prostituta que además fue detenida por tráfico de estupefacientes.

Primo de Rivera había sido detenido después de un registro en la sede de Falange el 14 de marzo de 1936, en el que se habían encontrado armas. Según el historiador Stanley G. Payne —'El camino hacia el 18 de julio' (Espasa)—, había sido un montaje para sacar de la escena al líder falangista, a pesar de que este no había conseguido obtener escaño en las célebres elecciones de febrero de 1936, en las que el Frente Popular obtuvo la victoria, no sin sospechas de pucherazo —Roberto Villa y Joaquín Bardavío, 'Fraude y violencia en España 1936'—.

La trampa de Prieto

El caso es que una vez que ya había sido fusilado, al bando nacional se le presentó otro problema cuando el considerado número dos de Falange, Raimundo Fernández Cuesta, fue liberado en 1937. El viejo falangista, que lideraría después el recién unificado FET y las Jons, según el decreto de Serrano Suñer, conocía también perfectamente el destino del político, pero arrastraba sin embargo el sambenito de haber sido liberado a instancias del propio Indalecio Prieto, líder del PSOE. Prieto pretendía, no sin falta de astucia, crear una división precisamente entre falangistas y militares rebeldes, tratando de resquebrajar el andamiaje forjado por Serrano Suñer en 1937.

Los auspicios de Prieto, como se sabe ahora, eran absolutamente inútiles en cualquier caso, porque por mucho que incluso el propio José Antonio Primo de Rivera hubiera sobrevivido, las circunstancias de la guerra, especialmente tras el decreto por el que se había designado a Franco no solo jefe del Mando Único sino del Estado, o se plegaba a su jerarquía o habría sido depurado, como lo fue de hecho su sucesor Hedilla, que fue sustituido por Raimundo Fernández Cuesta.

Lo más notorio de la ocultación del nuevo Estado franquista, que ya se veía vencedor —faltaba aún la Batalla del Ebro—, fue que con el anuncio oficial a los dos años y coincidiendo con el aniversario del golpe de Estado del 18 de julio de 1936, comenzó la verdadera operación de mistificación de Primo de Rivera. Ni 'Cuando vuelva José Antonio', ni 'José Antonio, ¡ausente!'.

Fastos de monarca

Terminada la guerra, los fastos que se le rindieron a José Antonio Primo de Rivera, que nunca se llevó bien con Franco, fueron absolutamente insólitos en la Historia de España, solo destinados a los reyes. De hecho, tras el funeral con un féretro falso en la catedral de Burgos, en clara yuxtaposición con el héroe por antonomasia de la Historia de España, el Cid, le siguió la impresionante comitiva del traslado desde Alicante a hombros de falangistas durante 40 días y noches hasta la misma basílica de El Escorial, el lugar destinado a los reyes de España.

El mito joseantoniano se había creado en un momento, además, en que los valores del régimen, todavía en 1939, estaban imbuidos de una carga falangista inspirada en el fascismo italiano que dominaba el llamado Movimiento Nacional. Sin embargo, los viejos falangistas serían apartados con los años y su presencia en el Gobierno fue cada vez menor.

Era ya el tiempo de 'José Antonio, ¡presente!', el que se impondría y el que aún hoy sus seguidores gritarán en el Valle de los Caídos, lugar al que fue trasladado con una comitiva mucho más discreta que la de 1939 para la inauguración de Cuelgamuros en 1959. Franco le había reservado, a diferencia de su legado, un lugar privilegiado, el altar, donde aún hoy, y a diferencia del dictador, descansan sus restos a la espera de que la vicepresidenta Carmen Calvo consiga reubicarlo en un lugar menos prominente de la basílica, tal y como ha afirmado en varias ocasiones.

Fuente: El Confidencial

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