Antonio Rondón García

Rusia libra hoy una batalla contra dobles raseros en Europa, cuando en Alemania hablan de aplicarle sanciones por el caso del supuesto envenenamiento del bloguero Alexei Navalny.

En lugar de mirar con detenimiento las consecuencias políticas y económicas de incluir entre las posibles sanciones a Rusia la suspensión de las obras del gasoducto Torrente Norte-2, Berlín menciona valores morales que no podría violar en el caso de Navalny.

Pero ni siquiera fue posible probar por el momento la existencia de un envenenamiento, mucho menos cuando en Alemania se habla de una sustancia como el llamado Novichok, un neuroparalizante que en la década de 1990 también llegó a los laboratorios de Occidente.

Expertos rusos en armas químicas, conocedores de los efectos del llamado Novichok, señalan que apenas un gramo de esa sustancia es capaz de destruir a un gran número de fuerza viva si es empleado en un combate. En el caso de Navalny el único dañado es él, algo que consideran irreal.

De hecho, son cada vez más los expertos, incluidos los europeos, que consideran que nunca se pudo utilizar un arma química, pues en ese caso, los pilotos del avión que trasladó a Navalni desde la provincia de Omsk a Berlín, los médicos y familiares del opositor estuvieran todos afectados.

Además, cómo explicar que, sin tener conocimiento sobre un antídoto para parar los efectos del Navichok, los doctores lograron sacar a Navalny del estado de coma en la clínica Charité de la capital germana.

De hecho, la Cancillería rusa señaló en un comunicado que exigía a Alemania la presentación de pruebas sobre el supuesto envenenamiento hallado por galenos germanos. De lo contrario, la acusación contra Rusia sería vista como una provocación.

En realidad, al ir de inmediato a la amenaza de sanciones contra Moscú para incluir en ellas la paralización de las obras del Torrente Norte 2, todo pareció ubicarse en su lugar: detrás del caso de Navalny estaría Estados Unidos.

Alemania, pese a las amenazas de Washington, la imposición de sanciones extraterritoriales contra las compañías participantes en ese proyecto, incluidas las de Austria e Italia, había resistido y continuaba fiel a la idea de concluir el gasoducto.

El Torrente Norte 2, contrario a lo que predica Washington sobre un supuesto daño para la seguridad energética europea, es vital para la economía alemana, sobre todo, en tiempos de la crisis creada por la pandemia de Covid-19.

Compañías germanas invirtieron al menos 10 mil millones de dólares en la construcción del referido proyecto gasífero para llevar a Alemania el gas directamente desde esta nación, sin intermediarios.

Sin embargo, ahora el tema de las sanciones contra Rusia tomó fuerza dentro del estado europeo, donde la conservadora Unión Democristiana y otros aliados hablaron de lo inmoral que resultaría comprar gas a un país, cuyo gobierno hace cosas como la de Navalny.

Ante declaraciones como esas, la izquierda alemana recordó que sería amoral comprar petróleo a naciones del Golfo Pérsico, donde son fuertes los castigos por delitos, o adquirir el gas de esquisto en Estados Unidos, pese a sus ataques contra civiles en Siria.

Pero no solo estamos ante un caso de doble rasero. Como afirmó el experto ruso Peter Akopov, se trata de una disyuntiva para Berlín que debe decidir si rechaza las presiones de Estados Unidos con el Torrente Norte 2 o si demuestra que aún carece de una verdadera soberanía.

Además, estimó Akopov, al renunciar al proyecto de gasoducto, por cuya terminación se pronunciaron recientemente más de 20 estados europeos, Alemania pondría en juego su propia imagen de líder regional y demostraría que no está dispuesta a defender los valores de toda la zona.

De hecho, en el caso de Navalny aparecen cada vez más indicios de que fue atizado por Washington para crear rencillas con un socio comercial de Rusia como Alemania, como mismo se conoció esta semana que ocurrió en el caso del arresto en Belarús de 33 miembros de la compañía rusa Bagner.

Minsk fue víctima de una operación de los servicios de seguridad de Ucrania, de acuerdo con un plan trazado por la Casa Blanca, para que ese arresto se convirtiera en un caso detonante de un diferendo entre Rusia y otro de sus socios comerciales importantes, es decir, Belarús.

La historia en torno al caso de Navalny tiene aún muchos capítulos por ponerse en escena, pero desde ahora todo indica que el guionista está en Washington, mientras Rusia arrecia el combate contra otro caso más de doble rasero, utilizado para justificar sanciones en su contra.

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