Israel Viana

«Vivir con cadenas, ¡cuán triste vivir! Morir por la Patria, ¡qué bello morir!». Con estos versos intentó el poeta madrileño Juan Bautista Arriaza, en 1810, infundir valor a todos los españoles para que se lanzaran a las calles a enfrentarse con las tropas de Napoleón. Hacía dos años que había comenzado la Guerra de Independencia, un periodo trascendental de la historia de España en el que proliferaron todo tipo de poesías y cantos patrióticos con el objetivo de dar a conocer los atropellos de los franceses y animar a nuestros combatientes a enfrentarse al invasor.

El mismo 2 de mayo de 1808, el famoso poeta de la Ilustración Juan Nicasio Gallego se encontraba trabajando en el Palacio

Real, cuando un grupo de madrileños creyó que los soldados de Bonaparte sacaban por la fuerza al infante Francisco de Paula para llevárselo a Francia con el resto de la Familia Real. Allí se produjo el primer estallido de violencia que rápidamente se extendió por toda la ciudad. Y allí mismo escribió Nicasio su primer poema contra los usurpadores, en cuyos versos finales llamaba a los españoles a levantarse en armas:

«Ya el duro peto y el arnés brillante

visten los fuertes hijos de Pelayo.

Fuego arrojo su ruginoso acero:

¡Venganza y guerra! resonó en su tumba;

¡Venganza y guerra! repitió Moncayo;

Y al grito heroico que en los aires zumba,

¡Venganza y guerra! claman Turia y Duero.

Guadalquivir guerrero

alza al bélico son la regia frente,

y del patrón valiente

blandiendo altivo la nudosa lanza,

corre gritando al mar: ¡Guerra y venganza!»

La trampa se había producido un año antes, en 1807, con la firma del Tratado de Fontainebleau entre el primer ministro español Manuel Godoy y Napoleón. Una farsa de acuerdo con el que el emperador francés obtuvo el permiso de Carlos IV para atravesar España con más de 110.000 soldados y, supuestamente, conquistar Portugal. Pero fue un engaño, efectivamente. Cuando nos quisimos dar cuenta, las tropas de Napoleón, dirigidas por su cuñado, el famoso general Joaquín Murat, ya se había apostado en Madrid con intenciones más allá del mero tránsito hacia el país vecino.

«Nos cuesta mucho trabajo creer que los propósitos de los franceses no fueran evidentes ante los ojos de nuestros conciudadanos. Los testigos de aquella situación nos hablan insistentemente del malestar creciente de la población madrileña. ¿Qué hacer? Porque los franceses tenían en Madrid y sus alrededores a 25.000 hombres ocupando el Retiro con numerosa artillería», explicaba el historiador José Manuel Guerrero en su artículo «El ejército francés en Madrid», publicado en la «Revista de Historia Militar» en 2004.

«Será un juego de niños»

En España no lo sabíamos aún. O puede que Fernando VII, en quien había abdicado ya su enfermo y desanimado padre, no quisiera enterarse, pero Napoléon ya había dicho a sus hombres en el otoño de 1807 que la conquista de nuestro país iba a ser «un juego de niños. Esa gente no sabe lo que es un ejército francés; créanme, será rápido». Y así lo creyó, puesto que a su paso por la península, el ambicioso Murat fue conquistando casi todas las ciudades por las que pasaba.

En este contexto, la poesía fue el primero de los géneros literarios que se hizo eco de la situación. Lo cuenta María de Carmen Ímaz Azcona en su artículo «Con las bombas que tiran los fanfarrones. La palabra como arma en la guerra de la Independencia», aparecido en la «Revista del Ejército Español» en 2018. Según esta lingüista de la UNED, los poetas neoclásicos del momento «tomaron la pluma para ponerla al servicio de la causa contra Napoleón. Para ello utilizaron un estilo cuidado, muchas veces salpicado de referencias mitológicas y con una métrica clásica, como corresponde a la época».

Muchos de esos poetas eran, además, soldados del Ejército español y combatieron a los franceses como cualquier otro militar, guerrillero o civil de los que alentaron con sus palabras. Un ejemplo es el mencionado Arriaza, que se retiró de la Armada por problemas en la vista y se dedicó de lleno a la escritura. En 1810, de hecho, publicó en Londres sus «Poesías patrióticas», un libro que circuló ampliamente por nuestro territorio durante toda la Guerra de Independencia, contribuyendo a la difusión de sus poemas.

«Himno al Dos de Mayo»

Entre ellos se encuentra el famoso «Himno al Dos de Mayo», que comienza con estos versos, en referencia a la primera jornada de la Guerra de Independencia:

«Día terrible, lleno de gloria,

lleno de sangre, lleno de horror.

¡Nunca te ocultes a la memoria

de aquel que tenga patria y honor!

Este es el día en que con voz tirana

“¡Ya sois esclavos!” la ambición gritó;

y el noble pueblo, que le oyó indignado,

“¡Muertos, sí!”, dijo, “¡pero esclavos, no!”

El hueco bronce, asolador del mundo,

al vil decreto se escuchó tronar;

mas el puñal, que a los tiranos turba,

¡Aún más tremendo comenzó a brillar!»

Fue ese 2 de mayo de 1808, con la ciudad prácticamente tomada, cuando el país enteró saltó por los aires y dio comienzo la guerra. «No se oían más voces que ¡armas, armas, armas! Los que no vociferaban en las calles, vociferaban en los balcones. Y si un momento antes la mitad de los madrileños eran simplemente curiosos, después de la aparición de la artillería todos fueron actores», contaba Benito Pérez Galdós en sus «Episodios Nacionales». El Gobierno llamó entonces a sus ciudadanos a filas y consiguió reunir a 30.000 hombres, la gran mayoría de ellos milicianos sin ninguna experiencia en combate, pero que estaban convencidos de que debían echar al invasor.

Calle por calle

Ese día comenzaron también los asedios a las ciudades españolas, que recordaban a los de la Antigüedad. Reducirlas suponía meses de lucha, calle por calle, casa por casa, peleando contra hombres, mujeres y niños. Todas estas escenas sumieron a los soldados franceses en un infierno que no habían conocido hasta ese momento, con un ejército compuesto de jóvenes reclutas organizados apresuradamente y obligados a invadir, en condiciones lamentables, un país que se suponía aliado.

El también militar, además de filósofo, historiador y diputado en las Cortes de Cádiz, Antonio de Capmany lo explicó claramente en un libro publicado ese mismo años de 1808: «Centinela contra franceses»: «No es este tiempo de estarse con los brazos cruzados el que puede empuñar la lanza, ni con la lengua pegada al paladar el que puede usar el don de la palabra para instruir y alentar a sus compatriotas. Nuestra preciosísima libertad está amenazada, la Patria corre peligro y pide defensores: desde hoy todos somos soldados, los unos con la espada, los otros con la pluma».

Muchos de estos soldados «de pluma» (y que también lo fueron con los fusiles y las espadas), hicieron suyas estas palabras y se adelantaron a lo que Gabriel Celaya diría más de un siglo después, en los años posteriores a la Guerra Civil: «La poesía es un arma cargada de futuro». Entre ellos se encontraba el capitán de infantería Cristóbal de Beña, que publicó «La lyra de la libertad. Poesías patrióticas» en 1813. A este libro pertenece el poema «El grito de guerra», cuyo final dice:

«Perezca el guerrero,

que no repitiere:

¡Maldito el que huyere!

¡Vencer o morir!

Y siempre en campaña

por grito de guerra

darase el que aterra

la impía maldad:

Que griten, España,

tus hijos entonces

al son de los bronces

sin fin: ¡Libertad!»

En 1808 también estaba el poeta madrileño Manuel José Quintana poniendo su pluma al servicio del bando liberal y de la resistencia antibonapartista. Se había ganado merecida fama de patriota como director del «Semanario Patriótico», que imprimió en Madrid y Sevilla, primero, y en el Cádiz sitiado por los franceses, después. Ese primer años de guerra publicó «España libre. Odas» y «Poesías patrióticas», dejando de lado sus escritos literarios más puros para centrarse en las arengas políticas. Como ejemplo, este poema titulado «Al armamento de las provincias españolas contra los franceses»:

«Llega, España, tu vez; al cautiverio

con nefario artificio

tus príncipes arrastra, y en su mano

las riendas de tu imperio

logró tener, y se ostentó tirano.

Ya manda, ya devasta; sus soldados

obedeciendo en torpe vasallaje

al planeta de muerte que los guía,

trocaron en horror el hospedaje,

y la amistad en servidumbre impía.

¿Adónde pues huyeron,

pregunta el orbe estremecido, adónde

la santa paz, la noble confianza,

la no violada fe? Vanas deidades,

que solo ya los débiles imploran.

Europa sabe, de escarmiento llena,

que la fuerza es la ley, el Dios que adoran

esos atroces vándalos del Sena».

Son muchos los ejemplo de poemas usados como arma contra los franceses. La mayoría de ellos circularon libremente entre el pueblo, que los adaptó y les puso música para insuflar valor a los soldados y al pueblo. De la mayoría de ellos llegó a olvidarse la autoría y se convirtieron en canciones populares. No importó estos a los poetas neoclásicos que los habían escrito, puesto que no solo no permanecieron impasibles, sino que se sintieron obligados a utilizar sus textos para pedir a sus compatriotas que tomaran parte en la lucha contra Francia.

Muchos de esos versos narraron gestas bélicas. Otros ensalzaron a sus héroes o cargaron contra Napoleón y riduculizaron a los considerados traidores: «Bonaparte en los infiernos / tiene una silla poltrona / y a su lado está Godoy / poniéndole la corona». Hubo también poemas sobre militares españoles, como el dedicado al marqués de la Romana: «Por Dios te pido / que saques a los franceses de Ciudad Rodrigo. / Marqués de la Romana, por Dios te ruego / que saques a los franceses a sangre y fuego». O, cómo no, sobre guerrilleros famosos como «El Charro»: «Cuando don Julián Sánchez / monta a caballo, / dicen los franceses / ¡ya viene el diablo!».

Diez poemas contra el invasor francés

Todos estos poemas y otros fueron recopilados por la lingüista de la UNED María de Carmen Ímaz Azcona en su artículo «Con las bombas que tiran los fanfarrones. La palabra como arma en la guerra de la Independencia», publicado en la «Revista del Ejército Español» en 2018:

1.- Sobre la batalla de Peñaflor (1809):

«Los franceses a la España

vinieron a conquistar,

que al cabo de siete años

les hicieron rechazar.

Desde Salamanca a Toro

por el valle arriba van

y al llegar a Peñaflor

les hicieron degollar.»

2.- Para llamar a las armas a los españoles:

«A las armas, corred, patriotas,

a lidiar, a morir o a vencer;

guerra eterna al infante tirano,

odio eterno al impío francés.»

3.- Sobre Napoleón:

«Napoleón subió al cielo

A pedirle a Dios España,

Y le respondió San Pedro:

—¿Quieres que te rompa el alma?»

4.- Sobre José I Bonaparte.

«Ya se fue por las Ventas

el rey Pepino,

con un par de botellas

para el camino.»

5.- Sobre el duque de Wellington, al que se referían como «Velintón»:

«Velintón en Arapiles

a Marmón y a sus parciales

para almorzar les dispuso

un gran pisto de tomates.

Y tanto les dio

que les fastidió

Y a contarlo fueron

a Napoleón. ¡Y viva la Nación!

¡Y viva Velintón!»

6.- Sobre Jerónimo Merino Cob, conocido como «El Cura Merino», sacerdote y líder guerrillero español durante la Guerra de la Independencia:

«Desde que el cura Merino

se ha metido a general

los asuntos de la España

van marchando menos mal.»

7.- Sobre la artillería durante el Dos de Mayo:

«Gloria al cuerpo, que el primero

por la boca de un cañón

respondió a Napoleón:

“Obedecerte no quiero”.»

8.- Sobre las tropas de Napoleón:

«Franceses, iros a Francia;

dejadnos en nuestra ley,

que en tocante a Dios, al rey,

a nuestra Patria y hogares

todos somos militares

Y formamos una grey.»

9.- A favor de Fernando VII.

«Pólvora en la cabaña,

pólvora en el zurrón,

no reinará en España

ningún Napoleón,

que reinará Fernando,

su patria y religión.»

10.- Contra Fernando VII:

«Ese narizotas,

cara de pastel,

ya me entiende usted,

ya sé yo quién es.

Dijo que a las siete

y vino a las tres.

Ya me entiende usted,

ya sé yo por qué.»

Fuente: ABC

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