Vicente Quintero

El ‘Saco de Roma’, de la voz italiana sacco di Roma — saqueo de Roma — , tuvo lugar en Roma (Italia), el día 6 de mayo de 1527. Este fue un conflicto militar entre los Estados Pontificios y el Reino de España, entonces aliado del Sacro Imperio Romano Germánico. Como resultado, el papa Clemente VII fue capturado y se vio forzado a ceder ante el rey Carlos V; la institución del Papado perdió legitimidad y prestigio; el rey Carlos V consiguió las condiciones que buscaba para actuar contra la Reforma en Alemania; la ciudad de Roma fue saqueada por los españoles y los germanos; miles de romanos fueron masacrados.

La muerte forma parte del ciclo natural de la vida. Desde el punto de vista biológico, la muerte puede ser entendida como el resultado de una ordenación natural inscrita en la constitución genética de cada ser humano. La putrefacción es el destino de la materia que compone el cuerpo del hombre. A lo largo de la historia del pensamiento filósofico de la humanidad, la muerte ha sido constantemente uno de los principales intereses y preocupaciones del intelectual, en relación consigo mismo, o su entorno físico, social y cultural. De manera que, los pueblos también tienen una ‘cultura para morir’: ritos funerarios, homenajes a los difuntos, ofrendas a los dioses, sacrificios animales y humanos, pago de tributos y donaciones para la vida post-mortem, etcétera. En particular, el México de hoy es un interesante caso de estudio contemporáneo, no solo por la celebración del día de los Muertos, sino por el culto a la Santa Muerte, cuya creciente popularidad lo ha convertido en un fenómeno regional.

La muerte no debe ser comprendida en un sentido exclusivamente individual, personal y personalista. La muerte es, también, un asunto colectivo. Así como las personas mueren, en consonancia con el ciclo natural de la vida y las vicisitudes del entorno, las culturas también fallecen y se borran sus fronteras. Pueblos enteros son masacrados en guerras; prósperas ciudades son arrasadas por desastres naturales; bombas atómicas acaban con islas en cuestión de segundos; pandemias asolan, devastan, arruinan y hasta extinguen ciudades, naciones, países y reinos. El capital humano es, quizá, el activo más valioso que tiene un país. Después de todo, es su gente la que trabaja, procrea, estudia, escribe, inventa y produce. La cultura, entendida como todo lo que hace el hombre, incluyendo también al producto con valor agregado que consume la sociedad, depende de la existencia de una población sana y estable.

 

Fragmento de carta enviada al canciller Gatinara, conservada en el archivo de Simancas, y remitida en 1845 por el archivero D. Manuel García Gonzalez, para la Colección de Documentos Inéditos para la Historia de España. No se indica el autor de la misma.

A lo largo de la historia escrita de la humanidad el período anterior es conocido como pre-historia , los relatos sobre epidemias y pandemias que acaban con grandes poblados no son escasos. Las grandes pestes no han sido un asunto de pocas líneas, y una de las obras más importantes en la historia de la literatura europea, El Decamerón de Giovanni Bocaccio, gira en torno a la cotidianidad en tiempos de la peste negra.

Los fragmentos de cartas recogidos en la compilación documentos inéditos para la historia de España invitan a reflexionar sobre el impacto de la peste bubónica, también conocida como peste negra, en Roma. Probablemente debido a la desesperación ocasionada por la hambruna y la anarquía generalizadas, hasta la iglesia de San Pedro fue saqueada y algunos tesoros del Vaticano robados. No solo la comida escaseaba, sino que la poca que se encontraba era de baja calidad (Salvá y Sainz de Baranda, 1845, p. 453). Los valores tradicionales religiosos, sobre todo en los siglos XVI y XVII, eran el eje de la moral y la buena conducta urbana. Si el robo ya es una conducta condenable, aún más lo es, en una sociedad en la cual la Iglesia goza de gran poder, prestigio y legitimidad, la profanación y saqueo de templos sagrados que representan el cuerpo de Dios.

Más recientemente, hace poco más de 100 años, la influenza de 1918, antecedente de la H1N1 de 2009, infectó alrededor de 500 millones de personas a nivel mundial. Todavía se desconoce la cantidad exacta de fallecidos, pero se considera que oscila entre los 10 y los 100 millones. Como bien señala John Galvin (2007), no se sabe exactamente dónde se originó la influenza de 1918, conocida popularmente con el nombre de gripe española. Las principales teorías científicas ubican el origen del virus en países como Francia, Estados Unidos y China (Valentine, 2006; Konkel, 2018; Vergano, 2014). Con una atribuida cantidad de fallecidos muy superior a los de la Primera Guerra Mundial, ha sido una de las pandemias letales en los últimos siglos. De acuerdo a Luke, Kilbane, Jackson y Hoffman (2006), investigadores asociados a la Oficina de Medicina y Cirugía de la Marina del Departamento de la Marina de Guerra de los Estados Unidos, sugieren que el impacto inicial de la influenza pudo haber sido censurado.

El nombre de “gripe española” podría deberse, según John Barry (2004, p. 71), a la postura neutral asumida por España durante la Primera Guerra Mundial, antes de mayo de 1918; postura que permitió una mayor libertad de prensa. Para ese entonces, los gobiernos de Francia, Alemania e Inglaterra evitaban que se informase a la población sobre la pandemia, debido a los efectos adversos que eso podría tener sobre la moral de los militares — y como los hombres son los que suelen ir a la guerra, la prensa sugería que estos eran menos propensos al contagio que las mujeres — . En España, mientras tanto, el gobierno no censuró la publicación de noticias y artículos sobre los enfermos de influenza, conocida popularmente como el garrotillo. De manera que, se creó la percepción de que la influenza se había propagado al resto el mundo desde España, aún cuando los casos de influenza en este país eran relativamente bajos, más allá de la cobertura mediática del asunto.

Como arma propagandística, la influenza fue usada para estigmatizar a los alemanes en la opinión pública y crear una percepción negativa del grupo étnico-nacional. Los estadounidenses acusaron a los alemanes, en varias ocasiones, de haber llevado ‘la gripe española’ a territorio estadounidense. El coronel Philip S. Doane, director del departamento de sanidad de la Emergency Fleet Corporation, especuló que la influenza era un arma biológica de los alemanes y que esta había llegado a Estados Unidos a través de sus submarinos. Los laboratorios alemanes en suelo estadounidense también fueron acusados de propagar la gripe española en los Estados Unidos (True, 2004, p. 46; Barry, 2004, p. 343).

La peste, la hambruna, el saqueo y la guerra son términos que están relacionados, mucho más de lo que se piensa. Y aunque los sistemas de salud en el mundo desarrollado han registrado importantes avances, todavía hay grandes retos por delante. La tecnología puede ser usada para hacer el bien, pero también para hacer el mal. Y en cierta medida, el pensamiento de Albert Camus (1978) no ha perdido vigencia; es necesario reflexionar sobre el estilo de vida contemporáneo — y quizá, si tan solo reemplazáramos las palabras prensa y periódico por Facebook, Twitter e Instagram, pensaríamos que estamos ante una novela escrita en el siglo XXI — .

La actual cuarentena que vive la sociedad internacional por el brote del coronavirus, considerado ya una pandemia, expone las fragilidades de los sistemas sanitarios de los países desarrollados, y más todavía, las de los países que se encuentran en vías de desarrollo, es decir, son parte de la periferia. Los pobres, las personas en condición de calle, los ancianos y los niños abandonados son poblaciones vulnerables que tienen que ser atendidas; el Estado debe emprender un programa de políticas públicas que garantice un mínimo de bienestar durante la crisis. Los claustrofóbicos son un grupo que merece especial atención: su organismo no es en sí mismo más proclive a contraer el virus, pero le puede ser difícil quedarse en casa sin salir, lo cual lo pone en una situación de riesgo. La administración del Estado debe tomar en cuenta todos estos factores.

Y los más afortunados, aquellos que tienen un techo para dormir y recursos económicos suficientes para adquirir los bienes esenciales para la vida, no son inmunes al choque cultural que ha significado el coronavirus. El aislamiento social, el súbito cambio de rutina, la sensación de desprotección-inseguridad, y el involuntario confinamiento, son factores que influyen psicológicamente sobre el ser humano. En la medida que esta crisis se prolonge en el tiempo, el impacto cultural y psicológico sobre la población será mayor. De un día para el otro, la vida cambió. No se trata de vacaciones; el tránsito aéreo es limitado y las opciones de entretenimiento nocturno se encuentran restringidas.

El coronavirus, aunque considerablemente menos letal que el ébola, se contrae con mayor facilidad. Por lo general, la mayoría de las personas sanas y jóvenes se recuperan sin complicaciones. Los niños, los adultos mayores, los diabéticos y los hipertensos son las poblaciones de mayor riesgo. La cuarentena busca limitar el crecimiento exponencial de los casos de contagio y disminuir la tasa de nuevos casos reportados, con el fin de evitar el colapso de los sistemas sanitarios nacionales. Para verano, se espera haber superado la etapa más crítica de la situación, pero no hay garantías; ciertas condiciones climáticas y ambientales fomentan la propagación del virus.

La distancia temporal entre el coronavirus y la peste negra, esa que acabó con la vida de millones de europeos entre los siglos XVI y XVII, es de poco más de tres siglos. El desarrollo científico y tecnológico de la humanidad ha sido notable. Y aún así, seguimos siendo muy vulnerables como sociedad. El futuro parece ser promisorio, pero aún existen incertidumbres; dudas sin aclarar y necesidades por satisfacer. La economía de los Estados Unidos, primera economía del mundo, está en camino a una nueva recesión, según el presidente Donald Trump. Y así como se estigmatizó al pueblo alemán durante la Primera Guerra Mundial, como posibles propagadores de la llamada peste española de 1918, hoy se estigmatiza, no solo al gobierno de la República Popular de China, sino al pueblo de ese país. A menudo, presentando datos que son falsos.

“Y no hay duda que en materia de plegarias a Dios, andan acordes los modernos con los antiguos pueblos. Ninguno deja de volver los ojos al cielo en demanda de protección siempre que se hacen sentir sobre la tierra esos tremendos azotes que se denominan pestes, hambres y guerra, y cada cual a su manera repite entónces con la Iglesia el líbranos, Señor, de todo mal”, dijo el teólogo chileno José Hipólito Salas (1880, p. 20). Y han sido históricamente las religiones, junto a las ideologías y doctrinas, el refugio del hombre ante lo incierto, lo desesperanzador y lo confuso; confiar y creer en algo le provee al hombre seguridad. A lo largo de la obra del historiador Christopher Dawson (2015), se sostiene que la fe es móvil del proceso histórico.

En tiempos de desinformación y crisis de legitimidad por parte de los actores tradicionales, la confianza de la población se encuentra en niveles críticos. La información que se lee sobre el coronavirus es confusa, y a veces, hasta contradictoria. Los principales voceros de los gobiernos insisten en que no hay necesidad de alarmarse, pero los ciudadanos ven que se han tomado medidas de control cada vez más severas y la respuesta de los grandes mercados ha sido negativa. Las mutaciones del coronavirus no representan el único peligro; el virus de la desinformación y la crisis de confianza hacen también un gran daño.

Alrededor de la mitad de la población mundial es pobre y vive con menos de 2 dólares al día 3 mil millones de personas . De esos 3 mil millones, aproximadamente 1 mil 300 millones viven en pobreza extrema. Las medidas de cuarentena y aislamiento ponen en riesgo la estabilidad del sistema social, cultural y económico a nivel mundial; tiene el potencial de erosionar su tejido. Para muchos, la cuarentena es prácticamente una sentencia de hambruna y muerte, casi tan terrible como el propio coronavirus. Se viven tiempos que ponen a prueba a la humanidad y las principales élites que la dirigen.

De prolongarse esta situación, la desesperación y la hambruna podrían manifestarse en saqueos y violencia generalizada, especialmente en aquellos países que actualmente pasan por profundas crisis sociales y económicas; algunas más visibles que otras. Los problemas pueden ignorarse e invisibilizarse, pero eso no basta para que estos dejen de existir. En esta situación, la planificación y la implementación de políticas públicas acertadas es crucial — y quizá, hasta existencial — .

Fuentes:

Vergano, D. (24 de enero de 2014). 1918 Flu Pandemic That Killed 50 Million Originated in China, Historians Say. National Geographic. Recuperado de www.nationalgeographic.com/news/2014/1/140123-spanish-flu-1918-china-origins-pandemic-science-health/

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