Juan Gabriel Caro Rivera

Durante el siglo XX en Latinoamérica solamente han existido tres clases de Estado: el liberal-capitalista, el socialista y el populista. Ninguna otra clase de Estado ha logrado constituirse en la práctica o erigirse como modelo. Han existido Estados liberales, socialistas y populistas. Las otras clases de Estado están ausentes o no existen. En Latinoamérica ha existido sobre todo un Estado liberal-capitalista y las guerrillas comunistas han fracasado en crear verdaderos Estados socialistas, siendo estos Estados más bien caricaturas del mismo. Nunca ha existido un Estado populista.

1. Contra el liberal-capitalismo

El liberal-capitalismo es la forma Estatal adoptada por el sistema político y económico latinoamericano como medio de explotación de las clases bajas. Está basado en la creación de una élite política y económica que controla todos los aspectos de la vida nacional, desde los medios de comunicación hasta las empresas y las rutas comerciales. Este sistema fue el adoptado por las clases altas una vez consumada la independencia política de España y hundida la experiencia de la Gran Colombia de Bolívar. La élite latinoamericana reemplazó la independencia política con la dependencia económica, introdujo el capitalismo internacional y creó la democracia política. Este ha sido hasta ahora el sistema político vigente que, a pesar de las guerras civiles, los levantamientos de artesanos y campesinos, las distintas luchas políticas y las crisis sistemáticas, se ha mantenido en Latinoamérica.

El liberalismo latinoamericano tiene como asidero la explotación económica de la nación para crear un capitalismo nacional que, poco a poco, se convierta en capitalismo internacional. Este capitalismo es la base económica de la burguesía nacional amparada por los intelectuales conservadores y liberales, siempre dispuestos a honrar a sus amos. La alianza entre la burguesía y los intelectuales ha configurado la realidad política de la nación, creando la estructura ideológica sobre la cual subsiste todo lo anterior. Como la élite latinoamericana nació de la negación de su propio pasado hispánico, en ella anidan toda clase de flagelos internos e intentos de “blanqueamiento de sangre” que rayan en el masoquismo. De allí la vergüenza hacia la cultura nacional y su herencia bárbara española, mestiza, indígena o africana. La intelectualidad latinoamericana ha intentado llenar este vacío adoptando las modas literarias europeas y norteamericanas, mientras las élites nacionales se han entregado a la nordomanía y la celebración de la anglofilia. Se ha rechazado todo legado histórico, prefiriendo la celebración de lo extranjero, lo foráneo, lo extraño. Sin embargo, semejante actitud ha creado una esquizofrenia social: el distanciamiento entre la élite extranjerizante frente al pueblo se ha hecho cada vez más profunda. Este último ha terminado por conservar, aunque de forma fragmentada y diluida, la herencia hispánica y prehispánica negada por sus capataces y jefes, alienados en los fuegos fatuos de la deslumbrante cultura occidental moderna.

Lo nacional, la identidad propia, ha sido negada sistemáticamente por las élites y los intelectuales colombianos. Nuestra cultura fue reducida a un montón de restos exhibidos en los museos o espectáculos sin sentido mostrados a espectadores extranjeros. Al igual que el capitalismo, el liberalismo latinoamericano actúa como una sanguijuela que se nutre de la patria para sobrevivir. Es fruto de un doble movimiento combinado: el liberalismo niega la identidad nacional en pro de disolverla en la civilización mecánica occidental; mientras tanto, el capitalismo destruye las formas de producción comunales, arraigadas en las tradiciones históricas hispanas e indígenas, basadas en el trabajo colectivo de la tierra, la solidaridad y los lazos de sangre. La corrupción ha sido inoculada al sistema sanguíneo de la nación por medio del triunfo del egoísmo, las sociedades de accionistas y la reducción de la vida a sus más bajos impulsos.

Frente a este sistema la sociedad colombiana ha reaccionado de las formas más diversas: creación de guerrillas organizadas, movimientos agrarios, olas populistas, elección de caudillos nacionalistas, estallidos violentos y terrorismo. Cada uno de estos intentos fracasó o acabó en una transacción con el enemigo a favor de obtener beneficios económicos y cuotas de poder. Los enemigos de la nación han sido más astutos que los hijos de la patria. Y al final estos han terminado cayendo en la modorra y el fatalismo.

La nueva contestación nacional, por tanto, tendrá que aprender de los errores del pasado y lanzarse a una nueva guerra de liberación nacional: por una patria que reivindique los valores nacionales y promueva la justicia.

2. El nacional-comunismo criollo

El nacional-comunismo criollo será el proyecto articulador de una nueva sociedad. La expresión de un nacionalismo que defienda la identidad nacional, los valores nacionales, la historia nacional, junto con un programa económico que reivindique la justicia, el retorno a un comunismo primitivo, a las formas arcaicas de la vida. El nacional-comunismo es la combinación de una orientación política-cultural que reivindica la fidelidad al suelo, las tradiciones, la ética nacional, las raíces históricas antiguas, con un programa económico que exige la restricción del libre mercado, el regreso a la autarquía, la construcción de un intercambio justo, la liberación de la sociedad de la esclavitud de la deuda, la primacía del trabajo honrado y el retorno al gremialismo y el agrarismo. Es la síntesis de todo aquello que ha sido desechado por la sociedad actual. Por lo tanto, no se trata del viejo marxismo-leninismo, el cual hoy reveló ser un tremendo fracaso. No. Será un nuevo comunismo que, alejado de los dogmatismos del pasado, se adapte a las exigencias de los pueblos y manifieste en ellos la grandeza de su sistema. No se trata de los colombianos para el comunismo (la visión clásica de los marxistas y los movimientos guerrilleros), sino de un comunismo para los colombianos. Este comunismo estará basado en el rescate de las antiguas tradiciones prehispánicas, hispánicas y nacionales, será la expresión de la justicia social de nuestra nación, de nuestras tradiciones, de nuestra ética económica, y no la imposición de un socialismo científico abstracto. Tal comunismo será más agrario que urbano, más regionalista que centralista, más cooperativo y municipal que estatista o internacionalista; serán estas especificidades las que se reflejarán tanto en la teoría como en la práctica. Todo lo anterior exige un rechazo de entrada de cualquier intento de homologar nuestra situación a la de alguna otra nación o forma histórica ajena a nosotros. Aclaremos algo: el nuevo nacionalismo no será excluyente, sino incluyente. Uno que decida incluir en su seno a todas las naciones que compartan los mismos valores, que poseen un mismo pasado. Este nuevo nacionalismo reivindicara el imperio, la unión histórica de las naciones hermanadas por un mismo origen. El primer imperio prehispánico fue el incaico; el segundo imperio hispánico fue el Virreinato del Perú, cercenado por los Borbones y desfigurado por las independencias; el tercer imperio será el comunismo milenario de los hombres nuevos que reconstruyan el legado perdido de los antiguos.

3. El hombre nuevo

El nacional-comunismo criollo será construido por un hombre nuevo: un nuevo tipo de hombre que reivindique la revolución y restaure el orden. La clase de los héroes y de los guerreros, los nuevos templarios del proletariado. Las alternativas que nos ofrece el sistema nos resultan mediocres e insípidas. La derecha neoconservadora nos propone como alternativa al hombre de negocios, al capitalista internacional, al burgués cosmopolita. La izquierda, por su parte, nos ofrece un modelo deformado de la tribu y en su defecto la del hombre mantenido en el confort de un capitalismo social sin contenido. Ambos modelos implosionan como un moho podrido.

Por el contrario, el nuevo hombre deberá alzarse sobre las ruinas del pasado mirando hacia el futuro, cuyo único horizonte no es otro que la llegada del milenio comunista. Este milenio, donde el comunismo nacional se alce como bandera, será su meta final. La figura del hombre nuevo del comunismo nacional tendrá que encarnarse en un ser concreto para poder existir: este ser concreto nos ofrece tres tipos directos en la forma del campesino, el guerrero y el profeta. La nueva revolución será hecha por ellos y para ellos. No será una revolución desde arriba, hecha por unos cuantos para mantener el mismo orden de cosas existentes. Esta revolución tendrá que liquidar, por medio de su acción, las antiguas estructuras putrefactas que todavía existen y sobre las cuales se cimienta el poder de las élites actuales.

La revolución desencadenara las fuerzas arcaicas primitivas, los arquetipos ocultos. Por ello, el comunismo será el fuego que caliente estas energías atávicas y le dé al profeta, al guerrero y el campesino el impulso para sobreponerse a los tiempos actuales. Entonces el fuego descenderá del cielo y quemara la tierra con tal ardor que, todos aquellos que no estén dispuestos abrazarlo, serán evaporados. El éxtasis y el furor, la reflexión y el impulso, la voluntad de hierro y la disipación se apoderarán de los nuevos revolucionarios nacionales: jóvenes, intrépidos, apasionados, violentos, nihilistas, hombres sin fronteras que se lanzan a la aventura de purificar el mundo. Construirán y destruirán, despreciaran y alabaran, seguirán órdenes y despreciaran las normas establecidas, reunirán en su interior lo angélico y lo sobrehumano. Descargaran su ferocidad sobre los enemigos de la nación y cuidaran tiernamente de los ancianos y los niños. En ellos lo terrible se unirá con lo sublime. El hombre nuevo está llamado a hacer lo imposible: la apertura de las puertas de la Edad de Oro, el descenso a la tierra de la ciudad celeste, la abolición del tiempo.

El nacional-comunismo, por tanto, no será la consolidación del capitalismo estatal disfrazado de comunismo, ni tampoco la defensa de un nacionalismo estrecho y sin miras. Será el comunismo de los primeros tiempos y el ideal de unión de las naciones en un Imperio. Lejos de nosotros la defensa de un capitalismo nacional, pardusco y marrón. Deseamos en cambio la transmutación del mundo y el eterno retorno de los siglos.

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