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Christopher Monckton

En Harvard, había una vez una universidad. Aquello que alguna vez fue un campus noble se ha convertido ahora en un asilo de lujo para los débiles mentales en estado terminal. Walter Willett, uno de los reclusos (en su tristemente incurable delirio se llama a sí mismo "profesor de nutrición"), ha dicho a un visitante bien intencionado de Business Insider que "comer una dieta especialmente alta en carne roja socavará la sostenibilidad del clima".

Adiós, entonces, a la carne asada de la vieja Inglaterra. Estamos tan entusiasmados en este viejo país con nuestro asado dominical (cocido y en rodajas gruesas) que los franceses nos llaman les rosbifs [NdT.- Expresión francesa equivalente a "theroast-beefs", o "los carne asada"]. Pero el "profesor" (porque debemos complacerlo haciéndole creer que está capacitado para hablar de nutrición) quiere acabar con todo eso.

Tan sorprendentemente ignorante de todo -excepto de la línea del partido del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático- como otros en ese hospicio sin esperanza para tontos desdichados, pasa por alto el hecho de que las grandes llanuras de lo que ahora son los Estados Unidos de América alguna vez estuvieron repletas de millones y millones de rumiantes eructantes y flatulentos. A pesar de la agricultura, ahora hay muchos menos rumiantes que entonces.

El "profesor" continúa babeando: "Es malo para la persona que lo come, pero también es muy malo para nuestros hijos y nuestros nietos, así que creo que eso es algo que deberíamos desaconsejar total y fuertemente. Es -de hecho- irresponsable."

Puede ser que el "profesor" -miren con cuánta fascinación se ajusta su sombrero de papel de aluminio en un ángulo elegante- no acepte la teoría de la evolución. Si, sin embargo, esa teoría es correcta, la Tierra es un poco más antigua que los 6000 años derivados por el amable y chiflado Obispo Ussher contando las generaciones desde Abraham.

La agricultura, tal como la entendemos ahora, sólo se ha generalizado en los últimos 10.000 años. Antes de eso, durante quizás dos millones de años, nuestros antepasados cazadores-recolectores comían carne y pescado y no mucho más, quizás un poco de fruta y algunas nueces de vez en cuando, pero sólo en temporada.

Si comer toda esa grasa saturada era malo para ellos, ¿cómo diablos eran lo suficientemente fértiles como para reproducirse generación tras generación a través de los milenios, conduciéndonos finalmente a nosotros?

Permítanme dar al "profesor" una breve conferencia sobre nutrición, de la que él sabe muy poco. La energía en nuestros alimentos proviene enteramente de tres macronutrientes: grasas, proteínas y carbohidratos.

Hay cerca de 15-25% de proteína en casi todo lo que comemos. Así que la pregunta se simplifica: ¿Qué equilibrio debemos encontrar entre las grasas, que provienen principalmente de la carne y los productos lácteos, y los carbohidratos, que son el pan, la pasta, el arroz, las patatas, los cereales, las semillas y los azúcares?

Para responder a esa pregunta, tal vez sea útil una breve y dolorosa lección de historia.

A principios de la década de 1950, AncelKeys, un fisiólogo de cultura popular, anunció que había llevado a cabo un "estudio de cinco países" (más tarde un "estudio de siete países") que, según afirmó, mostraba una relación entre las grasas saturadas procedentes del consumo de carne y las enfermedades cardiovasculares.

De hecho, fue un estudio de 22 países, del cual Keys había excluido a 15 países que no mostraron el resultado que él quería. Peor aún, no había excluido un factor de confusión importante, a saber, la latitud. Cuanto mayor sea la latitud, mayor será la prevalencia de enfermedades cardiovasculares, principalmente debido a la deficiencia de vitamina D causada por la escasez de luz solar en la piel.

Sin embargo, Keys continuó apareciendo en la portada de la revista Time, y atrajo un enorme financiamiento para probar su teoría de papel de aluminio en pacientes de seis instituciones psiquiátricas y un asilo de ancianos en Minesota.

Éticamente, el estudio fue cuestionable: una vez que los pacientes dieron su consentimiento, se les dijo lo que podían y no podían comer, y se les supervisó de cerca para asegurarse de que cumplieran. Se dividieron en dos grupos: uno con una dieta alta en grasas y baja en carbohidratos y otro con una dieta baja en grasas y alta en carbohidratos.

Los resultados fueron decisivos: no hubo incidencia adicional de enfermedades cardiovasculares entre los que siguieron una dieta alta en grasas. Keys se las arregló para que la publicación se pospusiera por más de una década.

En 1977, los "demócratas" decidieron dar directrices al pueblo sobre lo que debían comer y lo que no debían comer. Los Institutos Nacionales de Salud invitaron a las partes interesadas en la nutrición a una reunión a puerta cerrada que duró dos días. A los presentes se les dijo que no se les permitiría salir de la sala hasta que hubieran firmado una "declaración de consenso" preestablecida que recomendaba una dieta rica en carbohidratos. Uno por uno, todos cedieron y lo firmaron.

Ahora bien, ¿dónde hemos escuchado antes esa palabra, "consenso"?

El estudio de Minesota sólo salió a la luz después de que se publicaran las pautas de manera segura. Pero para entonces, por supuesto, ya era demasiado tarde. 

Sin embargo, dos años después de la promulgación de las directrices a instancias de un comité del Senado bajo la dirección de George McGovern, la incidencia de todas estas enfermedades comenzó a aumentar. 

Ahora, como resultado directo de esas directrices genocidas, dos de cada tres dólares de salud en los Estados Unidos se despilfarran en la diabetes y sus terribles secuelas.

Tampoco puede decirse que la mayor incidencia y prevalencia de diabetes se deba principalmente al hecho de que la gente no se adhiera a las recomendaciones. En gran medida, se están siguiendo las pautas, y cada día es más claro que la recomendación de que los carbohidratos deben ser el alimento básico de nuestra dieta es lo que está causando la crisis de la diabetes. Para 1984 -un año apropiado- la enloquecida brigada de nutrición que porta sombreros de papel de aluminio enloqueció contra el colesterol, lo que alcanzó a aparecer en la portada de Time.

En 1994, el Gobierno Británico de John Major (que tenía el toque inverso de Midas) decidió copiar las pautas dietéticas de los Estados Unidos. En ese momento, la diabetes y la obesidad en Gran Bretaña eran raras. A los dos años de la introducción de las directrices, al igual que en los EE.UU., comenzaron a acumularse las pruebas de cumplimiento de las directrices, al igual que la incidencia de la diabetes y enfermedades relacionadas.

Ahora, alrededor del 10% del presupuesto del Servicio Nacional de Salud se despilfarra en la diabetes y sus complicaciones, y el pronóstico no es menos terrible que en los Estados Unidos.

Aunque la "ciencia" de la nutrición está tan dominada por extremistas de extrema izquierda como la "ciencia" del clima, han comenzado a surgir escépticos valientes. En Australia, un médico que había recomendado a pacientes diabéticos que redujeran los carbohidratos y aumentaran las grasas fue sometido a un proceso disciplinario de dos años por parte de las autoridades médicas, al final del cual se vieron obligadas a admitir su derrota porque estaba curando a sus pacientes.

En Suecia, las autoridades médicas llevaron a cabo una campaña similar contra un médico por el delito de curar a sus pacientes de diabetes diciéndoles que comieran menos carbohidratos y más carne. Se mantuvo valientemente firme y las autoridades se vieron obligadas no sólo a presentar una disculpa completa y abyecta, sino también a cambiar las directrices dietéticas suecas.

En dos años, el consumo de mantequilla, que había estado disminuyendo durante dos décadas de acuerdo con las directrices contra las grasas saturadas, se había recuperado a los niveles anteriores a las directrices, y la incidencia de nuevos casos de diabetes comenzó a disminuir.

Hoy en día, apenas pasa un mes sin que una nueva prueba de doble ciego, estudio epidemiológico o meta-análisis en las revistas médico-científicas demuestre más allá de toda duda que la diabetes y una variedad de otras enfermedades son directa y principalmente atribuibles a las equivocadas guías que recomiendan que los carbohidratos deben ser la dieta básica.

¿Cómo puedo saber todo esto? Porque hace 18 meses fui al Hospital St. Bartholomew de Londres para que un endocrinólogo solemne me dijera que tenía diabetes. Ya lo había sospechado, porque había notado el distintivo odorsanctitatis en mi piel. Había leído algo sobre ello. Así que le dije al especialista que me ocuparía de ello.

Dijo:

"No me está tomando en serio. Debe darse cuenta de que tiene una diabetes total. Esta es una condición seria.Tendrá que estar medicado".

Rehusé toda la medicación. Para entonces había leído lo suficiente como para saber que eran las directrices del gobierno las que me habían dado diabetes y que ignorarlas lo curaría.

Después de seis meses, volví al endocrinólogo, quien observó los resultados de la prueba y dijo que, aunque yo era prediabético, ya no diagnosticaría la diabetes.

A principios de este año, volví de nuevo, esta vez a petición del hospital, para someterme a un día de pruebas, no tanto para mí como para ellos. La prueba demostró que ya ni siquiera era prediabético. Mi nivel de azúcar en la sangre era normal. Mi presión arterial era la de un chico de 18 años.

Estaban sorprendidos de que yo hubiera erradicado todos los síntomas de lo que hasta entonces habían imaginado que era una enfermedad incurable, crónica, progresiva y eventualmente fatal, por nada más complicado que cortar los carbohidratos casi por completo, y comer carne de res tres veces por semana, así como tiras de tocino, queso entero y crema espesa.

Ah, y la grasa no te hace gordo. He perdido 20 kilos, y ni siquiera he hecho dieta. No he contado ni una sola caloría.

Así que cuando algún cabeza puntiaguda en un sombrero de papel de aluminio del Asilo de Harvard para los Socialistas Criminales dice que no debemos comer carne, no estoy de acuerdo. Por bien intencionado que sea el "profesor", y por ingenua que sea su creencia en la Nueva Religión del calentamiento global, el consejo de reemplazar las grasas por carbohidratos está matando a millones de personas en todo el mundo cada año. Una vez más, la "ciencia establecida" -la ciencia socialista- se equivoca, y otra vez lo hace de forma genocida.

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