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Ramón González Férriz

MatteoSalvini, el líder de la Liga y vice primer ministro del Gobierno italiano ahora en funciones, emprendió a principios de agosto lo que llamó “tour verano italiano”, un recorrido por las playas del país en el que posó para las redes sociales descamisado, mojito en mano y ejerciendo de Dj. A pesar de que en julio había estallado un escándalo por la supuesta financiación rusa de su partido, las cosas tenían un aspecto inmejorable para él: las encuestan le daban una intención de voto de alrededor del 36%, que le convertiría de manera casi automática en primer ministro. De modo que anunció una moción de censura contra su propio Gobierno de coalición con el Movimiento 5 Estrellas, con la esperanza de que el presidente italiano, Sergio Mattarella, convocara unas elecciones de inmediato. Salvini siguió con su gira por las playas y rechazando la llegada a los puertos italianos de barcos con migrantes rescatados en el Mediterráneo. Ambas cosas le daban una enorme popularidad.

Pero como advirtieron Matarella y una parte importante de los políticos y los comentaristas italianos, era un momento pésimo para convocar elecciones. De acuerdo con las previsiones, este año Italia crecerá un 0,1%, su deuda sigue aumentando y supera ya el 130% del PIB, su sistema bancario es uno de los grandes riesgos de la eurozona (en parte, porque en sus balances sigue acumulándose la deuda italiana) y el Gobierno debe presentar el próximo 15 de octubre un presupuesto que no vulnere, o al menos finja no vulnerar, los límites de déficit que le exige la Comisión Europea.

En una muestra de inesperada independencia, el 20 de agosto, el día de la moción de censura, el primer ministro, Giuseppe Conte, un hombre sin ninguna experiencia política que hasta hace no mucho era considerado una marioneta de los dos partidos de la coalición, presentó su dimisión. Y lo hizo con duras palabras contra Salvini.

En otro revés para este, el presidente Mattarellainició conversaciones con los grupos parlamentarios para ver si podía emerger una nueva mayoría parlamentaria que pudiera formar Gobierno y así evitar nuevas elecciones. Y surgió una posibilidad que ha ido cobrando cada vez más forma, hasta el punto de que parece probable que se materialice en un nuevo Gobierno: una alianza entre el Movimiento 5 Estrellas y el Partido Demócrata, de centro izquierda. Se trata de una coalición tan contra natura como la que unía al Gobierno en funciones: ambos partidos se detestan.

El Movimiento 5 Estrellas ha demostrado que, además de tener dificultades para dar coherencia a su ideología, una mezcla de populismo económico, izquierdismo antisistema y simple oportunismo, es totalmente inoperante por lo que respecta a la acción política. Y el PD no deja de representar una vieja ortodoxia que lucha por volver a conectar con una sociedad que le ha ido dando la espalda.

Aun en caso de que, como parece, los dos partidos se pongan de acuerdo en el reparto de puestos del Gobierno —el PD ya ha aceptado que Conte siga como primer ministro, pero siguen disputándose otros cargos clave—, el Movimiento 5 Estrellas quiere someter el acuerdo al voto de sus bases, con un resultado impredecible. Además, el único programa real del nuevo Gobierno sería impedir unas elecciones que, en caso de celebrarse, ganaría sin duda Salvini. Si se llegara a un acuerdo presupuestario, cosa ya de por sí difícil, sin duda incumpliría las exigencias de contención fiscal de la Comisión Europea.

Hasta ahora, los mercados no han castigado al país pese a esta inestabilidad. Esta semana, el bono a 10 años ha marcado mínimos, con un tipo de interés por debajo del 1%. A fin de cuentas, la inestabilidad es lo único estable en la política italiana, que ha tenido 66 gobiernos en 75 años. Pero eso podría cambiar en cualquier momento. Por mucho que Luigi Di Maio, líder del Movimiento 5 Estrellas, y Nicola Zingaretti, secretario general del PD, repitieran anoche su deseo de acabar con los exabruptos políticos y las crisis intragubernamentales de los últimos 15 meses, su alianza será, previsiblemente, convulsa.

Sea como sea, un Gobierno Conte II, como ya se le llama en Italia, sin la Liga y con la entrada del PD en su lugar, solo sería una derrota parcial para Salvini. Es cierto que esperaba hacerse con el poder tras unas elecciones en noviembre y ahora, con toda probabilidad, tendrá que esperar. Pero la nueva situación refuerza su discurso de que el 'establishment' político representado por el PD —y ahora por un Movimiento 5 Estrellas que pacta con él y asume todos los tics de la vieja política italiana, que es mucho decir— es una casta dominada por los tecnócratas bruselenses que solo un hombre fuerte y patriota puede derribar en defensa del pueblo. Ya ha llamado a la nueva alianza “Gobierno de las poltronas y de las traiciones”.

Mientras el nuevo Gobierno resista —probablemente, no más allá de la primavera de 2020—, podría verse aún más fortalecido y, al cabo, conseguir el año que viene el poder absoluto que tanto anhela, en parte gracias a la posible implosión del Movimiento 5 Estrellas, cuyos votantes más antisistema no le perdonarán la alianza con el PD y se pasarán al nacionalismo 'antiestablishment' y euroescéptico de la Liga.

Salvini ha demostrado hasta ahora ser un hombre en perpetua campaña, pero con poco interés en la política institucional. De hecho, en los últimos 15 meses ha pasado muchos más días en la carretera haciéndose selfis que en su despacho de ministro del Interior. Si en los años noventa Berlusconi entendió el poder de la televisión, él cree haber comprendido ahora el de las redes sociales.

El anuncio de la moción de censura pudo ser un error táctico grave; cuando vio que el Movimiento 5 Estrellas y el PD empezaban a negociar para la formación de un nuevo Gobierno, se mostró dispuesto a recular. Y también la demostración de que, tal vez, su habilidad política es menor que su talento propagandístico. Pero es muy posible que esto solo haya retrasado sus planes, no que los haya cambiado. Las probabilidades de que Salvini sea algún día primer ministro de su país siguen, por el momento, intactas. Aunque se hayan postergado medio año.

Fuente: El Confidencial