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Paul Atreides

Cuando yo tenía 10 años, aprendí que hay mujeres asesinas, como Isabel Padilla (Murcia), culpable de cinco delitos de parricidio por haber envenenado a su esposo y a dos hijos y haberlo intentado con otros dos familiares. Ahí aprendí a desconfiar de las mujeres.

Cuando yo tenía 11 años aprendí como una madre (La Coruña) puede matar a su hijo Pablo, de 12 años, pero decir “yo no quería hacerle daño”.

Cuando yo tenía 12 años descubrí que si eres mujer (Granollers) puedes matar a tu marido el día de Nochebuena y emparedar el cadáver en una habitación de tu casa, y la fiscalía alegará problemas mentales para rebajarte la pena.

Cuando yo tenía 17 años aprendí que si eres mujer (Burgos) puedes pegarle un tiro en la cabeza a tu marido y alegar que fue un accidente, y salir de rositas.

Cuando yo tenía 27 años , aprendí que si eres mujer (Aspe) puedes matar de sobredosis de insulina a tu marido y después alegar que te maltrataba y no serás procesada.

Cuando tenía 34 años, aprendí que una mujer (Sevilla) puede atar a un hombre de manos y pies, torturarle con tijeras y alicates, ocultar el cadáver en un local y después prenderle fuego para eliminar pruebas, y no constará en ninguna estadística, sólo como fallecido, y a lo sumo aparecerá en los medios de comunicación como un suceso.

Cuando tenía 35 años, aprendí como una mujer (Villa de Don Fabrique) puede degollar a su bebé sin inmutarse y alegar que “tenía que hacer un sacrificio”.

Cuando tenía 37 años, aprendí que una mujer (Murcia) puede lanzar a su hijo de 4 años desde el balcón, y los medios de comunicación jamás lo llamaran asesinato, ni infanticidio, ni filicidio sino muerte, accidente o fallecido… y si la mujer se mata después lo blanquearán como “suicidio ampliado”. He aprendido que cualquiera de las mujeres de mi entorno, mi vecina, mi compañera de trabajo, mi pareja, puede lanzar a un niño por la ventana y los medios lo calificarán de “acto extremo de amor”.

A la edad de 38 años, aprendí que si eres hombre (Archena) y llamas reiteradamente al 112 y a la Guardia Civil pidiendo ayuda porque tu mujer te quiere matar, tienes que dejar que te rocíen la cara con ácido porque nadie te va a ayudar. También aprendí que si eres hombre (Lugonés), y tu novia te asesta 30 puñaladas al grito “ya lo hice mamá, si no es para mí no es para nadie”, no apareceré en ninguna estadística y hasta el propio ayuntamiento se negará a señalar un día de luto.

Pero venga, vente a decirme ahora que soy un paranoico. Vente a decirme que no es un problema de género. De mujeres que sienten que los hijos les pertenecen, que pueden acabar con los hijos con el chasquido de un dedo, que la vida de esos niños, y a veces de su pareja, es suya. Vente a decirme que a los hombres no se les discrimina en los juzgados de familia cuando de 22.164 divorcios contenciosos según el INE en el 2017, sólo se concedió la custodia compartida en 2.229 casos. Dime que no es un problema de género cuando el 66% del maltrato infantil según el Centro Reina Sofía lo ejercen las mujeres. En el 2016, de los 11 menores asesinados 10 lo fueron por sus madres, 16 de los 21 en el 2015, 11 de los 15 en el 2014 o 15 de los 21 en el 2013… pero dime que no es un problema de género. El 95% de los secuestros parentales con, perspectiva de género, lo cometen las mujeres, pero dime que no es un problema de género. Dime que soy un exagerado cuando por un mismo delito está más penado para el hombre que para la mujer.

Dime que me invento que 12 mujeres y 20 hombres han sido asesinados en lo que va de año por mujeres, o que 12 menores han muerto a manos de mujeres en lo que va de año. Y dime que lo invento, porque sólo se conocen por registros de prensa, porque las asociaciones feministas han ido silenciado a todos los organismos que registraban la violencia ejercida por las mujeres desde el año 2004.

Háblame de las mujeres que maltratan a sus parejas amparándose en el sistema judicial, de esos hombres maltratados silenciados por la sociedad que no tienen ni un teléfono al que poder llamar gracias a los colectivos feministas que tanta igualdad reclaman, háblame de esos 3.569 suicidios en el año 2016, de los cuales el 74'6% fueron hombres, y la mayoría tras un divorcio injusto que los llevó al suicidio. Háblame de cómo las denuncias falsas son un mito cuando el 79% de las denuncias son archivadas, sobreseidas o desestimadas cuando sólo basta tirarse un pedo para ser condenado por violencia de género. Cuéntame cómo la fiscalía no actúa jamás de oficio no sea que se desmonte la multimillonaria industria que genera la violencia de género. Cuéntame como han absuelto en Pamplona a la mujer que violó a su sobrino hasta en tres ocasiones, y no ha salido en ningún medio de comunicación.

Cuéntame que somos todos unos cerdos y unos depravados y unos exagerados.

Cuéntame que son casos aislados, nárrame (despacito, recuerda que soy hombre) que no sé, que exagero, que son datos falsos, que lo que nos hace falta a todos es perspectiva de género: el hombre es siempre un cruel opresor y la mujer una víctima indefensa.

Dime que soy un machista y un misógino, por reclamar derechos tan básicos en cualquier democracia como la presunción de inocencia, la igualdad ante la ley, la no discriminación por cuestión de sexo, o no criminalizar de forma obscena y repugnante a la mitad de la humanidad, entrando en la guerra de sexos que el feminismo promueve desde hace décadas con objetivos políticos bien definidos y ventajas económicas incuestionables.

Nadie más. Ni una sola vida más, ni mujeres, ni hombres, ni niños, ni ancianos. Todos podemos ser víctimas, y todos merecemos respeto y protección.

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