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Juan Laborda

¡Qué corta es la memoria! ¡Qué rápido se olvidan las cosas! Pelillos a la mar. Después de la Gran Recesión muchos economistas, situados en la ortodoxia académica, permanecieron calladitos, no les quedaba otra, incluso parecía que iniciaban un acto de contrición. No olieron la que se nos avecinaba en el 2007-2008. Y ahora no son capaces de percibir ese tufillo nauseabundo que ya empieza a alertarnos de la segunda fase de la Gran Recesión. ¡Basta ya! Sin embargo, ya no vale solo la crítica, es necesario dar un paso adelante y presentar una alternativa creíble a ese sistema de gobernanza fallido llamado Neoliberalismo.

Aún recuerdo el artículo publicado por el economista postkeynesiano Steve Keen “The WHO warns of outbreak of virulent new ‘EconomicReality’ virus”, publicado en la Review of KeynesianEconomics. Irónico, hilarante, impactante, el actual responsable de la Escuela de Economía, Historia y Política de la Kingston University destrozó inmisericordemente las bases y falsedades de la economía dominante, ésa que rige las políticas económicas de medio mundo. Para ello empleó ironía de la fina. El argumento de Keen era muy original: “Un nuevo virus, conocido como Realidad, ha comenzado a afligir a los economistas de la corriente principal, haciéndoles rechazar los argumentos que solían utilizar para justificar sus modelos. No existe una cura conocida para el virus, y la completa evitación de la Realidad es la única estrategia eficaz para prevenir la infección”. Y fue la estrategia seguida. Ahí los tienen, inalterables al desaliento, publicando libros y artículos hasta el siguiente rebrote del virus “Realidad”.

Un frágil sistema bancario mundial

La economía global se encuentra en una situación similar a 2007-2008. Occidente solo sabe crecer vía inflaciones de activos, alimentada por una deuda total que no para de crecer; la inversión productiva ni está ni se la espera; los salarios no aumentan; la productividad de los factores no mejora; el sistema bancario mundial es profundamente frágil; y la inestabilidad financiera elevada. Como resultado, se ha producido un aumento de la pobreza y el mayor proceso de acumulación y adquisición de riquezas por todo el globo en favor de unos pocos.

Hemos llegado hasta aquí como consecuencia de la implementación de un sistema de gobernanza económico que hoy se encuentra completamente roto, el neoliberalismo. La solución óptima pasa por revertir cada una de sus políticas económicas significativas. Me remito a esa pieza exquisita del gran James Montier, en colaboración con Philip Pilkington, de la Kingston University, “The Deep Causes of Secular Stagnation and theRise of Populism”.

La pregunta es cómo. Sin duda pasa por la consecución, con los instrumentos adecuados, de dos objetivos últimos, el pleno empleo y un nuevo sistema fiscal que castigue a los rentistas de nuevo cuño y obligue a las grandes corporaciones a pagar unos impuestos mínimos.

En primer lugar, debemos recuperar el objetivo de pleno empleo, asumido durante la edad de oro del capitalismo y abandonado a su suerte tras la puesta en marcha de la agenda neoliberal (Consenso de Washington). Para ello es fundamental entender el concepto de soberanía monetaria, la base de la Teoría Monetaria Moderna, detrás de la cual se encuentran economistas postkeynesianos estadounidenses, británicos, australianos, nórdicos, españoles, italianos… Y el instrumento básico vinculado a la Teoría Monetaria Moderna es el trabajo garantizado (0% desempleo). Es la propuesta estrella del senador Bernie Sanders que esperemos se convierta en el cuadragésimo sexto presidente de los Estados Unidos. Desde estas líneas hemos comentado las bases hasta la saciedad. Simplemente recordar que, bajo soberanía monetaria, con tipos de cambio flexibles, ya no es necesaria la maquinaria institucional creada para la emisión de bonos soberanos en los mercados privados. Las políticas fiscal y monetaria pueden concentrarse en garantizar que el gasto doméstico sea el suficiente para mantener altos niveles de empleo. Los gobiernos que emiten sus propias monedas ya no tienen que financiar su gasto, ya que los gobiernos emisores de moneda nunca pueden quedarse sin dinero. El día que toda la maquinaria privada creada para emitir deuda soberana innecesaria, pero muy útil para repudiar el papel del gasto público y de la política fiscal, sea derribada, mejoraremos todos, familias, empresas, y hasta los mismos bancos.

Como segundo objetivo es necesario diseñar un sistema impositivo que bajo el principio de equidad redistribuya la riqueza de los más acaudalados a los más pobres sin castigar la actividad productiva. En definitiva, la creación de riqueza. Digámoslo claramente: ya no se pueden subir más los impuestos ni al factor trabajo ni a las pequeñas y medianas empresas. Pero para ello hay que tener una férrea voluntad política para conseguir dos objetivos. Primero desincentivar lo que en su momento denominamos buscadores de renta. La solución ya fue ideada hace más de 100 años por un economista de San Francisco, Henry George. Se trata de establecer un impuesto sobre el valor de la tierra. De ello ya hemos hablado largo y tendido.

Como segundo objetivo es necesario introducir un impuesto mínimo para las grandes empresas, apoyando e impulsando el proyecto de Directiva Accis. Hay que recuperar ya, y con carácter de mínimos, la capacidad recaudatoria de un tributo que se ha visto afectada por las maniobras de los grupos multinacionales encaminadas a situar artificialmente sus beneficios en países de baja tributación, utilizando los llamados precios de transferencia y, con más frecuencia de la que sería deseable, por operaciones entre las sociedades del grupo empresarial realizadas con fines de ahorro fiscal. Las multinacionales deben pagar sus impuestos en los países donde obtienen los beneficios, siendo necesarias además una serie de actuaciones inspectoras y modificaciones legales que impidan la planificación fiscal agresiva en las operaciones interiores de los grupos empresariales. Para evitar estas maniobras, siguiendo las propuestas del economista Gabriel Zucman, autor de esa joya titulada “La Riqueza Oculta de las Naciones”, es necesario que los impuestos se establezcan sobre las ventas, los gastos de personal o las inversiones en inmovilizado material. De esta forma no se jugarían con los intangibles y los precios de transferencia.

Si se consiguieran estos dos objetivos habría un margen amplio para bajar los impuestos al factor trabajo, al factor capital, y, sobre todo, permitiría reducir de manera ostensible ese impuesto tan injusto que se ceba especialmente sobre los más débiles, el IVA.

Se tratan de unas propuestas iniciales muy claras, apoyadas por una evidencia académica creciente, pero a fecha de hoy consideradas por el establishment como tabúes. El problema es que las políticas recomendadas por esas élites además de ineficientes son distópicas. ¿Hasta cuándo?

Fuente: Vozpopuli

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