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Gastón Pardo

El concepto distopía procede, dice la Wikipedia, del latín moderno dystopiase, que con el prefijo dys recibe sentido negativo y se opone a utopía.​ Utopía es la visión de una sociedad ideal y la distopía es su contrario.

El término utopía fue acuñado por Tomás Moro para describir a la sociedad por el momento inexistente: el término procede del griego, significando 'buen lugar', un lugar imaginario, donde habita una sociedad ideal.

Se atribuye el primer empleo del término "distopía", que está documentada a John Stuart Mill, en un discurso de una intervención parlamentaria en 1868

Un artículo de John W. Whitehead (su libro principal: Battlefield America: The War on the American People) nos lleva a concebir como objeto de análisis una de las asignaturas centrales de nuestro tiempo que es la vigilancia permanente, por medio de la cual los individuos que participan en sociedades amplias, en conglomerados, pueden ser localizados, medidos, evaluados en cualquier momento y en cualquier punto de los territorios de nuestra “contracivilización”, por medio de sistemas de vigilancia global.

La técnica monstruosa que ha sido creada y expandida hasta el absurdo, abrió las puertas a nuestra época aterradora, en la que es muy probable que los encargados de esa vigilancia y ese confinamiento terminen sumergidos ellos mismos en su dinámica paranoica, y queden aprisionados en el sunami de la comunicación para el tipo de control que han inventado.

Los textos de Whitehead denuncian con energía indignada El Estado vigilante a partir de la obra de tres autores, señalando a la serie televisiva anticipativa del actor y realizador Patrick McGoohan rodada hacia la mitad de los años sesentas: la famosa El Prisionero. Los dos otros autores evocados son, por supuesto, George Orwell y su 1984 y H.G. Wells y su El mejor de los mundos.

Se encuentra en esas obras, sobre todo en la de McGoohan, todos los modelos opresivos del Sistema, tal como pesan hoy sobre nosotros; al margen de la ideología, de todo proyecto político coherente, de toda explicación política de tipo dictatorial o imperialista. El Mal es capaz de hacerse sentir en su forma más pura en una sociedad mentalmente enferma.

Lo que merece especial atención a lo relacionado con lo que Whitehead describe y denuncia con gran calidad intelectual, se refiere al cambio de manos de las utopías. Manos que han contribuido a formar el mundo que vivimos y han llegado a ser un pertrecho ideológico que las convierte en distopías, capaces de contar hoy con mayor viabilidad de realización. En efecto, cuántas utopías permitieron la forma diabólica de esclavitud en la que nos encontramos, un sometimiento inconciente, consentido sin protestas.

Esa esclavitud tiende a afirmarse. Y, por contra, se suma al desorden entendido por la física cuántica, dentro del cual el segmento fractal, ordenador, que abriría el rumbo a la resistencia ante el Sistema social y financiero, resulta ser un segmento demasiado débil. Lo que ocurre, pues, es que la población sometida por la mentira y la enfermedad profundiza a la vez que recibe señales entrópicas demasiado grandes para ser saneada con un brochazo.

El libro Necropolítica, obra de Achille Mbembe

El nuevo capitalismo del siglo XXI se rige hoy por la necropolítica, que es la dosis máxima de dstopía hasta hoy desplegada. tal como en sus análisis ha puesto en boga el ensayista africano Achille Mbembe y el gobierno privado indirecto, que no es otra cosa que el gobierno que surge del procedimiento antidemocrático del consenso, que rechaza la función representativa de los electores para convertirse en sostén de un poder omnímodo que los encadena, al tiempo que reduce a cero sus derechos.

El aprovechamiento de conceptos que presentan bajo una forma insalubre a los actores en aumento que precipitan la dialéctica destrucción - autodestrucción, la distopía es una derivación necropolítica que contiene una concepción de la soberanía que antes permitía a gobiernos o parlamentos desplegar los órganos coercitivos del Estado en el territorio nacional. Esa soberanía ha pasado ahora a actores internacionales que por los medios informativos señalan a quién debe vivir y quién morir en un momento dado, atendiendo sólo a criterios económicos.

La necropolítica ha conseguido transformar a los seres humanos en mercancía intercambiable, o desechable, según las preferencias de los mercados. Es una nueva manera de entender la realidad, en la que la vida pierde toda su significacian y se convierte en una mera moneda de cambio para servir a unos poderes oscuros y sin escrúpulos.

El Sistema, a pesar de su fuerza basada en la omnímoda capacidad de aplastamiento, sabe con certeza táctica (ya no estratégica como quedó demostrado en los inseguros resultados de la Cumbre de los mandatarios norcoreano y estadounidense), lo que debe hacerse aunque no esté claro cómo hacerlo.

El resultado inevitable de estas asimetrías son las obsesiones de los dirigentes y la élite del poder por las intermitentes resistencias de los ciudadanos. Con todo, la utopía sigue su tendencia hacia la distopía, lo que confirma la ecuación superpotencia es igual a autodestrucción.

El caos en Estados Unidos, país sinónimo del Sistema

La "jaula migratoria" es real, no metafórica: los niños separados de sus padres y encerrados tras las rejas con el consecuente daño siquiátrico del "síndrome de privación" ha sido una alteración del buen mensaje republicano como lo interpreta Donald Trump.

No es una metáfora lo de la "jaula geopolítica" que padece América Latina, que ha sido privada del margen de maniobra en política exterior que le permitió en sus primeros años republicanos confirmar su independencia de España. A partir de los años treintas del siglo XIX la soberanía nacional empezó a depender de los designios del país del Destino Manifiesto.

La jaula migratoria que sufren numerosos niños latinoamericanos cuando son separados de sus madres,significa el seguimiento de una coriente a la vez distópica y caótica que se desplaza de manera multidireccional.

Esa jaula informa al mundo de quién es el que manda; a los mexicanos y a las árabes les enseña que la palestinización va seguida de la israelización planetaria por Trump, bajo la influencia de su yerno Jared Kushner, talmúdico ultraortodoxo que ha manejado la agenda presidencial exterior desde la Cumbre con Corea del norte pasando por Jerusalén con punto de llegada en México.

Las cifras del caos

Las elecciones de Estados Unidos de 2016 captaron la mayor atención del público de todos los países que mientras tenían lugar nadie se despegó de la televisión en espera de los resultados. Ya entonces la expectativa satánista de triunfo del Partido Demócrata y su candidata Killary Clinton era muy limitada entre los electores, pero la aspiración a que Trump fuese presidente decidió los resultados con demasiadas reservas.

Desde el triunfo republicano que evocamos hasta la fecha, a lo largo de 2017, han quedado establecidas 870 bases estadounidenses en el extranjero, en las que se mueve medio millón de soldados y 100 mil civiles que cumplen tareas de mantenimiento y análisis. El comando Central de las fuerzas armadas estadounidenses supervisa entre otras tareas las guerras en el Medio Oriente; su Centro de Inteligencia conjunta cuenta con 1500 analistas civiles y militares.

El Comando Sur (Southcom). por su parte atenaza a la América Central, el corredor de la droga de las narcodemocracias sudamericanas que han perdido, por vía electoral, el enlace colombiano con el Caribe. Pero con toda su capacidad militar desplegada en la América latina, las fuerzas armadas de EEUU no han dado un paso en el control del crimen organizado, ni siquiera ha servido como barrera a las drogas en los litorales de EEUU.

La toxicomanía crece con velocidad galopante. Las sobredosis, dice el criminólogo Xavier Raufer, causan 142 muertes al día en Estados Unidos. Entre 1999 y 2015, los opioides que ha tratado inútilmente de someter Trump, han causado 300 mil muertes. El uso de cocaína, mariguana y heroína se ha desencadenado. Los homicidios (17250 en 2016) están al alza. Las matanzas de grupos estudiantiles y de paseantes se multiplican. Los suicidios ya son un indicador sobresaliente de la crisis moral en la capital misma del Sistema. Y, en efecto, la distopía ha ocupado el lugar de la utopía y no hay fuerza de calidad a la vista que pueda invertir esas posiciones.

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