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Jad el Khannoussi

Palestina es la primera causa de nuestra época, tal como solía afirmar el líder de la lucha contra la injusticia y la tiranía Nelson Mandela. O también, como sostenía el historiador británico Arnold Toynbee: “la tragedia de Palestina no es local, es universal, porque es una injusticia que amenaza a la paz mundial”. No se trata sólo de la cuestión de un pueblo que fue expulsado de su tierra, discriminado y despojado de su identidad, cultura y civilización (al menos, es lo que intenta hacer desde más de un siglo el último baluarte del colonialismo occidental, más persistente que el antiguo). A diferencia del modelo de dominación clásica, que se centraba en aprovechar las materias primas, mano de obra  y mercados, el actual se basa en el presupuesto de la superioridad de una raza (en este caso, la del pueblo elegido por Dios) que aspira a eliminar al pueblo palestino para poder repoblar el lugar, aplicando unos parámetros en desacuerdo con los valores morales, humanos y las leyes internacionales. No se trata de una mera cuestión diplomática, religiosa o nacional, este es un asunto que debería despertar la conciencia de cualquier ser humano, cuando contempla el terror sin fin que soporta un pueblo, al que simplemente le condenó la geografía y la historia. La trágica cuestión Palestina desvela la doble cara de un mundo, en concreto el occidental, que ha hecho de los derechos humanos, el respeto a la humanidad y la sabiduría, su seña de identidad o al menos así se presume. Mientras tanto, no sólo admite que se expulsen de sus hogares a casi siete millones y medio de refugiados, y que se sigan matando o torturando a mujeres, niños y ancianos, sino que además apoya estas operaciones y las financia, con la ayuda de muchos dirigentes árabes y la OLP que representan una actitud cómplice en el frente palestino.

Desde su implantación el Estado de Israel gozó del reconocimiento de la comunidad internacional, especialmente de Europa y Estados Unidos, horrorizados ante los crímenes perpetrados por los nazis. Los israelíes disfrutaron así de la solidaridad de las élites mundiales y una incuestionable legitimidad, tanto a nivel oficial como social, en sus confrontaciones bélicas con los árabes, sobre todo la Guerra de 1948. No obstante, el devenir de la historia y sus sangrientos acontecimientos han hecho que dicha legitimidad disminuya, especialmente tras el estallido de la intifada palestina: la imagen de un niño palestino, armado sólo con una piedra frente a uno de los ejércitos más poderosos del mundo, se convirtió en un símbolo de la lucha por la libertad. Su punto más álgido fue, sin lugar a dudas, el 31/5/2010, cuando Israel atacó una expedición humanitaria en Gaza, causando diecisiete muertos y más de setenta heridos, lo que provocó que esta ciudad (fronteriza con Egipto) apareciera ante de la opinión pública mundial como un país asediado. Sucesos así han hecho que la legitimidad israelí prácticamente haya desaparecido; en otras palabras, Tel Aviv ha perdido la batalla moral contra los palestinos. Una nueva actitud que se ve reflejada en los miles de personas que salen diariamente a la calle para apoyar la causa palestina, sobre todo en Inglaterra y Estados Unidos, dos de los grandes bastiones del apoyo al régimen israelí.

Las sociedades humanas reaccionan ante los conflictos mundiales siempre desde una perspectiva humana. En este sentido, resulta una postura lógica contemplando las agresiones a los derechos humanos que se cometen en Palestina, donde niños, mujeres, ancianos… son atacados por un pueblo que ha sido víctima de una atroz injusticia en la historia reciente y que, por simple empatía, debería ser el más capacitado para evitar esta clase de comportamientos. Refiriéndose a ello, Arnold  Toynbee advierte: “Si la ceguera de un pecado debe ser medida con el grado de intensidad con la que el pecador ha pecado contra la luz que Dios le ha dado, los judíos tienen menos excusa”. Fruto de la nueva realidad, numerosas asociaciones no gubernamentales y países (Venezuela, Bolivia y gran parte del continente suramericano) hicieron con sus esfuerzos que la causa Palestina cobrara cada vez mayor dimensión mundial, superando el ámbito político para introducirse en otros (deportivo, artístico, social). Movimientos como Boicot, Desinversión y Sanciones a Israel (BDS) hasta que el país hebreo respete la ley internacional, ganan cada vez más terreno. Una de sus manifestaciones la hicieron con el movimiento de los artistas ingleses, quienes crearon una delegación en contra de Israel mientras éste siga violando los derechos humanos en Palestina. Otros movimientos como Tarjeta Roja al Apartheid condenaron las matanzas de palestinos, e incluso tenían previsto manifestarse en Zurich ante la sede de la Federación Internacional de Fútbol (FIFA) durante la celebración de su 85 Congreso Mundial. Dicha convocatoria contaba con el apoyo de más de veinte mil personalidades de todos los ámbitos (intelectuales, deportistas, etc.), pero a última hora lo impidió el escándalo de corrupción de la FIFA que oportunamente salió a la luz: ¿pura casualidad? También cabe destacar las exigencias de algunos parlamentos europeos (Francia, Suecia) para que se reconozca a los palestinos su Estado independiente. Y citar además, movimientos de personalidades hebreas -por ejemplo, Kobe Chetner, fundador de un movimiento que apoya el boicot a Israel desde el interior-  y que han asumido la lucha por la causa Palestina.

Todo este clima de apoyo desde el exterior contradice la situación interior, marcada por el divorcio entre las principales fuerzas. Un desencuentro que tuvo su punto más álgido durante los sucesos del año 2007, cuando los enfrentamientos entre ambos bandos estuvieron a punto de desencadenar una guerra civil (tal como aspiraban Israel y los regímenes árabes que giran alrededor de la órbita norteamericana), debido a las graves diferencias existentes entre ambos, a pesar de las propuestas de reconciliación que se intentaron en numerosas ocasiones pero sin éxito. Hamás cree firmemente en la resistencia armada para conseguir la independencia, y Fatah se inclina más hacia la vía de las negociaciones. Pero estas últimas no han hecho más que ignorar al pueblo palestino, hasta el punto de llevarlos a perder toda la legitimidad de que gozaban en la época de Abu Yihad, Arafat y otros.

En fin, ya sea como es el entorno palestino o el apoyo de los regímenes árabes u occidentales, los crímenes israelíes se juzgan en la conciencia humana, pues, el asedio, las expulsiones (lo peor por venir: el Acuerdo del Siglo), la fuerza exagerada contra ciudadanos, en su amplia mayoría mujeres o niños (muchos no superan un lustro de vida), han juzgado a Israel ante la opinión pública mundial, a pesar del control férreo a los medios. Y esto es lo que hace que este dilema sea una cuestión humana porque su legitimidad es poderosa. 

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