Paula Corroto

Todo aquel que tenga memoria de los años ochenta recordará las imágenes de la lacra de la heroína: las jeringuillas en las aceras y parques, personas demacradas pinchándose en portales y bancos, atracos a farmacias, robos de los radiocasetes del coche.

Era un paisaje habitual en grandes ciudades como Madrid y Barcelona. Y también se dio con particular dureza en el País Vasco. De hecho, esta fue una de las zonas más golpeadas. Pero no tanto como insistió ETA en aquellos años cuando alentó su famosa teoría de la conspiración e inició su campaña contra la heroína: la droga habría sido un instrumento del Estado para desmovilizar a jóvenes que podían sumarse a la causa independentista. En resumidas cuentas: el Estado era (casi) el gran narco. Un mito que, en según en qué ambientes —muchos relacionados con la extrema izquierda— todavía borbotea hoy en día (Juan Carlos Monedero lo sacó a relucir en 2013).

"Pero no hay datos para probarlo. Todo se basa en suposiciones de datos e informes, que no han llegado a los juzgados. Es una nebulosa, pero cuando empezamos a mirar de cerca, no hay datos que avalen lo que ETA defiende. Por el contrario, hay otros factores que explican por qué en el País vasco pudo haber un mayor consumo de heroína que en otras regiones", cuenta a El Confidencial Pablo García Varela, doctor en Historia Contemporánea por la Universidad del País Vasco, que publica ahora el ensayo 'ETA y la conspiración de la heroína' (Libros de la Catarata), basado en su propia tesis sobre el tema.

Datos irreales

Con una gran profusión de datos y, sobre todo, centrándose en los heroinómanos, exadictos y presuntos narcotraficantes que se convirtieron en víctimas de la banda terrorista, García Varela se encarga de desmenuzar este mito que en ocasiones también fue amparado por medios de comunicación cercanos a la izquierda radical como 'Egin'. Y para ello comienza neutralizando la vasta idea de que la heroína acabó con toda una generación, imagen que se ha ido generalizando desde los ochenta y que incluso tiene sus propios símbolos como la famosa foto del equipo de fútbol de Vilanova de Arousa, en Galicia, del cual ya solo quedan vivos tres.

 

Los jugadores jóvenes con un número rodeado por un círculo negro fallecieron. 1. Gelucho, el entrenador; 2. Pacheco; 3. Jesús María Carnicero; 4. Rafael Fernández Padín; 5. Manolo Panadeiro; 6. Manolo Macuta; 7. Manuel Fernández Padín; 8. José Lorenzo; 9. Adolfo Reigosa; 10. Paulino Baretta

"El problema fue grave y tuvo un impacto importante, pero hay que ponerlo en contexto y decir que no todo el mundo consumía heroína. Lo que pasa es que era una droga muy visible. Y luego además llegó el sida… Ahora no hay drogas que tengan esta visibilidad", manifiesta el historiador que, según indica en el libro, el consumo de esta droga llegó al 5% de la población, un porcentaje muy importante, pero que sin duda no abarca a toda la juventud de la época.

Por aquellos primeros ochenta también comenzó a circular otro dato en el País Vasco que, tiempo después, se demostraría como falso. El Gobierno vasco llegó a manifestar que en la región había hasta 10.000 consumidores de heroína. Aquella cifra se quedó en la retina y fue la que empezó a utilizar ETA para fomentar su teoría conspirativa. No sería hasta 1987, con la publicación del primer Libro Blanco sobre las Drogodependencias, cuando se señaló que la cifra estaba entre los 5.000 y 6.000 heroinómanos. "Este baile de cifras también ocurrió en otros lugares de España. Al principio de la crisis hubo una cierta exageración de los datos. Tampoco se tenía constancia de la cantidad de heroinómanos que había porque tampoco se sabía qué criterios se habían utilizado para decirlo. Los datos no empiezan a ser fiables hasta finales de los años ochenta", afirma García Varela.

La buena causa

Pero mientras tanto, el mito creció, sostiene este ensayo. Además, estaba anclado en una problemática real y en algo que producía inseguridad en la población. La lucha de ETA contra la droga parecía una buena causa. Para el historiador es comparable a la campaña que hizo la banda por el cierre de la central nuclear de Lemoniz con toda esa defensa de la ecología. También provocó muertos.

"ETA siempre ha buscado causas sociales para sus campañas terroristas para atraer a más simpatizantes, es decir ampliar sus bases más allá del independentismo como tal. Fue otra forma de buscar otra causa social también para presentarse como adalid de la juventud vasca: somos los únicos que nos preocupamos por la juventud vasca y vamos a hacer una campaña contra la heroína porque es el Estado el que está intentando atacarnos con esta droga para acabar con vuestras ansias de libertad", sostiene García Varela.

La campaña contra la heroína tuvo dos etapas: de 1980 a 1985 y de 1987 a 1994. Dentro de esta última también se pueden diferenciar dos fases, los atentados en el Bajo Deva y contra el clan de los Bañuelos, que eran unos mercheros, y después los asesinatos relacionados con el Informe Navajas, que apuntaban a presuntos narcos, un informe que como dice García Varela "nunca se ha podido conocer su contenido total" y solo se conoce por filtraciones. Los años entremedias constituyen una época muy dura de ETA con atentados como los de Hipercor, República Dominicana y la casa cuartel de Zaragoza. Volver a la heroína era buscar, de nuevo, apoyo social. Y lo cierto es que no les salió mal del todo. En ninguna de las ocasiones.

El éxito de las teorías conspirativas

"La teoría de la conspiración ha tenido un impacto muy grande. Todavía hay mucha gente que cree en la versión que esgrimió ETA y en ese sentido sí tuvo éxito. Y luego también la compraron movimientos de extrema izquierda que lo siguen viendo como una posibilidad, como algo que hizo el Estado en los años ochenta", sostiene el historiador. De hecho, la lacra en Francia fue explicada por algunos como intento para acabar con los movimientos del mayo del 68.

Aquí entraría el funcionamiento básico de toda teoría conspirativa que, como manifiesta García Varela, "son muy difíciles de combatir. Por muchos datos que des, por mucho que intentemos desmontarlas, por mucho que intentes entrar en las contradicciones que tienen, están construidas de tal forma que aportar datos sirven casi para lo contrario. Su propia argumentación es, no tengo datos, pero no importa porque precisamente me están ocultando datos. Por ejemplo, hay que ver ahora con el coronavirus lo difícil que es desmentir a los negacionistas, por muchos datos e imágenes que se aporten. No lo aceptan".

Pero si triunfó como teoría, lo que no logró ETA con esto fue lograr más adeptos. "El respaldo social no lo consiguió. En 1988 los atentados en el Bajo Deva fueron un fracaso por el apoyo social que se levantó contra estos atentados. Hubo una de las grandes manifestaciones contra ETA del momento. Marcó un hito a nivel local en zonas como Eibar y Elgoibar. La campaña contra los Bañuelos tuvo más éxito porque al atacar a un clan de mercheros sí que a nivel popular encontraron respaldo. Fueron víctimas que tenían antecedentes penales, estaban vinculados al bajo mundo…". Contra el yonki de la calle o contra un clan que se movía en ambientes poco saludables era fácil.

Otros factores

A lo largo del ensayo, García Varela se esfuerza por señalar que, pese a la campaña de ETA, hubo otros motivos que convirtieron a Euskadi en una de las zonas más golpeadas por el caballo. Y, precisamente, para él la propia ETA tuvo mucho que ver.

"Cuando una brigada especializada en estupefacientes quiere trabajar resulta que no puede porque para hacer un seguimiento tiene unas necesidades de autodefensa que van a disminuir su capacidad efectiva. En el País Vasco, los datos de atentados se dan en zonas que coinciden con el consumo de heroína. Zonas donde la policía y Guardia Civil tenían complicado actuar por los riesgos que había para ellos. Y esto hay que tenerlo en cuenta", admite el historiador, que también recoge en el ensayo otras causas como el alto porcentaje de población juvenil, la relación de las cuadrillas que llevaba al consumo entre amigos, un alto consumo de alcohol —más que en otras regiones—, cárceles masificadas, un sistema judicial ineficaz, corrupción policial y la facilidad para conseguir drogas. Y a todo eso el autor destaca que el Estado llegó tarde. En toda España.

Las contradicciones

Si hay otros factores que explican la lacra de la heroína también existen las contradicciones de ETA con sus propias teorías. E incluso con su lucha contra la droga. Para empezar, con las víctimas, muchas veces elegidas sin ningún dato concreto ni fiable.

A García Varela uno de los casos que más atención le llama es el de Antonio Díaz Losada, que fue la última víctima de la banda dentro de su campaña contra la droga, ya que "representaba lo que para ETA se debía hacer con una persona que había sido consumidora de heroína: es decir, esa persona tenía que tener una segunda oportunidad y el Estado debía facilitarlo". Losada, que tenía 29 años, había sido adicto, había pasado por prisión, pero con el apoyo de familiares había conseguido abandonar la adicción y salir de ese mundo. Se había rehabilitado, conseguido un trabajo, casado y tenido un hijo. Y entonces ETA lo mató.

"ETA decía que había que reinsertar a esta generación perdida y precisamente matan a uno que representaba lo que decía la izquierda abertzale", destaca García Varela sobre las contradicciones de la banda.

Otra tiene que ver con la relación que ETA pudo tener con el narcotráfico para financiarse, aunque en este punto el historiador no comparte las declaraciones que hizo, entre otros, Roberto Saviano, que acusó directamente a la banda de financiarse con el tráfico de drogas. Eso sí, sí indica que "la realidad es que la banda probablemente no se ha lucrado directamente con el narcotráfico, pero es evidente que se ha aprovechado de todo este entramado delictivo para desarrollar e impulsar la lucha armada. Sin las redes de contrabando y blanqueo de capitales le hubiese sido imposible conseguir armas ni fondos para sus comandos".

Porros en la cúpula

Y como tercera contradicción están los propios etarras, puesto que también hubo heroinómanos —si bien en un número escaso— y, sobre todo, muchos consumidores de cannabis.

"ETA forma parte de la sociedad vasca. No forma parte de otro planeta. El problema que había de consumo en la sociedad vasca también se va a trasladar al terrorismo. Cuando el fenómeno empezó en los ochenta, es lógico que algunos heroinómanos estuvieran en ETA, pero ETA trató en todo momento de evitarlo. Tanto por las contradicciones que suponía tener a un heroinómano dentro de sus filas como los riesgos que podía suponer para un comando", sostiene el historiador que, sin embargo, cree que con el hachís el asunto se le fue más de las manos: "Fue un problema que creció dentro de Jarrai y no le prestaron la atención suficiente porque no lo consideraron un problema como tal. Cuando después de la crisis de Bidart tienen que coger a gente, necesitan militantes y ya no tienen tanto para escoger, esta gente joven que consumía cannabis acaba entrando en la organización".

En este sentido, García Varela habla así de Txeroki, quien fuera el jefe de la banda en 2008: "Txeroki era uno más en ese mundillo, un joven abertzale fanático de la causa de ETA que había crecido en los años noventa y que el fin de semana quizá se fumaba un porro o bebía hasta quedar inconsciente. En una ocasión, cuando Txeroki estaba instruyendo a sus compañeros Aurken Sola y Xabier del comando Hego Haizea en una casa rural, les confesó que echaba de menos 'cuando era un legal, se emborrachaba a menudo y fumaba porros, pero que ahora ya no podía irse de juerga'. Cuando le detuvieron llevaba una piedra de hachís en el bolsillo".

"Eso hubiera sido impensable en los inicios de la banda, que empezó siendo una organización bastante conservadora y después se fue abriendo en cosas relativas al consumo de drogas", resume el historiador que termina el ensayo con unas palabras de Alfredo Pérez Rubalcaba:

"Si históricamente ETA ha combatido con saña a los narcotraficantes con argumentos sobre la pureza de la juventud vasca, parece que en esto no tienen una moral muy clara. Por hablar de moral, que yo creo más bien que habría que hablar de amoralidad, pero, en fin, mientras persiguen narcotraficantes parece que ellos se fuman unos cuantos porros".

Fuente: El Confidencial

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