El Pleno de la Sala Segunda del Tribunal Supremo ha dictado este martes una sentencia, de la que ha sido ponente el magistrado Vicente Magro, donde se considera que cualquier agresión de un hombre a una mujer en la relación de pareja o ex pareja es hecho constitutivo de violencia de género. También cuando se produce una agresión mutua entre ambos.

En concreto, el Alto Tribunal ha revocado un fallo de la Audiencia Provincial de Zaragoza donde se había absuelto a una pareja en la que se habían agredido mutuamente. El Ministerio Fiscal les acusaba de los delitos de maltrato pero se les absolvió por entender que no había quedado acreditada la intención de dominación o machismo del hombre a la mujer en su agresión por lo que los hechos no eran constitutivos de acto de violencia de género sino de maltrato sin lesión que exige denuncia previa, por lo que al no existir ésta no se podría condenar a ninguno de ellos.

Los hechos probados relatan que “en un momento determinado se inició una discusión entre ellos motivada por no ponerse de acuerdo en el momento que habían de marchar a casa, en el curso de la cual se agredieron recíprocamente, de manera que la encausada le propinó a él un puñetazo en el rostro y él le dio un tortazo con la mano abierta en la cara, recibiendo él una patada propinada por ella, sin que conste la producción de lesiones. Ninguno de los dos denuncia al otro”.

“Actos de poder y superioridad”

Sin embargo, el Supremo revoca la absolución de ambos que acordó la Audiencia de Zaragoza y condena al hombre a la pena de 6 meses de prisión con orden de alejamiento y sus accesorias y a la mujer a una pena de 3 meses con iguales accesorias y alejamiento.

La Sala entiende que “los actos de violencia que ejerce el hombre sobre la mujer con ocasión de una relación afectiva de pareja constituyen actos de poder y superioridad frente a ella con independencia de cuál sea la motivación o la intencionalidad”.

La Audiencia había considerado que en la agresión recíproca hombre y mujer es solo delito leve, pero el TS señala que no existe base ni argumento legal para degradar a un delito leve una agresión mutua entre hombre y mujer que sean pareja o ex pareja, ya que no es preciso acreditar una específica intención machista debido a que cuando el hombre agrede a la mujer ya es por sí mismo un acto de violencia de género con connotaciones de poder y machismo.

Asimismo, el tribunal sostiene que en el hecho de agredirse la pareja solo deberá reflejar un golpe o maltrato sin causar lesión para integrar delito de violencia de género y violencia familiar respectivamente sin mayores aditamentos probatorios.

Un voto particular conjunto

Dicha sentencia incluye un voto particular que suscriben cuatro de los 14 magistrados del Pleno de lo Penal, que rechaza que se condene por el delito de violencia de género, y considera que hombre y mujer debieron ser condenados ambos como autores de un delito del 153.2 de Código Penal.

El voto particular, redactado por el magistrado Miguel Colmenero, y al que se han adherido sus compañeros Alberto Jorge Barreiro, Juan Ramón Berdugo y Carmen Lamela, señala que los hechos probados no contienen ningún  elemento que permita entender que la agresión del varón a la mujer se produjo en el marco de una relación de dominación, humillación o subordinación de esta última respecto de aquel.

“Por el contrario, del relato fáctico no es difícil deducir que las agresiones mutuas tuvieron lugar en un nivel de igualdad, en el que dos seres humanos, con independencia de los roles personales y sociales que cada uno pueda atribuir al otro, se enfrentan hasta llegar a la agresión física, teniendo como base una discrepancia sobre un aspecto intrascendente de su vida, discrepancia que pudiera haberse producido y tratado entre cualesquiera otras dos personas, sin implicar superioridad inicial de ninguna sobre la otra. En cualquier caso, aquel contexto no se declara probado en la sentencia impugnada”, señala el voto.

Fuente: El Independiente

¿De verdad nos están matando?

Rebeca Argudo.

Recién entrado el 2019 en nuestras vidas y lo estrenamos con dos titulares exactamente iguales en los que apenas cambian tres conceptos.

Uno, del primer día del año: “Una niña nacida en Zaragoza, primer bebé de 2019”.

El segundo, del día tres: “Una mujer apuñalada en Laredo, primera víctima de violencia de género de 2019”.

Me produce una sensación extraña ver un titular tan parecido (recalcando el primero en algo) para dos hechos tan diferentes. Cualquiera diría que ciertos medios están esperando ambos acontecimientos, por igual y como agua de mayo, para que el contador deje de estar a cero. Ya tenemos nuestro nuevo año, nuestro primer bebé y nuestra primera víctima de violencia machista. Bienvenido 2019. Ponte cómodo que empezamos. Si fuésemos mal pensados podríamos, incluso, sospechar que hay quien siente cierta satisfacción, íntima e inconfesable, cuando ocurren estos hechos. Porque se reafirman en su posesión de la razón absoluta, porque están en lo cierto. Un “os lo dije”, un “nos están matando”. Y mira, no.

Una sola muerte violenta es un drama enorme e irreparable, que provoca una tristeza tremenda en toda la sociedad y nos hace sentir que algo ha fallado, especialmente y como no puede ser de otro modo, en los familiares y amigos de la víctima. Pero aprovechar estos hechos horribles y tratar de instrumentalizar el dolor y el miedo para alcanzar fines espurios es, cuanto menos, miserable. Por mucho que se empeñen en decirnos que lo mezquino es hablar de datos. Porque son fríos. Los datos están ahí, y son los que son: No nos están matando y no es peligroso ser mujer en España.

Vivimos en uno de los países más seguros. El número de muertes violentas en España es ínfimo. Según el INE, en 2017 (todavía no hay datos de 2018) hubo 308 homicidios. Apenas suponen una tasa de un 0,6 cada 100.000 habitantes, lo que sería un 0,0006%. El 89% de las veces, el agresor es un hombre. Esto querría decir que de esos 308 asesinatos cometidos en 2018, por poner un ejemplo, aproximadamente 274 personas fueron asesinadas a manos de un hombre. Pero, además, la mayoría de las víctimas también son hombres. De esos 308 asesinados de 2017, 207 eran varones. Es decir, y puestos a generalizar, que los hombres mueren a manos de los hombres. Os estáis matando, colegas. Parad un poquito.

La realidad es que la mayoría de los crímenes que englobaríamos bajo el epígrafe de “violencia machista” son perpetrados por la pareja o ex-pareja. Fueron 51 en 2017. O sea, un 16,5% de ese 0,0006%, lo que supone una tasa de muertes por violencia machista de 0,01% cada 100.000 habitantes. Eso vendría a equivaler al meñique de la mano derecha de una señora gallega en una localidad como Lugo. Para hacernos una idea.

Estos son los datos. La violencia existe, pero no es el nuestro un país inseguro donde nuestra vida peligre. Sin embargo, mientras sigamos empeñados en alentar las ideas enloquecidas que hablan de feminicidio y que simplifican hasta la náusea las causas de la violencia contra la mujer, no se van a poder tomar medidas reales para solucionar un problema que sí existe y que nadie niega. Lo que no es cierto es que todo se reduzca a una cuestión de género. Y si lo reducimos a eso, dejamos de contemplar todo el resto de factores y, al no abordar el problema en toda su amplitud, es complicadísimo afrontarlo de manera efectiva.

Esto son los datos. Y son fríos, sí. Pero son las cifras. No podemos confundir lo que sabemos con lo que creemos o lo que sentimos. Y si dejamos de creer en los hechos, si dejamos que se instale en nosotros el desencanto, quedamos a merced de las emociones. Y eso nos convierte en una masa asustadiza y maleable, lista para ser manipulada. Una joyita para los radicalismos de todos los pelajes, de un lado y de otro. Una joyita, vamos.

La buena noticia es que no hay un aniquilamiento sistemático de mujeres. No hay una conjura a nivel interestelar para borrarnos del mapa. No existe un feminicidio. La mitad de la población no está ejecutando a la otra mitad. No es necesario activar un DEFCON 2.

No, no nos están matando

No lo digo yo, lo dicen los datos. Los mismos datos que dicen que, efectivamente, hay una tasa de paro superior al 15%, la misma que dice que tenemos 1,3 hijos por mujer, la misma que dice que tres niños murieron asesinados en 2018 por sus padres pero no dice nada de los que fueron asesinados por sus madres o por las parejas de sus padres (aquí hay otro tema). La misma estadística que dice que hay más hombres en puestos de alta dirección, la misma que dice que la brecha salarial se sitúa sobre el 23%.

La misma estadística que dice que la friolera cifra de cero personas han sufrido el impacto de un meteorito en la cabeza haciéndosela papilla (independientemente de la probabilidad de que eso ocurriese) es la que dice que solo 0,01 mujeres de cada 100.000 muere por violencia machista. No podemos creer en la estadística unas veces sí, y otras veces no. Supongo que en eso estaremos todos de acuerdo.

Son 51 muertes por violencia de género en 2017. 47 en 2018. Con sus nombres y sus vidas perdidas, y el sufrimiento de sus familias. Con el fracaso que como sociedad nos supone no ser capaces de articular las herramientas necesarias para prevenirlos y evitarlos. Pero 47 de entre 47 millones. Un 0,0001%. Quizás, pero solo quizás, decir “nos están matando” sea una frivolidad. Una muy rentable para algunos y algunas. Pero frivolidad al fin y al cabo.

Fuente: La Razón

Las trampas e intereses de la Ley contra la Violencia de Género en España

Carlos Serra

LA LEY 1/2004 de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género nunca fue incorporada para proteger a la mujer. Su abierto carácter inconstitucional, contrario a los derechos humanos elementales, y su larvaria ideología latente, hacen de ella una ley totalitaria que convierte a la mitad de la población en sus rehenes potenciales y, a la otra mitad, en esclavos de sus postulados caníbales.

La aberración jurídica que implica la criminalización a priori y el reparto de condenas judiciales en función de la arbitrariedad biológica que alberga la entrepierna ha sido abrazada con vehemencia fundamentalista por todos los partidos políticos con representación parlamentaria en España.

En realidad, la ley fue concebida como subterfugio frente al techo de gasto autonómico que rubricó la reforma del artículo 135 de nuestra Constitución, en el año 2011. El cumplimiento de dicho artículo evidenciaba el imposible saneamiento de las cuentas públicas y la actitud criminal de las autonomías y los ayuntamientos en materia fiscal. La ley 1/2004 permitió reactivar las fuentes de financiación provenientes de los fondos europeos que, en 2004, habían llegado a su fin en nuestro país. Las políticas de género se utilizaron, entonces, para salvar el escollo de la limitación del endeudamiento público a través del negocio del reparto de dividendos europeos, bajo obscena lacrimocracia ensayada. Así, los quebrados ayuntamientos recibirían fondos en relación al número de denuncias realizadas por violencia contra la mujer.

La izquierda, armada de probidad moral, junto con la derecha, reducida a cenizas por su connivencia degradante con los linchamientos morales de la progresía, llevan 14 años desviando fondos millonarios europeos (22.000.000.000 de euros anuales, según la U.E.) para proteger a esas mismas mujeres a las que apenas llega un 3% de esas ayudas. Cuando sobreviven.

El ardid es infalible porque los eslóganes de la izquierda son moralmente irrenunciables y ocultan amablemente su carácter salvaje, esto es, la pulsión fanática de eliminar desavenencias entre gobierno y ciudadanos a través de leyes-cepo y financiación oculta de redes clientelares, donde recae el restante 97% de las ayudas.

El indecente colaboracionismo de casi todos los medios de información con la política de instrumentalización de muertes por asesinato a cargo de varones, se debe al cobro millonario de publicidad institucional para proteger a aquellas mujeres cuya estadística de asesinatos evidencia el fracaso de la Ley 1/2004.

Este es el verdadero debate que está teniendo lugar estos días en Andalucía.

Fuente: El Mundo

Dictadura de género: Han destrozado El Principito haciéndolo inclusivo y no se salva ni la serpiente

Javier Elío

Hay un sector de la izquierda que está embarcada en una carrera a toda velocidad para adaptarlo todo a la hipersensibilidad de está época narcisista en el que todo es 'yo' en el que todo lo que no encaje en la cosmovisión debe ser deconstruido y reinterpretado de forma que encaje adecuadamente. En esta pesadilla Orwelliana de reinterpretación del pasado ahora le ha tocado a uno de los clásicos más queridos: El Principito.

 

Antoine de Saint-Exupéry publicó su novelita en 1944, cuando nadie se había planteado ni que hubiera cuotas de representación por sexo en los personajes ni la hipersensibilidad hacia el tratamiento de los animales. Tener en cuenta que se escribió durante la II Guerra Mundial es una buena forma de comprender que los lectores y autores de la época estaban más bien curado de espantos y que un dibujo de una boa zampándose un elefante no era algo que causase el más mínimo espanto.

Sin embargo, alguien ha decidido que el discurso del libro es inaceptable para los tiempos que corren y que hay que introducir algunos cambios. La principesa está disponible y se puede comprar en Amazon. Se trata de una adaptación (que por cierto mantiene la firma de Saint-Exupéry) pero con mujeres con protagonistas y manteniendo por ejemplo "una paridad 60%-40% de personajes femeninos y masculinos" (que para ser paridad parece algo desigual, pero como oxímoron está muy bien).

Pero posiblemente el mayor de los destrozos es la sustitución de la mítica serpiente que se había comido a un elefante por... un volcán.

Por cierto, no es la única obra readaptada que han publicado, también han publicado La casa de Bernardo Alba.

"Si no podemos leer no es mi revolución", inician el vídeo de presentación del crowdfunding, como si el hecho de que un personaje sea de otro sexo, otra raza u otra orientación sexual dificultase o imposibilitase la identificación con el protagonista. Como si un ser con testículos no pudiera disfrutar de Madame Bovary o de Alien. De hecho, hay pocos conceptos más sexistas, racistas y homófobos que la idea de que esa frontera dificulta la lectura. Esconder las diferencias culturales y raciales de los personajes para "crear una historia más universal" es también la mejor forma de que que cuando nos encontremos esas diferencias las rechacemos. Que un personaje tenga una cultura o raza diferente no debería hacer una historia menos universal, sino todo lo contrario.

La historia de la humanidad está llena de errores y de barbaridades, y no cabe duda de que la situación de la mujer y de otros colectivos ha sido en muchas épocas y sociedades lamentable. Sin embargo, reescribir no solo no es la solución sino que oculta ese maltrato debajo de una alfombra. Si quieres solucionar un problema hay que mirarlo a los ojos y recordarte que está ahí. La literatura es la mejor forma de comprender las sociedades del pasado y de ver sus errores para corregirlos. Porque si tratamos de olvidarlos estaremos condenados a repetirlos.

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