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Gonzalo Sánchez*

La oposición venezolana ni está, ni se le espera. Está muerta políticamente hablando. Sin líder, sin propuestas, casi sin poder en las instituciones, sin base social dispuesta a la movilización, dividida y enfrentada internamente. Una situación que se ha producido a causa de las acciones de la derecha venezolana, que perdió el norte una vez que los sectores más radicales, fascistas, se hicieron con la dirección del movimiento.

Pese a ello, la oposición venezolana siempre se ha destacado por errar en los análisis políticos de la coyuntura del país, lo que explica que el diagnóstico y las soluciones nunca hayan sido acertadas. Su torpeza política se comprueba cuando, tras haber logrado poner al pueblo contra las cuerdas por las sanciones que ellos mismos han pedido, en el momento más bajo del chavismo, y con el apoyo de Occidente, no hayan sido capaces no ya de ganar las elecciones, sino de hacer triunfar un golpe de estado, cuando solo necesitaban un masivo apoyo en las calles que nunca llegó.

Pero, ¿qué ha pasado? ¡Si en 2013 casi ganan a Nicolás Maduro y en 2015 obtuvieron una aplastante victoria en las elecciones legislativas! Pues que la oposición venezolana no tiene en su agenda política nada más que echar a Nicolás Maduro del poder. No tienen propuestas políticas que configuren una alternativa a lo ofrecido por el chavismo, por lo que no son capaces de interpelar a la población para que se sume a un proyecto que no existe.

Cuando Capriles Radonsky, con Henri Falcón -facción moderada de la oposición- como Jefe de Campaña rompió en 2013 el histórico 60-40 asentado desde 1998 en favor del chavismo, la oposición permitió que los sectores fascistas de la Mesa de Unidad Democrática -coalición que agrupaba a toda la oposición, ya extinta-, pusieran en marcha la primera oleada de las guarimbas, que se dedicaron a matar y a dar palizas a los chavistas, destrozar edificios públicos y privados, atacar depósitos de medicinas y comida.

Esta estrategia funcionó en un primer momento por el apoyo mediático a los guarimberos, que aparecían como estudiantes que luchaban por una Venezuela mejor. Los líderes de la oposición aparecían con gusto a su lado, dirigiendo las marchas violentas contra los chavistas. El gobierno de Nicolás Maduro, aún recomponiéndose tras la muerte de Hugo Chávez no supo cómo reaccionar en un primer momento, porque también comenzaba un boicot interno por parte de los grandes empresarios que obtenían dinero público para importar, pero o no lo hacían o no vendían los productos, lo que permitió a la oposición desplegar sus fake news que mostraban al actual presidente como alguien incapaz de gobernar, que no podía ni siquiera garantizar que hubiera papel higiénico.

Gracias a eso la oposición machacó electoralmente al chavismo en las elecciones legislativas, y decidió mantener la misma estrategia de ataque frontal al gobierno. Por ello la derecha venezolana, al ocupar la presidencia de la Asamblea Nacional, con una mayoría a su favor, no habló de las leyes que iban a redactar para mejorar la situación de los venezolanos, sino que aseveraron que expulsarían a Nicolás Maduro del poder en los siguientes seis meses.

En ese momento se descubre un fraude electoral por el que tres diputados de la oposición (Nirma Guarulla, Julio Haron Ygarza y Romel Guzamana) habían obtenido sus asientos legislativos de manera espuria. La justicia venezolana pide que la Asamblea Nacional los expulse, pero la oposición, que dobla en escaños al chavismo se niega. No para no perder su mayoría, ya que la mantendrían holgadamente sin esos tres diputados, sino para mantener esa línea de confrontación con el gobierno bolivariano.

La jugada les salió mal porque siguen sin entender que en política no siempre se puede responder de la misma manera a diferentes escenarios. Crear una disputa cuando el fraude ya estaba demostrado anuló desde el principio los argumentos de la oposición que señalaban como mal perdedor al gobierno de Maduro, ya que según ellos quería ganar mediante su supuesta concentración de poder lo que no había podido conseguir en las urnas. Pero aún sin esos tres diputados la derecha tenía mayoría calificada.

Al final la justicia de Venezuela determinó que la Asamblea Nacional estuviera -y esté aún- en desacato por mantener a los diputados que hicieron fraude electoral, por lo que la oposición no ha podido sacar rédito político de su poder legislativo, ni tampoco social, ya que los ciudadanos venezolanos no protestaron en favor de la derecha por la situación.

Tras esto, y con el fascismo dirigiendo a la oposición, llegó la segunda oleada de guarimbas, que subió la apuesta de la primera. Ahora los propios guarimberos mataban, además de a los chavistas, a los propios manifestantes opositores que acudían a apoyar estas concentraciones violentas para crear mártires que echar sobre el Palacio presidencial de Miraflores, atacaron bases militares, lanzaban cócteles molotov a las fuerzas de seguridad, colocaban explosivos al paso de la policía, quemaban viviendas de ciudadanos de izquierdas.

Mientras tanto los grandes empresarios mantenían su boicot, que ahora era contrabando hacia Colombia, el dólar paralelo aumentaba sin control haciendo que la inflación explotase, y se empezaban a producir problemas graves con el paramilitarismo colombiano. Nicolás Maduro llamaba al diálogo con la oposición, que lo rechazaba porque observaba cómo su estrategia radical estaba funcionando.

Sin embargo, tras tres años de dominio político y cultural de la oposición, el chavismo reaccionó y lo recuperó. El presidente Nicolás Maduro llamó al país, oposición incluida, a participar en unas elecciones constituyentes para debatir juntos los problemas y las soluciones de Venezuela.

La oposición, de nuevo analizando mal el momento político, se negó considerando que estaban en una correlación de fuerzas favorable. Llamó a un plebiscito para rechazar la propuesta constituyente del presidente Nicolás Maduro. Este momento fue el punto de inflexión. La oposición logró 3 millones de votos y el chavismo 8.

La izquierda bolivariana no boicoteó la jornada electoral de la oposición, pero la derecha activó a sus guarimberos para obligar a cerrar colegios electorales, destruir puentes en poblaciones que no tenían otra manera de acudir a votar, y hasta asesinando a candidatos el mismo día de las elecciones.

Al comprobar la fuerza del chavismo y la debilidad propia, al día siguiente el terrorismo de las gurimbas había acabado. La izquierda había recuperado la hegemonía en el discurso político de Venezuela.

En ese momento la oposición comenzó una huida hacia adelante en la que cada paso le ha acercado hasta el desastre en el que ahora se encuentra.

  • Participó dividida en las elecciones presidenciales, con los que decidieron no presentar candidato cargando más contra sus propios compañeros que contra el chavismo.
  • Rompió el acuerdo alcanzado tras los diálogos en el momento antes de firmar.
  • Sostiene las sanciones que afectan a la población, la cual considera que son éstas las culpables de la situación y no el gobierno de Maduro. Lo que supone otro fracaso de la derecha, que no ha sido apaz de instalar su argumento ni teniendo el apoyo de la mayoría de los medios de comunicación de Venezuela y de Occidente.
  • Apoya el contrabando de productos de primera necesidad hacia Colombia.
  • Saboteó la principal infraestructura eléctrica del país.

Pero la puntilla final que ha terminado por acabar con la oposición ha sido la desesperación de Estados Unidos por no poder esperar más a que la oposición venezolana fuera capaz de tumbar a Nicolás Maduro, para abrir las puertas a sus empresas al petróleo y resto de recursos naturales del país suramericano.

Juan Guaidó ha cometido el mismo error de siempre de la oposición venezolana pero elevado a la máxima potencia: asegurar la consecución rápida de unos objetivos fuera de su alcance. Si su inicio de golpe fue acompañado por una cantidad masiva de gente, su final el 30 de abril, momento en que se sublevó con un pequeño grupo de militares, a su llamado solo acudieron unas decenas de guarimberos y periodistas. Al día siguiente apenas cien personas lo siguieron en su petición de hablar con las fuerzas militares para que se unieran a las filas golpistas.

Su constante garantía de que «mañana se va Maduro«, perdió credibilidad en alguna de las muchas veces que no pudo cumplirla. Sus llamados a bombardeos sobre la población, y su estrategia de apoyar una guerra civil, siguiendo el guión de Donald Trump alejaron a la mayoría de los que lo acompañaron en su golpe el día de su autoproclamación.

Hoy la oposición no tiene líder. Y no porque los dirigentes fascistas huyan a las embajadas de países aliados para escapar de la justicia que los busca por el intento de golpe de estado, sino porque no tienen carisma, ni funciona el impostado liderazgo elaborado por los medios de comunicación. Se vendió a Leopoldo López como un político querido y apoyado masivamente, y cuando apareció al lado de Juan Guaidó llamando a la gente a que se unieran a ellos, nadie acudió.

Hoy la oposición sigue sin programa político. Su labor en los últimos años ha sido la búsqueda y aplicación de unas sanciones que han provocado desabastecimiento y una peor calidad de vida de los ciudadanos, que pese a la intensa campaña mediática para culpar al gobierno de Nicolás Maduro de esos hechos provocados por la oposición, saben que la derecha es la culpable, de ahí que la oposición no tenga apoyos, y el chavismo esté luciendo una capacidad de movilización realmente masiva de manera regular, no es un apoyo puntual.

* director de ElEstado.net

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