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Tras la manifestación celebrada en la plaza de Colón de Madrid, hoy la cita en defensa de la unidad de España tiene lugar en Barcelona. Bajo el lema "Prou! Recuperem el seny" ("¡Basta, recuperemos la sensatez!"), buscan mostrar a la llamada "mayoría silenciosa", los catalanes opuestos a la independencia que no suelen significarse.

La iniciativa, de Societat Civil Catalana, ha estado respaldada por el PP y Ciudadanos. El PSC no se ha sumado, pero animó a sus militantes a asistir. La manifestación, multitudinaria, ha recorrido un kilómetro por el centro de la ciudad condal: Plaza Urquinaona, Vía Laietana y la Estació de França, donde el Premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa y el ex presidente del Parlamento Europeo Josep Borrell han pronunciado sus discursos.


Concluye la marcha de Barcelona, mucho más multitudinaria de lo que se esperaba. Los organizadores han cifrado la asistencia en 950.000 personas y la Guardia Urbana acaba de publicar un tuit en la que da unos datos de 350.000 asistentes.

El extrarradio obrero vestido de rojigualdas

 

Abruma la cantidad de banderas de España que cuelgan en la avenida del Marquès de Sant Mori, en Badalona. No es habitual ver tantas en una calle de Cataluña. Estos días en el barrio de Llefià, prototípico del extrarradio obrero de Barcelona, hogar de inmigrantes que llegaron en la segunda mitad del franquismo, se exhiben más que cuando juega la Selección en el Mundial.

El corrillo de jubilados que charla en la calle señala el enorme edificio de enfrente: a ojo, se cuentan unas 30 banderas españolas. En cambio, no asoman 'esteladas'. «Vive mucha gente que vino de fuera, con muchas ideologías distintas», explica Enrique, que resume el sentir de quienes se definen con una bandera atada en el balcón: «No queremos la independencia por lo que puede conllevar. Si te abren una puerta y te enseñan que lo que hay detrás es bueno, lo querrás. Pero, a nuestra edad, no queremos ir a una aventura». Enrique y su esposa tienen casa en Salamanca y en Sevilla. «Estoy pensando en irme», asegura.

«Él puede hacerlo. ¡Es el estanciero del barrio!», bromea Juan. «Si yo tuviera casa fuera, también me habría planteado irme. Pero el currante poco puede tener», reconoce, y ofrece su particular análisis de la realidad catalana: «El 'salchichón' se ha empeñado en que no puede dar marcha atrás, los de la CUP lo tienen bien agarrado». Con ese mote de factura propia se refiere al president Carles Puigdemont.

«La independencia no es buena», prosigue Juan, «hay otras fórmulas antes que llegar a eso ¿Qué programa hay para la educación, para la sanidad, para la industria...? Deberían explicar qué van a hacer con todo eso. Estaría de acuerdo con un referéndum, siempre que fuera legal. Que se pregunte y no que decidan por su cuenta».

Victorio desecha la idea de mudarse. «Aquí están mis hijos, mis nietos... Nos lo tenemos que tomar con humor, porque estoy hasta aquí», afirma señalándose la gorra, «y soy masoquista, porque me levanto y ya me pongo las noticias. Y, entre nosotros, hablamos de política. Hasta las señoras mayores hablan de quién les pagará a partir de ahora, ¡y eso también es política!»

Ni mucho menos todas las calles de Llefià están teñidas con los colores nacionales, pero la proporción de rojigualdas respecto a las 'esteladas' resultaría insólita en otros lugares de Cataluña. El PP regaló banderas antes del mitin que el líder 'popular' catalán y ex alcalde de Badalona, Xavier García Albiol, dio a pocas horas del 1-O en el teatro del barrio, uno de sus feudos. El conservador cosechó un 47% de los votos en las municipales de 2015 en algunas zonas de Llefià, un barrio con fuerte tradición de izquierdas: sin ir más lejos, este domingo se conmemora ahí la muerte del Che Guevara en la plaza que lleva su nombre.

Victorio tampoco desea la ruptura: «Quiero quedarme como estoy. Como mucho me gustaría un Estado federal. Y, con eso, tener mejoras para Cataluña y que nos hagan más caso». Piensa que así quizá bajaría la cifra de independentistas.

Unos metros más allá, otro anciano cuenta que se sumó a una cacerolada contra Puigdemont. «Lo hice para decir que somos españoles», declara, asombrado de que Cataluña se haya situado a las puertas de la secesión. «No entiendo por qué la cosa no se tranquiliza y nos quedamos como siempre hemos estado», atestigua, y precisa el motivo de su desazón: «Cuando la independencia se acepte, y Cataluña quede fuera de España, ¿quién nos pagará la pensión? Es la inquietud de muchos aquí».

Londres

 

En Londres, un centenar de españoles tomaron la céntrica plaza londinense de Picadilly para reivindicar la unidad de España frente al desafío independentista. Al grito de "Que viva España y que viva Cataluña". Con símbolos de paz, diálogo y "sentido común", la manifestación pidió a ambas partes "convivencia, solidaridad y democracia" para evitar hechos comos los del 1-O. "Nosotros somos muy sensibles a este tema por el Brexit, hemos visto a nuestros compañeros ingleses llorar porque su país se rompía y eso es lo que le pasará a España y a Europa si esto sigue adelante", explica Toni Timoner, colaborador de Societat Civil Catalana. Informa Alberto Muñoz.

Análisis: Los diez errores fatales del independentismo

Cristian Campos

1.- El autoengaño respecto a Europa

El independentismo catalán sobrevaloró desde el primer día del proceso el atractivo del romanticismo de su causa entre unas elites europeas poco deseosas de sumar a la amenaza de los populismos de izquierdas y derechas la de los viejos nacionalismos disgregadores. Más allá de algunas pequeñas victorias propagandísticas (las imágenes de los desalojos policiales del pasado domingo) y del previsible apoyo de los partidos nacionalistas europeos, la reacción de Europa a la crisis catalana ha sido de estricto apoyo a la ley, la democracia y los procedimientos constitucionales. Es decir al Gobierno central. El wishful thinking, en definitiva, ha reinado a sus anchas en Cataluña alimentado por tertulianos y presentadores de TV3, periodistas de Catalunya Ràdio, medios de prensa escrita como La Vanguardia, Ara o El Punt Avui y microfamosos de alcance local. La respuesta estándar al golpe por parte del PDeCAT ha sido el de la zorra frente a las uvas: “Europa no está madura”. En el caso de la CUP, sus deseos de que Cataluña sea expulsada de la UE tienen una explicación fácil. Privar del paraguas de los derechos y los tribunales europeos a los ciudadanos catalanes para la mejor consecución de sus fines: la revolución social y la implantación de un régimen formalmente asambleario y popular pero de corte totalitario.

2.- El pleno en el Parlamento catalán de los días 6 y 7 de septiembre

Tan zafia y chapucera fue la actuación de la presidenta Carme Forcadell y de los miembros de la Mesa del Parlamento catalán durante esos dos días de septiembre que hasta el propio independentismo calificó de error táctico la aprobación de las leyes de ruptura por un procedimiento de urgencia excepcional que en la práctica laminaba el derecho de la oposición a, precisamente, oponerse. Las prisas de ERC, PDeCAT y CUP por aprobar las leyes fundacionales de la futura república catalana pero, sobre todo, las maneras grotescas de Forcadell, esa “pobre chalada peligrosa con la capacidad intelectual de unas chancletas” en palabras de un buen conocedor de la sala de máquinas del independentismo, acabaron con cualquier esperanza de respetabilidad. El independentismo daba la batalla de la legalidad por perdida pero había puesto todas sus esperanzas en la de la legitimidad. La perdió a lo largo de esos dos días.

3.- La conversión de los mossos en un cuerpo de policía de partido

El marco del discurso independentista habla de un movimiento pacífico, inclusivo y transversal propulsado por sentimientos nobles como el deseo de más democracia, de una mayor autonomía y de un mayor respeto por parte de las elites del Estado central. En la práctica, un cuerpo policial formado por diecisiete mil agentes con sus correspondientes arsenales se ha situado al margen de la legalidad, obviado las órdenes de los tribunales y colaborado por pasiva y por activa en la creación de una legalidad alternativa en Cataluña. A día de hoy, la mitad de los ciudadanos catalanes, la no nacionalista, se cruza a diario por las calles de su ciudad con agentes armados de una cuerpo policial cuyos mandos han decidido desobedecer la Constitución de la que emanan sus derechos civiles. La definición de diccionario de un cuerpo paramilitar.

4.- Ceder el liderazgo del proceso a la CUP

La catalana es una sociedad básicamente burguesa, adinerada y conservadora. Cataluña es la cuarta comunidad más rica de la decimoquinta economía mundial y disfruta de un nivel de autonomía sin parangón en ningún otro país europeo. La desigualdad social es muy escasa y no existen grandes bolsas de pobreza en ninguna de sus provincias. Los servicios públicos funcionan razonablemente bien y en algunos casos de forma excelente. Su sociedad civil es vigorosa y salvo la asfixiante presión fiscal y regulatoria (común a toda España y de la que participa con entusiasmo la propia Generalitat) no existen grandes razones para la queja en el sector empresarial. Los motivos por los que un catalán que goza de ese soberbio nivel de vida pueda sentir la necesidad de votar a un partido política y culturalmente marxista como la CUP es uno de los grandes arcanos de la política catalana. Cederle el liderazgo del proceso soberanista es objeto de estudio para la psiquiatría.

5.- Acoso a policías nacionales y guardias civiles

El independentismo aprovechó bien uno de los mayores errores del Gobierno central en la gestión de esta crisis: el envío de policías nacionales y guardias civiles a los colegios electorales catalanes cuando estos yo habían sido bloqueados por miles de ciudadanos y no dos días antes, cuando aún estaban vacíos. Las consecuencias, fácilmente previsibles, fueron escenas de violencia que corrieron como la pólvora por las redes sociales y llegaron hasta las portadas de los principales medios de prensa internacionales. Pero esa victoria de la propaganda nacionalista se empañó en sólo veinticuatro horas cuando cuando masas de ciudadanos descontrolados, protegidos por los mossos, asediaron al día siguiente los hoteles en los que se alojaban esos policías y guardias civiles hasta hacerlos marchar entre insultos, pedradas y escupitajos. El resultado fue no sólo la inversión de los papeles de (supuestos) agresores y (supuestas) víctimas sino una ola de solidaridad con las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado que visibilizó en apenas unas horas a ese 50% olvidado de la población catalana: el de los catalanes no nacionalistas.

6.- La utilización de niños

Sobre la utilización de los niños como escudos humanos durante la votación del pasado domingo hay más mito que realidad. Como regla general, y yo no fui testigo personalmente de ninguna excepción a esa regla, los pocos niños que acudieron a los centros de votación estaban en las colas de votación, no entre los grupos de voluntarios que bloqueaban las puertas. En cualquier caso, lo que sí es innegable y ningún independentista niega es la penetración de la propaganda nacionalista en los colegios catalanes y la frecuente utilización de menores en las escenificaciones independentistas. Súmesele a eso el acoso por parte de algunos profesores y alumnos a los hijos de los guardias civiles que viven y trabajan en Cataluña y se entenderá por qué incluso entre algunos sectores del independentismo se aboga por quitarle de una vez las manos de encima a los niños catalanes.

7. El infantilismo

La percepción popular de que la independencia se conseguiría de una forma rápida, limpia, a fuerza de sonrisas y sin mayores molestias empezó a cambiar el domingo con la actuación de la policía, recibió un capón a dos manos con el discurso del Rey y se tornó en conmoción y pavor el jueves, cuando bancos y empresas catalanas saltaron del barco y trasladaron sus sedes sociales a comunidades menos hiperventiladas. El despertar de los sueños soberanistas y el choque con la realidad fue tan contundente que las peticiones de mediación, es decir de rendición, se multiplicaron por diez en apenas unas horas. De repente, los empleados de La Caixa que el lunes se manifestaron en protesta por la violencia policial y en favor del independentismo con lemas de la CUP (“las calles siempre serán nuestras” gritaron cincuentones en traje y corbata con el iPhone en el bolsillo interior de la chaqueta) llegaron a la conclusión de que lanzar piedras contra tu propio tejado no es precisamente la táctica más inteligente cuando trabajas con el producto más miedoso del planeta: el dinero.

8. Despreciar el poder del dinero

Y ese ha sido precisamente el octavo error de la lista. Haber descartado de la ecuación la capacidad de convicción del incentivo social más poderoso que existe. Cuando Artur Mas dijo que de la Cataluña independiente no se marcharía ninguna entidad porque suyo es el 20% del mercado español y “los bancos no son hermanas de la caridad” infravaloró al único Dios capaz de competir de tú a tú con el de la irracionalidad de las masas. Pero, sobre todo, sobrevaloró el peso de la economía catalana en relación a la española y el desigual equilibrio de fuerzas resultante de una ruptura como la planteada. “El dinero preferirá una Catalunya próspera que una España en bancarrota” decía el nacionalismo. Se equivocó por partida doble: es Cataluña la que va camino de la bancarrota. La única solución a la falta de acceso a los mercados, a los fondos del Banco Central Europeo, al Fondo de Liquidez Autonómica, a la fuga de capitales y a la perdida de empresas como Gas Natural, Abertis, el grupo Dogi, Klockner, Freixenet, Banc Sabadell, CaixaBank o de grupos alemanes como Volkswagen, Bayern o Lidl sería la conversión de la hipotética república catalana en una potencia financiera, tecnológica y cultural en el corazón de la Europa del Sur. Pero el modelo de país de la CUP, ERC y Ada Colau se parece más a Palestina que a Israel.

9.- El escaso nivel de sus elites

Llegada la hora de la verdad, el proceso soberanista ha quedado en manos de un reducido grupo de convencidos sin obra, activistas perennes, vividores del presupuesto público y revolucionarios de asamblea universitaria. Toda la fuerza y la determinación que organizaciones soberanistas como la ANC y Òmnium han demostrado a la hora de movilizar a sus acólitos se ha transformado en soberbia incompetencia cuando se ha debido lidiar con la realidad del mundo empresarial y de la política de alto nivel. Sin plan B más allá de la celebración del referéndum y de una declaración de independencia que supondría la muerte económica, política, cultural y social de Cataluña, el destino de siete millones y medio de ciudadanos europeos está hoy en manos de aficionados y fanáticos que andan intelectualmente a años luz de las viejas elites de la CiU de los años noventa, que podían ser nacionalistas pero desde luego no tontas.

10.- El desprecio del contrario

Uno de los mantas del independentismo ha sido el de que no existe una Cataluña silenciosa, contraria al proyecto nacionalista y a la independencia de Cataluña, capaz de contrarrestar el empuje de las masas soberanistas. Y es cierto que esa Cataluña no ha salido a la calle, que no se ha manifestado y que ha mantenido un perfil bajo. Las razones son muchas. La presión social, la hegemonía cultural nacionalista y la muy humana e intuitiva prevención que nos lleva a no convertirnos en los pioneros de movimientos arriesgados cuando nos percibimos como una minoría en nuestro entorno social. Pero, sobre todo, el abandono por parte del Gobierno central y la división entre los propios partidos constitucionalistas. “Si ellos no se ponen de acuerdo, ¿cómo voy a jugarme el trabajo, las amistades y la familia dando un paso adelante?”. Pero la Cataluña silenciosa ha despertado y la manifestación de hoy es una prueba de ello. Puede que el independentismo haya ampliado su base social durante los últimos años, pero la Cataluña no nacionalista va camino de perder el miedo y eso tendrá consecuencias en el panorama político, social y cultural catalán.

Páramo empresarial tras el 'procés'

Gonzalo Baratech

Señoras y señores, el procés ha muerto. No se lo ha cargado el Tribunal Constitucional, ni el sobado artículo 155 de la Carta Magna, ni las enérgicas admoniciones del Rey Felipe VI. El último clavo del ataúd lo han remachado dos ilustres catalanes, Isidro Fainé Casas y José Oliu Creus, jefes supremos de Grupo La Caixa y de Banco Sabadell. El pasado jueves, ambas entidades anunciaron sus planes para trasladar las sedes de sus bancos fuera de Cataluña, a la Comunidad Valenciana. Así, sin pretenderlo, han escrito el epitafio del dichoso secesionismo.

Por descontado habrá más capítulos de la causa independentista, pues sus impulsores, como quien monta en bicicleta, si dejan de pedalear, se caen. Por ello mantendrán la tensión y seguirán echando carnaza a las huestes. Pero el periplo separatista que hace cinco años emprendió un Artur Mas desquiciado, ha entrado en vía muerta.

El dinero es pusilánime y escurridizo por naturaleza. En cuanto huele problemas, adopta la prudente decisión de abstenerse, que en este caso se traduce por largarse con viento fresco a latitudes más benignas. Esta semana los rumores sobre un posible corralito se propagaron como mancha de aceite por toda Cataluña. La amenaza de Carles Puigdemont de declarar la independencia desencadenó fortísimas caídas bursátiles de los dos bancos. Y la fuga de depósitos se disparó, amenazando transformarse en riada incontenible.

El negocio bancario se basa sobre todo en la confianza. Por ello, en defensa de sus accionistas, depositantes y empleados, ambas instituciones no tuvieron más remedio que ponerse a resguardo. Una vez abierto el camino por estos dos colosos, vendrá el resto del parque societario. Una Cataluña desgajada de España, de la zona euro y de la Europa comunitaria carece de aliciente alguno y encierra serios riesgos para toda firma, cotizada o no.

Crónica Global reseña desde hace casi un par de años, semana tras semana, el goteo incesante de fugas. Hemos informado de docenas de grandes y medianas compañías que han trasladado sus domicilios sociales a Madrid u otras zonas de España, huyendo del infierno fiscal catalán y de las perspectivas secesionistas. La lista es ya interminable y la pérdida de riqueza para Cataluña, irreparable.

El pasado verano me enteré de que un relevante hombre de negocios catalán, con una fortuna no inferior a los mil millones, había movido el domicilio de su sociedad patrimonial a la capital del Reino. Le llamé para preguntarle los motivos. Su respuesta, casi textual fue esta: "En vísperas de la Segunda Guerra Mundial de 1939, de los judíos que había en Alemania, los pesimistas huyeron a Nueva York y los optimistas se quedaron. Estos últimos acabaron gaseados en Auschwitz".

Produce vergüenza ajena escuchar las primeras reacciones de todo un consejero de Economía como Oriol Junqueras ante la estampida de los bancos. Primero negó que se marcharan. Cuando ya era un hecho  incontestable, arguyó displicente que no pasaba nada. Y más tarde, que no había que preocuparse, “porque ya volverán”.

Semejantes acontecimientos son el corolario de tres largas décadas de nacionalismo​ asfixiante, de políticas identitarias y excluyentes, de sectarismo y fanatismo implacables.

Convergència-PDeCAT ha surtido para Cataluña los efectos de una plaga bíblica. La cleptocracia imperante se dedicó con fruición a crear una red clientelar inmensa, regada siempre con abundantes fondos públicos. Su máxima manifestación son los dos enormes aparatos de agitación conocidos como Òmnium Cultural y la Assemblea Nacional Catalana.

Los nacionalistas han metido sus narices hasta en los intersticios más recónditos de las organizaciones económicas, sindicales, sociales, civiles y culturales, con el único objetivo de mangonearlas y convertirlas a su causa.

Han erigido un gigantesco instrumento de propaganda, ejemplificado en TV3 y Catalunya Ràdio. A su lado, el NO-DO franquista era un juego de niños. Pero como les debió parecer poco, compraron por la vía de la subvención al 99% de los medios privados de comunicación. En definitiva, untaron con fondos de los contribuyentes a todo bicho viviente para atraerlos a su redil.

Sólo hay que asomarse unos segundos a la cuenta de Twitter de Carles Puigdemont para comprobar que es un peligroso extremista.

Jordi Pujol Soley aspiraba --y sigue aspirando-- a pasar a la posteridad como el paterfamilias de la Cataluña moderna. Pero sus dilatados fraudes fiscales y las mangancias perpetradas por los miembros de su saga han achicharrado la imagen de honradez política que trató de forjarse.

Tampoco es menor su responsabilidad por los aciagos acontecimientos políticos que estos días vivimos y sufrimos. La actual cosecha secesionista no es sino el fruto directo de la siembra realizada antaño por el patriarca.

Fuente: El País, El Mundo, Vozpopuli, Crónica Global

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