El presidente de Bielorrusia, Alexánder Lukashenko, en el marco de una entrevista que ha concedido este martes a RT y varios medios de información rusos en Minsk, ha aclarado qué ha pasado con la opositora bielorrusa María Kolésnikova y sus dos colegas del Consejo de Coordinación de la oposición bielorrusa, Antón Rodnenkov e Iván Kravtsov, en la frontera entre Bielorrusia y Ucrania.

Detención de Kolésnikova cuando huía

"Tenían todos los documentos formalizados con anticipación. Ellos mostraron sus pasaportes en nuestro punto fronterizo y los oficiales de aduanas y los guardias fronterizos les dejaron pasar. Luego deberían pasar por un área de la frontera estatal y por el puesto ucraniano", ha indicado el mandatario, precisando que entre ambos puestos hay unos 8-9 kilómetros.

Además, la parte bielorrusa de la frontera actualmente está fortificada con más patrullas fronterizas. "Naturalmente, les quisieron parar. Pero su coche aceleró bruscamente. A ella [María Kolésnikova] la empujaron fuera del coche en marcha", ha señalado el presidente, indicando que lo hizo uno de dos colegas opositores de Kolésnikova.

"Nuestros guardias fronterizos, por supuesto, la detuvieron, como era de esperar […] y la enviaron al destacamento fronterizo. Y estos [Rodnenkov y Kravtsov] cruzaron la frontera a través del puesto de Ucrania y los ucranianos, hasta donde tengo conocimiento, los detuvieron. Y estamos negociando con ellos para que nos los devuelvan", ha declarado.

"Todo esto está globalizado e internacionalizado"

En lo que se refiere a la desestabilización de la situación en Bielorrusia y protestas masivas contra Lukashenko, cuya victoria en las elecciones del pasado 9 de agosto no reconoce lo oposición, el presidente ha afirmado que "todo esto está globalizado e internacionalizado".

"Si ustedes creen que una Rusia rica puede manejar esto, están equivocados. Hablé de ello con muchos presidentes, con mi amigo mayor (lo llamo hermano mayor) Putin, y le advertí: 'No se puede hacer frente a ello'", ha aseverado el mandatario bielorruso. "Porque, ¿cómo van a hacer frente a los canales de Telegram? ¿Tiene la capacidad de bloquearlos? Nadie la tiene, ni siquiera los que inventaron toda esta telaraña: los estadounidenses. Ya pueden ver lo que está pasando allí [en EE.UU.] y los canales de Telegram juegan un papel principal en ello", ha señalado Lukashenko.

"Pero ellos empezaron esta historia" —ha reiterado en referencia a EE.UU.—, "lo empezaron y, además, hace mucho tiempo. No fue ni Rusia ni Bielorrusia quienes comenzaron esto, siempre ellos lo han estado haciendo. Y lo consiguieron".

El mandatario bielorruso ha resumido que ahora su país está "cosechando los frutos de todo esto" y ha advertido a la parte rusa de que "no hay que relajarse", ya que en el país vecino "también pueden pasar pronto ciertos eventos políticos, surgidos posiblemente de la nada". "¿Sabe a dónde llegamos junto con el sistema y el liderazgo ruso? Si Bielorrusia colapsa hoy, Rusia será la próxima", ha aseverado Lukashenko.

Lukashenko sobre las protestas en su contra: "Es muy trágico"

El presidente bielorruso ha revelado que le "ofende mucho" el hecho de que muchos de sus compatriotas no recuerdan, debido a su edad, o no valoran, cómo ha cambiado a Bielorrusia, pero a pesar de ello y después de los eventos recientes en el país lo más importante para él son sus hijos y los hijos de sus próximos.

"Además, lo que me da fuerzas en esta situación, y probablemente usted también lo sepa, es la idea de que si Lukashenko colapsa ahora, todo el sistema colapsaría y Bielorrusia caería tras él", ha señalado.

"Por supuesto, me ofende mucho y es muy trágico, si así lo quieren. Pero esto no significa que me di por vencido, porque lo percibo de forma filosófica. Bueno, algún día él [Dios] me llamará, pero debo proteger lo creado por nuestras manos, proteger a las personas que lo crearon, y a esta inmensa mayoría […] que votó por mí, aunque me ven todos los días hasta en la plancha, en la tele y en la nevera. Quizás esto ya les aburre, pero me apoyaron. Esto es por lo que vivo ahora mismo", ha resumido.

"Si tuviera varios miles de millones en mi bolsillo, tal vez habría actuado como Poroshenko", ha afirmado Lukashenko, en referencia al expresidente de Ucrania.

"Pero no tengo esos miles de millones, por lo que no tengo miedo", ha añadido el mandatario bielorruso, al aclarar que algún día puede que se vaya, pero no permitirá que sea destruido todo lo que ha sido creado "junto con el pueblo y con estas generaciones". "No les permitiré que lo destruyan. Esto es por lo que vivo ahora y es cómo ha cambiado este país", ha concluido.

Lukashenko, dispuesto a convocar presidenciales anticipadas

MINSK (Sputnik) — El presidente de Bielorrusia, Alexandr Lukashenko, anunció su disposición a convocar elecciones presidenciales anticipadas y al mismo tiempo señaló que deberían celebrarse antes de los comicios parlamentarios.

"Si queremos enmendar la Constitución, deberemos especificar la celebración de los comicios presidenciales. Además quiero decir que me inclino a convocar anticipadamente las próximas presidenciales", dijo en entrevista este 9 de septiembre a canales de televisión rusos.

Lukashenko señaló que las elecciones presidenciales deberían celebrarse antes que las parlamentarias, para que el Legislativo actual funcione mientras no sea elegido el nuevo mandatario.

A su juicio, la celebración de las presidenciales anticipadas podría decidirse en diciembre o enero próximos.

"Tenemos un organismo muy serio, es la Asamblea Popular Nacional, o el congreso del pueblo bielorruso, como la suelen llamar, que se convoca una vez en cinco años, y la próxima debe celebrarse tras las vacaciones navideñas o del Año Nuevo, es decir en diciembre o enero", y agregó que será entonces cuando se podría definir las fechas.

A juicio de Lukasehnko, se podría traspasar ciertas competencias a otras ramas del poder, pero al timón del país debe estar un líder fuerte.

"Ciertos partidos políticos coinciden en que se debe redistribuir las competencias entre diversas ramas del poder. Sí, debe hacerse. Pero hay que recordar que Rusia y Bielorrusia son Estados eslavos, que necesitan tener un líder fuerte, lo vemos en el ejemplo de la situación en Ucrania", dijo.

La autoproclamada líder, como agente extranjero, llama a imponer sanciones contra Bielorrusia

 

MOSCÚ (Sputnik) — La excandidata a la presidencia de Bielorrusia Svetlana Tijanóvskaya instó a imponer sanciones contra la administración actual del país.

"Mi país, mi nación, mi pueblo ahora necesita ayuda, hay que ejercer presión internacional sobre este régimen, sobre este hombre que se aferra con tenacidad al poder. Es necesario imponer sanciones a las personas que dan y ejecutan órdenes criminales que violan las normas internacionales y los derechos humanos", dijo Tijanóvskaya al intervenir en una sesión del Comité de Asuntos Políticos de la PACE.

También llamó a liberar a todos los presos políticos e "iniciar un diálogo civilizado" para encontrar soluciones a la crisis actual.

Tijanóvskaya subrayó que los resultados de las elecciones del 9 de agosto fueron falsificados.

"Ni una sola organización internacional ha reconocido estos resultados. El pueblo bielorruso se negó a reconocer este engaño. Esto significa que el señor [Alexandr] Lukashenko no es un presidente legítimo", puntualizó.

Liberación de Kolésnikova

Tijanóvskaya llamó a las autoridades a poner en libertad a María Kolésnikova, detenida esta madrugada cuando pretendía salir del país con otros dos opositores.

"María Kolésnikova debe ser liberada de inmediato, así como otros integrantes del Consejo de Coordinación detenidos", indicó la opositora en su canal de Telegram.

Los “desaparecidos” opositores bielorrusos Kravtsov y Rodnenkov huyeron a Kiev

MINSK (Sputnik) — Los miembros del opositor Consejo de Coordinación (CC) de Bielorrusia Iván Kravtsov y Antón Rodnenkov, desaparecidos el 7 de septiembre, se encuentran en la capital ucraniana, Kiev, comunicó el CC.

El 7 de septiembre el Consejo informó que no se podía comunicar con tres de sus miembros: la que ocupa la mesa directiva del consejo, María Kolésnikova; el portavoz del ente, Antón Rodnenkov, y el secretario ejecutivo del CC, Iván Kravtsov. Tanto el Ministerio del Interior de Bielorrusia como el Comité de Control Estatal y la policía comentaron que no contaban con información al respecto.

Este 8 de septiembre el servicio fronterizo bielorruso informó que Kolésnikova fue detenida en la madrugada en la frontera con Ucrania, mientras que Rodnenkov y Kravtsov lograron salir al país vecino.

"Iván Kravtsov y Antón Rodnenkov se pusieron en contacto, actualmente se encuentran en Kiev", escribió el CC en su canal de Telegram.

La entidad señaló que los opositores están a salvo y se encuentran bien.

La “líder” de la oposición bielorrusa Svetlana Tijanóvskaya, mintió a la opinión pública al afirmar que las autoridades estaban detrás del secuestro.

Destituyen al jefe del KGB bielorruso por la detención de 33 rusos

MOSCÚ (Sputnik) — El presidente bielorruso, Alexandr Lukashenko, declaró que el director del Comité de Seguridad del Estado (KGB) de Bielorrusia perdió su cargo por la detención de 33 nacionales rusos.

Esta información la divulgó el director de la emisora Govorit Moskva, Román Babayán, quien fue uno de los representantes de los medios rusos que entrevistaron a Lukashenko.

La semana pasada, Lukashenko designó a Valeri Vakulchik, que se desempeñaba hasta entonces como director del KGB, como nuevo secretario del Consejo de Seguridad del país.

"Le preguntamos a Lukashenko si Vakulchik perdió su cargo como jefe del KGB por aquel caso [detención de 33 rusos] y dijo que 'sí'", comentó Babayán a la emisora.

A finales de julio, las autoridades bielorrusas anunciaron la detención de 32 nacionales rusos en las afueras de Minsk, mientras una persona más fue detenida en el sur del país.

El Gobierno bielorruso sospechó que los detenidos estaban preparando provocaciones durante la campaña electoral del país.

Según afirmó entonces el secretario de Estado del Consejo de Seguridad bielorruso, Andréi Ravkov, los rusos detenidos pertenecían a "la empresa militar privada Wagner".

El Kremlin negó las acusaciones de que Rusia envía a Bielorrusia grupos de "mercenarios" para desestabilizar la situación en el país vecino.

El cónsul ruso en Minsk, Kiril Pletnev, aseguró que los ciudadanos detenidos estaban en Bielorrusia en tránsito y debían volar de Minsk a Estambul y de ahí a América Latina.

El 14 de agosto, treinta y dos de los 33 rusos detenidos en Bielorrusia regresaron a Rusia. El otro, que también tenía la nacionalidad de Bielorrusia, se quedó en este país.

Bielorrusia publicó una versión incompleta del audio de la conversación sobre Navalni

MOSCÚ (Sputnik) — El presidente bielorruso, Alexandr Lukashenko, afirmó que Bielorrusia publicó una versión incompleta del audio de la conversación sobre el opositor ruso Alexéi Navalni interceptada por los servicios bielorrusos, mientras que la versión original cuenta con detalles sensacionales.

"No le citaré [a Lukashenko] palabra por palabra, pero transmitiré el sentido: dice que tiene toda esta conversación, y (...) ni siquiera se imaginan qué información tenemos," relató el periodista ruso Román Babayán, que participó en una entrevista de Lukashenko con medios rusos.

Según afirmó el propio Lukashenko en esta entrevista los servicios especiales bielorrusos entregaron el audio completo de la conversación interceptada al Servicio Federal de Seguridad (FSB) ruso.

"Nosotros tenemos solo una copia, pero el original ya no, (...) está en inglés, como es debido, y no hablan ni alemanes ni polacos, sino estadounidenses, porque el inglés que suena es el típico de los norteamericanos", señaló.

Lukashenko insistió en que "se trata de una conversación real".

"Así que no se burlen de esto, tenemos mucha información de este tipo. Esta [la parte publicada] fue la más expresiva", afirmó.

La semana pasada Lukashenko anunció que los servicios secretos bielorrusos interceptaron una conversación entre representantes de Alemania y Polonia —un tal Nick y un tal Mike— sobre el opositor ruso Alexéi Navalni, que se encuentra hospitalizado en Berlín tras sufrir, según las autoridades alemanas, un ataque con una sustancia de la familia del Novichok.

Según esa grabación, publicada el 4 de septiembre, los datos que apuntan al envenenamiento de Navalni son una farsa, preparada para "quitarle las ganas a Putin de meterse en los asuntos de Bielorrusia". Los interlocutores también hablaron de la situación en Bielorrusia, y afirmaron que Lukashenko es "duro de roer" y que los funcionarios y militares del país "son leales al presidente".

Tanto Polonia como Alemania tacharon de "ficticia" la conversación y negaron que se produjera. El portavoz del Kremlin, Dmitri Peskov, que refuta que Navalni fuera envenenado, comunicó el 7 de septiembre que está al tanto de la grabación interceptada por Bielorrusia, pero evitó evaluarla, al subrayar que "más bien corresponde a los servicios especiales".

Lituania hizo un gran servicio a Rusia sacrificando su propia economía

La política antirusa le ha costado muy caro a los estados bálticos, pero esta experiencia no ha enseñado nada a los gobiernos locales. Pronto tendrán que pagar por un intento de golpe en Bielorrusia con un sistema portuario de importancia estratégica.

La rotación de carga de los puertos más importantes de los estados bálticos (Riga, Klaipeda, Ventspils, Tallin, Liepaja) ha ido disminuyendo en los últimos años. El resultado también se ve en el ferrocarril y transporte. Esto se debe en gran parte al hecho de que Rusia comenzó a desarrollar sus propios puertos marítimos. Simplemente estaba cansada de la política hostil de las repúblicas bálticas.

 

En la era de la pandemia de coronavirus, la posición de los puertos bálticos no ha mejorado. En el puerto de Riga, el nivel de transbordo de carga se redujo en un 25,2%, en el puerto de Ventspils, en un 41%. Al mismo tiempo, la reducción se debe en gran parte a la política de los gobiernos rusófobos. Lucharon tan celosamente contra la mítica «amenaza rusa» que el volumen de carga rusa en los puertos cayó del 20,6% en 2007 al 5,2% en 2019.
En tales condiciones, Lituania tomó la más ilógica de todas las decisiones posibles, involucrándose en una aventura con el golpe de Estado bielorruso. Letonia y Estonia también se unieron a él. Estos países se convirtieron en los primeros del mundo en imponer sanciones contra Bielorrusia. La recompensa por tal celo era obvia: el líder bielorruso Alexander Lukashenko decidió abandonar los servicios de sus puertos en favor de los rusos. Aunque Minsk cuenta tradicionalmente con ciertas preferencias de Moscú, el resultado será beneficioso para ambas partes, lo que no se puede decir de los países bálticos.

 

Rusia ha ofrecido durante mucho tiempo a Bielorrusia transferir sus flujos de exportación a sus puertos, dijo Stanislav Mitrakhovich, experto del Fondo Nacional de Seguridad Energética de Rusia. Lamentó que Minsk se interesara en esto solo después de un intento de los países occidentales de llevar a cabo un golpe de estado en Bielorrusia.

“Si esto realmente tiene éxito, será un gran éxito para Rusia. En primer lugar, nos conectará más estrechamente con Bielorrusia, además de proporcionar ingresos a nuestros operadores y propietarios de puertos”, explica el experto. Según él, Bielorrusia debería haber reorientado hace mucho el tráfico de mercancías dentro del Estado de la Unión. Ahora, dado el enfoque de los Estados bálticos, tal decisión parece especialmente racional.

En la víspera, el ministro de Energía ruso, Alexander Novak, anunció que Moscú ya está considerando la cuestión de crear las condiciones económicas necesarias. “Ahora se está considerando el tema de crear condiciones económicas que beneficien a todos: puertos, transportistas, ferrocarriles y los propios productores de petróleo. Este trabajo ha comenzado, continúa. Creo que también se completará en las próximas semanas”, dijo.

Análisis: Claves identitarias en la crisis de Bielorrusia 

Sergio Fernández Riquelme 

El fundador la nación 

Lukashenko quiso ser considerado el padre (Batka) de la nación bielorrusa moderna tras el colapso de la URSS. Aprovechando el caos económico y político de los primeros años de transición, y ante un primer gobierno nacionalista cercano a sus vecinos lituanos y polacos, consiguió amplio apoyo popular para reconducir al país hacia un camino totalmente diferente: eliminación de los símbolos de la inmediata independencia (que había retomado la bandera de laRepública popular de 1918, con los colores rojo y blanco y el escudo de armas de Pahonia, ligada a la heráldica de la Confederación Polaco-Lituana), recuperación o actualización de parte del legado soviético (desde la nueva enseña nacional a viejos monumentos o al mismo nombre de la KGB), amplia defensa del aparato industrial local (donde Lukashenko había destacado como eficaz gestor agrícola de un Koljoz), sanción de la cooficialidad del idioma ruso en el país (siendo  rusófono él mismo Lukashenko), y re stablecimiento de relaciones privilegiadas con su “gran hermano” del Kremlin,

El 20 de julio de 1994 tomó posesión como Presidente, tras vencer por sorpresa en segunda vuelta, y con más del 80% de los votos, al candidato oficial, el saliente primer ministro Viacheslav Kébich. El joven y popular Lukshenko había sido el único parlamentario bielorruso que votó en contra de la ratificación del Tratado de Belavezha en 1991 que ponía fin, casi oficialmente, a la URSS; fue durante los primeros años de independencia el más audaz de los críticos contra la corrupción de la élite excomunista del presidente Stanislav Shushkevich; y finalmente se convirtió en el portavoz de buena parte de la población aún defensora del sistema de protección social y estatista soviético y que se expresaba antes en idioma ruso que en bielorruso.

Un proyecto confirmado, en primer lugar, con símbolos integradores y una Constitución reformada para su nueva Belarús (Рэспубліка Беларусь/Республика Беларусь). El 14 de mayo de 1995 se celebró el referéndum nacional en el que se aprobaron cuatro grandes cambios: estandartes nacionales similares a los de la Bielorrusia Soviética, integración más amplia con Rusia, reconocimiento al idioma ruso del mismo estatus que al bielorruso, y refuerzo del poder presidencial ante el parlamento (pese a la campaña en contra del nacionalista Frente Popular); y en 1996, ante la moción de censura del Parlamento, Lukashenko impulsó una reforma constitucional que afianzaba su poder presidencialista, aprobada con más del 70% de apoyo ciudadano. Y en segundo lugar, en 1997 el Presidente firmó con el presidente ruso Boris Yeltsin la creación de un nuevo Estado de la Unión (Союзное государство); una entidad supranacional entre Rusia y Bielorrusia, a modo de futura Confederación.

Durante décadas, el régimen creado por Lukashenko y sus colaboradores, tuvo cierto éxito. A diferencia de muchas de las repúblicas ex-soviéticas, Bielorrusia parecía como un país relativamente estable económica y socialmente, con amplia protección estatal, con puestos de trabajos de por vida, sin problemas interétnicos y sin ambiciones territoriales, con ausencia de golpes de estado o asonadas militares, y con un papel internacional claramente neutral. Apoyado en un aparato público amplio y notables ayudas financieras rusas, Lukashenko dio aparente estabilidad al país desde una democracia formal muy limitada, ganando elección tras elección sin grandes contestaciones y con una represión bastante limitada aunque muy eficaz. Una nación estable e integradora, con un líder muy peculiar, en el espacio euroasiático.

Pero progresivamente, el popular y locuaz Lukashenko comenzó a aparecer, a ojos de los politólogos, como lo más parecido a un señor feudal en tiempos modernos: sin partido político de apoyo y con un parlamento con funciones muy limitadas, construyendo la organización territorial en base a relaciones de vasallaje y retando en todo momento a su “hermano ruso” en busca de recursos, e incluso llevando a su propio hijo a todo tipo de actos sociales y diplomáticos a modo de futuro heredero. Una peculiar vida política y personal durante los últimos años (entre dimes y diretes sobre sus supuestas novias y conquistas), llegando a ser considerado como el principal y más curioso “negacionista” en la crisis del Coronavirus, dejando la economía abierta sin tomar casi ninguna medida de protección general ante asombro mundial (e incluso con la única liga de fútbol activa durante meses en toda Europa). El régimen era él, Bielorrusia era él.

Pero los evidentes logros de Lukashenko, pese a las claras limitaciones democrático-liberales, parecían tener fecha de caducidad. El amplio apoyo popular con el que había contando, la citada estabilidad socioeconómica territorial, y el histórico patronazgo ruso no fueron suficientes, ya no eran suficientes. Y el Batka no se lo podía creer: había tenido pequeñas manifestaciones tras las elecciones de 2006 o 2010, pero ahora asistía a su Revolución de color contra el mismísimo “padre de la patria”. Pensaba o quería pensar, que la amenaza venía de su “hermano” ruso, que exigía mayor integración entre los dos países y al que acusaba, inmediatamente antes de las elecciones, de injerencia al enviar al país, supuestamente, un nutrido grupo de mercenarios del misterioso grupo Wagner. Pero, al contrario, Minsk y otras ciudades (especialmente en la región de Grodno) se llenaron de manifestantes pro-occidentales exigiendo su renuncia ante el que denunciaban como fraude electoral en la nueva victoria de Lukashenko en las presidenciales de agosto de 2020 (prohibiendo la participación de notables rivales Serguéi Tijanovski, Viktor Babaryko y Valery Tsepkalo, e inflando su falsa reelección con más del 80% de los votos).

La crisis política

En dicho contexto de lucha ideológica y política (e inevitablemente también geopolítica), la oposición comenzó esa Revolución de color bielorrusa. Para ello creó su Consejo de coordinación el 17 de agosto de 2020, liderado inicialmente por la candidata presidencial Svetlana Tijanóvskaya, autoproclamada vencedora de las elecciones, Olga Kovalkova, Maksim Znak, María Kolésnikova, Pável Latushko y Serguéi Dylevski, e integrado posteriormente por 51 representantes de la sociedad civil (todos nacionalistas, por cierto). Una Consejo que se autoconsideró como el verdadero representante de la voluntad popular bielorrusa, y por ello la plataforma legítima para pilotar la transición ante la que pronosticaba como inminente caída de Lukashenko. Y para ello contaron con el apoyo de los países comunitarios vecinos (Lituania, Polonia, República checa o Ucrania) así como el de las principales instituciones globalistas.

Una nueva oposición, mucho más organizada que antes y más prudente en su discurso oficial (evitando todo paralelismo con la crisis ucraniana) tomaba la iniciativa. Con declarado apoyo del eje euroatlántico (aunque evitando banderas europeas y declaraciones antirrusas), tomaron las calles durante semanas, esperando la caída de Lukashenko. Pero pese a las precauciones ideológicas, el proyecto opositor era algo más que su declaración formal de transición: la  bandera nacionalista rojiblanca se convirtió en su enseña (y que apareció masivamente en los escaños de la Rada ucraniana y del Sejm polaco), a los principales lideres se les escapaba de vez en cuando su sueño europeísta, los más destacados intelectuales globalistas comenzaron a aparecer en las reuniones opositoras, la UE reclamaba el cambio negando consideraciones geopolíticas pero advirtiendo directamente a Rusia. Para Alexander Duguin, a contracorriente del discurso oficial, no había duda:  pese a la propaganda y al encubrimiento “los globalistas están tratando de tomar Bielorrusia por completo independientemente de si Lukashenko es bueno o malo (…) Esta es una revolución de color en interés de un mundo unipolar agonizante y un liberalismo en colapso. Es decir, el mal claro como el cristal está detrás de los rebeldes que se alzan contra Lukashenka. Este no es el pueblo, es una sociedad posmoderna, hundida en el abismo”.

Pero el Batka sobrevivió, sorprendentemente viendo los precedentes cercanos en Ucrania o Armenia. Por un lado, por la incapacidad de la oposición de alcanzar el poder sin deserciones masivas en las autoridades públicas y sin la decidida intervención occidental en el territorio, o sin agitar la división étnica y usar la llamada “violencia democrática” para desalojar a los miembros del régimen. Y por otro lado, por la base de apoyo más sobresaliente de lo que se esperaba al sistema nacional vigente (más que al propio Lukashenko): una fuerza policial represiva bastante fiel, amplios sectores conservadores y rusófonos leales (en zonas rurales e industriales), y el apoyo progresivo al régimen de una Rusia (que veía poder sacar partido, geopolíticamente hablando, de un Presidente que era pretendido aliado crucial pero que pocas veces aparecía cercano al Kremlin en los últimos años).

A diferencia del prorruso Yanukovich en Ucrania ante la Revolución del Maidán, el Presidente bielorruso aguantó la presión de la calle y de las cancillerías europeas (manteniendo a su leal Viktor Golovchenko como primer ministro y nombrando al prorruso Ivan Tertel como jefe de la KGB). Y lo hizo por varios factores: la enorme consistencia de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado al régimen, el citado apoyo de sectores sociales y regionales conservadores y rusófonos, la progresiva división de la oposición ante la falta de grietas en el sistema y el miedo a un Maidán bielorruso (con la escisión protagonizada por el nuevo partido de Babariko y María Kolésnikova, que parecían reconocer la necesidad de participar de alguna manera en el régimen), y sobre todo por el apoyo finalmente claro de Rusia, tanto de manera directa (no reconociendo interlocución a la oposición) e indirecta (mandando gestores rusos al país), si no explícitamente a Lukashenko, sí al sistema político bielorruso vigente (línea perfectamente marcada por el Canciller ruso Serguéi Lavrov).

El debate identitario

Democracia contra autocracia. Es el debate que aparecía en los medios de comunicación occidentales. Pero no es tan fácil, nunca es tan fácil. En el escenario bielorruso se enfrentaban, o se querían enfrentar, dos banderas, dos idiomas, dos elites, dos sociedades y dos vectores geopolíticos. Quizás debamos de nuevo hablar del conflicto identitario real que fundamenta y condiciona disquisiciones políticas realmente no tan democráticas. Porque Bielorrusia (Rusia blanca, o Alba Rutenia en latín) era otra gran frontera histórica, y quizás también en clave etnogenética (junto con el sector occcidental ucraniano), entre los eslavos orientales y los eslavos occidentales. Un limes histórico y étnico donde surgieron los legendarios rutenos, o pueblos eslavos pertenecientes a la primera Rus de Kiev (y cristiano ortodoxos por obra y gracia de la influencia bizantina) separados de los futuros territorios del Principado de Moscovia tras la invasión tártaro-mongola. e integrados bien en la Mancomunidad polaco-lituana o en el naciente Imperio Habsburgo.

Identidad histórica compleja, como todas, construida entre la integración y la diferenciación en ese siempre polémico “mundo ruso”. Y que en la actualidad nos muestra como Bielorrusia era el país más rusificado de las antiguas repúblicas soviéticas, el más ligado económica, política y culturalmente a Moscú, y con el que compartía, grosso modo, buena parte de sus valores soberanistas y tradicionales (en el seno de la CEI y de la Unión euroasiática). Pero también era esa última frontera del llamado espacio vital ruso (grossraum) ante la constante expansión del citado eje euroatlántico. Sin su alianza estructural, la UE y la OTAN llegarían tarde o temprano hasta las puertas de la misma Smolensk.

Y en este plano identitario, con sus implicaciones políticas y geopolíticas, durante varios años Lukashenko jugó a dos bandas. A modo de un antiguo “país no alineado”, Bielorrusia quiso ser región bisagra entre Occidente y Oriente, especialmente tras los sucesos de Ucrania en 2014., aprovechando el miedo a un nuevo avispero en pleno viejo Continente. Lukashenko pretendía desprenderse, en este contexto, de la tradicional tutela rusa (sin reconocer la anexión de Crimea, por ejemplo) pero sin romper su privilegiada relación económica (aunque en un continua disputa comercial y financiera con Moscú, desde la venta de los famosos productos lácteos bielorrusos a la compra subvencionada de derivados del petróleo); y además quiso ser reconocido, siquiera parcialmente, como socio amigable por la UE, saliendo de la sanciones por la restricción de los derechos humanos y accediendo a nuevos préstamos internacionales (por ello, relajando el sistema de visados, acogiendo las negociaciones en Minsk entre rusos y ucranianos sobre la región del Donbás, o acudiendo a las reuniones de la Asociación oriental europea). Una postura ambivalente bien asumida por su Ministro de exteriores bielorruso Vladimir Makei.

Una estrategia de supervivencia que, como señalaban numerosos analistas, tarde o temprano era insostenible y debería obligar a tomar un camino definitivo. El gobierno de Lukashenko mantenía parte de la herencia soviética pero buscaba cierta modernización económica, hablaba siempre en ruso con su acento local pero impulsaba el bielorruso oficialmente (cuando, según el Censo nacional de 2009, el 70.2% de la población hablaba diariamente en idioma ruso), mantenía el discurso fraternal con Rusia y reclamaba la soberanía e independencia nacional, quería una apertura a Occidente pero sin atender a sus exigencias “democratizadoras”. Un pretendido equilibrio identitario que, finalmente, fue el caldo de cultivo para el desarrollo y legitimación de redes de oposición nacionalista como nunca se habían producido en la historia reciente del país, y que no reclamaban la reforma progresiva del sistema sino directamente la caída y salida del poder del Batka, e incluso reorientación de la política internacionales e incluso la eliminación de sus símbolos nacionales (apenas en sus comedidas palabras, si visible en sus actos).

Así, en agosto de 2020 Lukashenko, obligado por la realidad (y armado hasta los dientes en fotos y videos) tuvo que tomar la gran decisión, reconociendo que sin el apoyo de Moscú no había posibilidad real de mantenimiento de su Presidencia y de su régimen. Apelaba ahora a la hermandad eslava, denunciaba los intereses rusófobos de la oposición (que a su juicio querían prohibir la lengua rusa o buscar la ruptura de la Iglesia Ortodoxa), pedía una imposible intervención policial o militar de Putin en su ayuda (en el marco de la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva) señalaba la amenaza de contagio revolucionario en la propia Rusia, y hablaba incluso de la posible invasión de la OTAN en su frontera occidental con Polonia.

Y Rusia se cobraría, aparentemente, por fin su precio. Durante muchos días el Kremlin mostró un apoyo más bien limitado al Presidente bielorruso y una actitud más que comedida esperando acontecimientos; e incluso sus medios de comunicación aprovecharon el momento para criticar de manera abierta y con bastante dureza a un aliado al que consideraban últimamente tramposo y desleal. En un principio, el gobierno ruso se limitó a reconocer su victoria electoral y a apelar al respeto a la ley vigente, aunque reconociendo ciertas reivindicaciones legítimas de la población que protestaba. Pero progresivamente el Kremlin comenzó a tomar partido y desembarcar en el país vecino: la represión se hizo más limitada pero más selectiva siguiendo indicaciones rusas, los medios de comunicación estatales comenzaron a ser dirigidos por miembros de RT, supuestos mercenarios rusos se ocupaban de la protección especial de Lukashenko y su elite, el Presidente bielorrruso parecía ahora aceptar la mayor integración económica y política exigida por Rusia pero que durante años se había negado a aceptar, y el primer ministro ruso Mikhail Mishustin fue el primer líder extranjero en llegar a la capital bielorrusa tras las elecciones y tras las protestas.

El “último dictador de Europa”, otro “autócrata oriental”, “el líder de su propia Unión soviética”, el “férreo dueño de Bielorrusia”. Definiciones usuales sobre Lukashenko y su régimen para articulistas y medios occidentales; pero un Presidente que siempre se definió, asimismo, como ese Batka o bondadoso padre de una nación a la que mantuvo independiente, estable y ordenada. En las horas finales de su gobierno, la Historia comenzará a dictar sentencia, mostrando si Lukashenko sobrevivió temporalmente con ayuda rusa y consiguió un retiro dorado, si propició la que muchos consideraban inevitable mayor unión con Rusia, o si dio paso a una nueva era donde se definiría la Identidad nacional bielorrusa en clave euroatlántica (siguiendo los pasos de Ucrania, pero evitando el conflicto civil) o en clave euroasiática (propiciando una sucesión ordenada bajo control del Kremlin, en el marco del Estado de la Unión).

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