Carlos Andrés Ortiz

Existe casi total coincidencia que el mundo post pandemia será otro, muy diferente al vigente en la pre pandemia. Pero…¿cuáles se estima serán sus características?

La Historia Económica Mundial muestra que ante grandes cambios en la ecuación geopolítica mundial, o a consecuencia de sucesos puntuales de magnitudes considerables y efectos traumáticos o muy fuera de lo previsible, es factible suponer y evaluar que existirán algunos o varios cambios muy significativos, incluyendo la posibilidad de darse modificaciones drásticas que incluso modifiquen los “pensamientos económicos correctos” (léase dominantes) que de un modo u otro “pateen el tablero” vigente, o que obliguen a “barajar y dar de nuevo”, según dos expresiones de raíces lúdicas, de fácil comprensión.

Así sucedió con la crisis económica mundial de 1929, con las dos guerras mundiales, con las crisis del petróleo y otros acontecimientos de grandes magnitudes.

A lo largo de los siglos XIX, XX y lo que va del XXI, o sea desde que la mundialización de la economía planetaria conectó más estrechamente a todo el globo, casi como una constante, las potencias dominantes encontraron las formas de transferir los costos de las crisis económicas a las economías más débiles y a los países con dirigencias más dóciles y sumisas, sean esas subordinaciones por falta de capacidad o voluntad de enfrentar las imposiciones, o por aceptaciones lisas y llanas de gobernantes cómplices de intereses extranjeros o muy colonizados mentales.

En la actual crisis, que evidencia ser de una profundidad y extensión temporal y territorial que puede ser considerablemente mayor que las precedentes, nada permite suponer que ese fenómeno de transferencia de costos y miserias profundas al mundo subdesarrollado, no vuelva a repetirse, tal vez con algunas excepciones muy puntuales. Ese suceso, de repetirse, indicaría la continuación y preeminencia de los mismos mega poderes del sector financiero especulativo mundial, o al menos que mantengan una alta cuota del poder mundial real.

Para algunos exégetas económicos afines al marxismo, la actual crisis económica es –siempre según como esos analistas afirman-, una prueba irrefutable del deterioro irreversible del propio sistema capitalista, devenido en híper especulativo, el cual estaría socavando sus propias bases al afectar la economía mundial en forma generalizada, y privándola de la masa de consumidores imprescindibles para mantener funcionando toda la estructura económica. De ese análisis o similares enfoques, suponen el colapso general del sistema capitalista.

Como sea, son de larga data las opiniones –casi con pretendido valor profético pseudo religioso-, que vienen anunciando la hasta ahora nunca producida debacle sistémica capitalista mundial.

Y en verdad, cuesta creer que “esta vez será verdad”, parafraseando a los predicadores que sucesivamente dan “fechas ciertas” al fin del mundo.

Las evaluaciones de muchos analistas afines al marxismo, suelen partir de simplificaciones que consideran solo dos sistemas: el capitalismo (a secas y sin mayores diferenciaciones), y el marxismo (también en su fase histórica o tradicional). Por otra parte, esos enfoques suelen pecar de ser visiones europeístas o de mirada centrada hoy en el sector geopolítico atlantista; con lo que repiten el serio error conceptual del “gurú” de la ideología, pues el propio Marx, en su época, no supo entender los fenómenos extra – europeos, por caso despreciando a los procesos independentistas de Íbero América.

Pero el sistema de propiedad privada exacerbada, el capitalismo, en su versión neoliberal, está seriamente desprestigiado y bastante afectado, siendo probable pero no seguro que sea reemplazado por una vuelta preponderante del precedente capitalismo productivo; aquel que prioriza la producción de bienes y servicios concretos, por sobre la economía financiera basada en lo especulativo.

Por su parte, el capitalismo de Estado, esa nada nueva pero reeditada muy exitosamente política económica que parte de un Estado fuerte y activo en lo económico, desde el keynesianismo a versiones neokeynesianas, que a la vez permite y fomenta las inversiones y empresas privadas (pero lejos del libertinaje del liberalismo y del neoliberalismo), es la orientación predominante en las economías exitosas del mundo; y ahora vuelve a lograr adherentes que eran impensables en determinados adalides del “libre mercado privatista”, del mundo pre pandemia.

Claro está que esos supuestos bastiones del ultra liberalismo que predican “hacia afuera”, han practicado proteccionismo e intervencionismo “hacia adentro”. Como la Unión Europea (UE), que presiona por “libre comercio” para exportar, pero que nunca dejó de ser cerradamente proteccionista en áreas que considera esenciales, como sus producciones primarias, incluso fuertemente  subvencionadas.

Así como EEUU y las principales economías de la Unión Europea, en la crisis de 2008, apelaron a masivas estatizaciones de empresas emblemáticas, para evitar sus quiebras, y a fuertes apoyos financieros a diversas ramas económicas fuertemente afectadas, en la actual crisis sistémica muy profunda, repiten la metodología, que por supuesto se da de bruces contra los “mantras” supuestamente sacrosantos del pensamiento económico ortodoxo, sea el mismo liberal, neoliberal o libertario.

Al respecto una de las dudas principales es si esa nada menor transformación económica, con la vuelta del Estado empresario y participante muy activo de las respectivas economías nacionales, sobre todo en países emblemáticos de la UE, como Alemania, Francia, Italia y en aparente menor medida Gran Bretaña, España y otros, seguirá vigente, o si se retrotraerá al esquema privatista de la prepandemia.

Puede suponerse que al menos por un tiempo prolongado, los Estados que invirtieron y tomaron posesión de empresas de tipo estratégico, como las grandes aerolíneas, conglomerados tecnológicos o industriales, mantengan su presencia y control en las mismas, para enfrentar en mejores condiciones los desafíos de reconstrucciones económicas y duras competencias por el mercado mundial, en el mundo postpandemia.

A la vez, es esperable que los mecanismos del poder mundial, presionen con mayor o menor sutileza a las naciones subdesarrolladas, a no involucrarse directamente en sus respectivas economías nacionales, volviendo a enfatizar las supuestas “evidentes ventajas” del “libre mercado” y de la preeminencia absoluta del sector privado, lo cual de resultar así, significará que en los hechos las economías de naciones débiles sigan siendo manejadas por grupos cerradamente oligopólicos y en muchos casos en poder de casas matrices extranjeras.

Por su parte, las potencias emergentes consolidadas, como China, Rusia, India, y el abanico de naciones del sur y sudeste asiático, se muestran muy sólidas pese al embate pandémico, y nada parece indicar que eso vaya a cambiar o debilitarse, exhibiendo dichas naciones exitosos casos de capitalismo de Estado, casi sin excepción.

El liderazgo planetario por parte de EEUU, potencia dominante principal desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, y excluyente desde el colapso de la URSS, muy probablemente se vea crecientemente desgastado, más por sus serios problemas internos que por el accionar de otros actores de mucho peso, pero es muy poco posible que colapse o se vea seriamente opacado, al menos en el corto y mediano plazo.

En todo ese contexto cambiante, en parte amenazante de transformarse en un tembladeral imprevisible, el riesgo de que se cometa alguna acción desproporcionada o fuera del contexto de cordura, implica el latente riesgo de ser una chispa que provoque una incontrolable reacción en cadena.

A la firme mesura que evidencian China y Rusia, en EEUU algunos sectores tal vez minoritarios parecen mostrar cierta inclinación a tensar la situación hasta más allá de límites de cordura, mientras que India tiene dos fronteras calientes, con Pakistán y China, con el riesgo de ser azuzada a provocaciones que terminen favoreciendo a los intereses de las potencias anglosajonas.

Europa ve cada vez más lejano e inaccesible el rol protagónico excluyente que tuvo en el siglo XIX, pareciendo no superar sus serias desavenencias y desbalanceos internos de poder y riqueza, con sus dos potencias neocolonialistas – Gran Bretaña y Francia-, como actores secundarios pero no desdeñables en el concierto del Poder Mundial; mientras que Alemania, la gran potencia económica del continente no puede superar hasta hoy su rol de derrotada en la última gran guerra, lo que condiciona su desarrollo de Defensa y con ello su capacidad real de influir en forma acorde a su enorme capacidad económica y tecnológica. Todo eso tiene consecuencias económicas, sin duda.

Queda por ver que hará Íbero América para salirse de la encerrona que nos quiere volver a sumir en el deplorable rol de patio trasero de EEUU, potencia que no querrá perder este bastión, en el contexto de sus claros retrocesos o empantanamientos en otros escenarios del mundo, como África, el Medio Oriente, Asia y su entorno, y la vieja Europa.

Los nacionalismos económicos han vuelto. Se debe tomar debida nota.

*Analista de Temas Económicos y Geopolíticos

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