La respuesta a nivel mundial de Trump a la crisis de la COVID-19 pone en duda la supremacía global de EE.UU.

Al revisar los comentarios y discursos del presidente de EE.UU., Donald Trump, sobre los asuntos nacionales y extranjeros más importantes en los días posteriores a su victoria en las elecciones de 2016, uno piensa que el magnate neoyorquino actuaba como si todavía estuviera en plena carrera electoral y aún no se hubiera impuesto a su entonces rival demócrata Hillary Clinton.

Han transcurrido desde entonces tres años, pero las posiciones, el tono y las consignas de Trump parecen todavía marcados por una permanente y constante carrera electoral, a la que, sin embargo, está abocado en unos meses.

En todo este tiempo en el que ha estado pregonando su idea de ‘America First’ (América Primero), base de su política desde la campaña electoral de 2016, no ha perdido la oportunidad de presentarse a sí mismo como un “genio” capaz de establecer un nuevo orden en Estados Unidos. Sin embargo, el tiempo ha demostrado que es una persona puramente “superficial”, desprovista de la capacidad mental suficiente para pensar en profundidad en lo que declara a diario y que repercute de seguido en su política.

Desde que Trump llegó al poder en enero de 2017, el papel de Estados Unidos en las relaciones internacionales se ha deteriorado al niveles nunca vistos, solo comparable con algún país europeo de bajo perfil.

Actualmente, con el brote de la pandemia global del coronavirus, denominada COVID-19, haciendo estragos entre la población del mundo, los líderes de todos los países se han alineado con el plan de la Organización Mundial de la Salud (OMS) para acelerar la producción de medicamentos y vacunas destinados a mitigar los efectos letales de la plaga y para distribuirlos entre todos los países afectados, la gran mayoría.

El único líder mundial que no ha secundado esta iniciativa es el soberbio de Trump. No solo no la ha apoyado, sino que, además, ha cortado la contribución anual de EE.UU. a la OMS so pretexto de su mala gestión y de encubrir, en connivencia con los chinos, la gravedad de la epidemia.

Mientras el inquilino de la Casa Blanca va por libre, creyéndose en el viejo oeste estadounidense donde la ley de la más fuerte prevalecía sobre cualquier otro planteamiento ético, sus homólogos y socios mundiales, como el presidente francés, Emmanuel Macron; la canciller alemana, Angela Merkel; y el mandatario sudafricano, Cyril Ramaphosa, entre otros, defienden abiertamente las directrices del director del OMS, Tedros Adhanom Ghebreyesus, para contener los efectos nocivos de la enfermedad causada por SARS-CoV-2.

En una reciente conferencia realizada en la sede de la OMS, Ghebreyesus aseguró que el mundo se enfrentaba a un peligro común y que la única salida para combatirlo era trabajar juntos. Ursula von der Leyen, jefa de la Comisión Europea (CE), adelantó que, en marco de este esfuerzo colectivo, la Unión Europea (UE) tiene previsto destinar a principios del próximo mes de mayo más de 7,5 mil millones de euros (equivalentes a unos 10,8 mil millones de dólares) para ayudar a avanzar en el plan de prevención, diagnóstico y tratamiento de la enfermedad.

Frente a esta importante colaboración de carácter económico y que supone un gran esfuerzo para las naciones mundiales, Trump, el gran ausente en la citada reunión de la OMS y con su habitual comportamiento teatral, salió diciendo que tiene intención de enviar lotes de dispositivos de respiración artificial a sus amigos, los presidentes de Malasia, Ecuador, Honduras y El Salvador.

A nadie se le escapa que es otra de las mentiras que dice Trump de cara al público para solapar su caótica y deficiente gestión de la crisis del coronavirus, pues en EE.UU. muchos enfermos que acudían a centros hospitalarios para aliviar los síntomas de insuficiencia respiratoria que les causaba la COVID-19 se encontraban con el triste panorama de que no había suficientes dispositivos de respiración artificial, esos mismos que el presidente había prometido suministrar a sus amigos.

En ese momento, cuando el virus mortal ha dejado tras de sí casi 3 millones de contagios y más de 200 000 muertos en todo el mundo, la opinión pública global, al igual que la estadounidense, es consciente de que la verdadera superpotencia del mundo no es el país que cuenta en su haber arsenales de misiles balísticos intercontinentales, armas mortales, portaviones y millones de efectivos militares, sino la que en momentos de crisis y desastres, como es actual, está junto a otras naciones y trata de aliviar su sufrimiento.

En una coyuntura en la que los países han dejado de lado sus diferencias y usan todos sus medios para contrarrestar la amenaza que supone este virus mortal, Estados Unidos corta su asistencia financiera a la OMS e intensifica sus medidas coercitivas contra otras naciones, impidiendo que les lleguen los insumos y material médico necesarios para luchar contra el coranavirus.

En marco de esta política de hostigamiento, la Casa Blanca ha llegado incluso a presionar al Fondo Monetario Internacional (FMI) para que no otorgue préstamos crediticios para combatir el virus a las naciones que no se alinean con las directrices hegemónicas de EE.UU.

Estados Unidos, según la opinión generalizada, ha dejado de ser una superpotencia o un “líder del mundo libre” para convertirse en una pandilla de matones mafiosos que arrincona a su propia nación y la aísla del concierto internacional.

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