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Agustín Saavedra Weise*

Sólo una cosa está fijada en la dinámica de los pueblos: el lugar dónde se desarrollan los hechos. El  espacio es lo único inmutable, lo demás es incierto. El pensamiento continental ha sido  el de los imperios y fue en su época el de los europeos. Ya no más, ahora priman miopía, oportunismo y conformismo. Ahora también ellos están entre los mediocres que no miran más allá de sus narices.

Inclusive en  Estados Unidos, se va perdiendo el sentido estratégico de pensar en grande; tan sólo China y Rusia mantienen aún su amplitud de miras. Tal vez sea por que son los herederos de Gengis Khan. Lo que los descendientes de Roma han perdido, a los chinos y rusos les quedó en la sangre: el sentido del espacio como arma.

La deficiente evaluación contemporánea del espacio y la  intolerancia al resurgimiento del pensamiento en escala global son verdaderamente penosas. Felizmente y contra esa nefasta corriente, entre las últimas etapas de la globalización y el avance de la inteligencia artificial, (IA) se está reestructurando en la actualidad un nuevo pensamiento geopolítico.

Según el investigador John Villasenor (www.brookings.edu/blog/) la nueva geopolítica ostenta características distintivas, algunas iluminadas por la historia, algunas exclusivas de nuestro momento de intensos cambios. En el ámbito de los asuntos económicos, nos encontramos  con algo que se parece a la multipolaridad.

Visto a través de la lente del nuevo armamentismo de la inteligencia cibernética y artificial, nos acercamos a una segunda Guerra Fría entre Oriente y Occidente. Ambas características son parte de una aparición más amplia de esta inédita geopolítica, una especie de nuevo “gran juego” entre las principales potencias, plagado de riesgos de confrontación y casi sin oportunidades para aquellos países  menos favorecidos y privados de recursos, liderazgos o instituciones lo suficientemente ágiles como para adaptarse.

La dinámica de la multipolaridad económica oculta realidades básicas: Estados Unidos y  Rusia equilibran la amenaza nuclear, mientras Washington y Beijing son el factor central en el resto del cálculo. Todavía hay disparidad entre los dos actores, pero China se beneficia de “la sombra del futuro” y de las disfunciones e indecisiones norteamericanas; eso compensa su inferioridad. Rusia compensa la propia con su inmenso espacio y recursos naturales.

El 1 de septiembre de 2017 el presidente Vladimir Putin se dirigió a un grupo de estudiantes rusos en su primer día de clases. Expresó: “La inteligencia artificial es el futuro para nuestra patria y la humanidad, quien se convierta en líder de este nuevo campo gobernará el mundo”.

Es una evaluación que vale la pena tomar en cuenta, incluso si el objetivo es sólo la prosperidad  propia y no la dominación.

Durante la próxima década la IA se vinculará  mucho con la geopolítica. Y por una sencilla razón: la geopolítica está determinada por muchos de los mismos dominios que la IA está revolucionando.

La IA hará que manufacturas, transportes y comercio sean más eficientes, mejorará los rendimientos de los cultivos, abrirá nuevas oportunidades para la ciencia, reorganizará los mercados laborales y forzará un replanteamiento básico de los enfoques de seguridad nacional y de las concepciones geográficas; modificará hasta la arquitectura de los ejércitos.

En las próximas décadas, los países que cultiven y aprovechen con éxito una cultura de innovación basada en la IA estarán posicionados tanto para el crecimiento como para mejorar su seguridad nacional.

En contraste, los países que mantengan una confianza excesiva en la vieja infraestructura enfrentarán desafíos cada vez mayores para mantenerse con niveles mínimos en el duro campo de la competitividad global.

La geopolítica es una disciplina controvertida. El estudio de la influencia de los factores geográficos en la acción política siempre se ha prestado a la polémica. En muchas ocasiones, ciertos postulados geopolíticos fueron usados con fines expansionistas o belicistas.

Por eso el término cayó en desuso y se desprestigió al fin de la Segunda Guerra Mundial. Poco a poco, la vieja geopolítica se liberó de su lastre.

Tuvo voceros que la fueron “levantando” desde la ilustre escuela francesa del ramo y vía Henry Kissinger, quien desde la década de los 60 del pasado siglo XX revalorizó  a la geopolítica, al utilizarla en sus análisis mientras era Secretario de Estado (Canciller) de Richard Nixon y en sus propios  estudios académicos.

En estos días de fines de la segunda década del tercer milenio la geopolítica ya renovó su patente “de buena conducta” y volvió a ser respetable.  Es más, por estar de última moda, hasta se exagera su uso y resulta que hoy todo es “geopolítico”, sin que necesariamente sea siempre así.

Al final, es un hecho que la IA abre inéditos campos geopolíticos. Estamos ante un nuevo portal geopolítico de dimensiones aún inimaginables y que podría alterar el tablero mundial en casi la totalidad de sus términos.

La potencial alianza Rusia-China está hoy más cercana y será –de concretarse– un factor desafiante del poderío estadunidense que deberá enfrentar solo ese enorme reto. Será difícil intentar contar con una Europa, ahora  paralizada por su hipocresía y  miedos imaginarios.

La mirada geopolítica universal permite diseccionar regiones, potencialidades y problemas. Ahora, en el inicio del imparable auge de la IA, esa óptica de largo aliento tendrá mayor importancia aún.

El análisis geopolítico seguirá siendo valioso para la definición de políticas y en la búsqueda de lo mejor para el interés nacional de cada actor en la dura arena mundial. Sin conocimiento geográfico y valorización del espacio no hay nada; los pueblos que ignoraron esos factores lo pagaron caro.

Hoy la inteligencia artificial nos abre nuevos caminos geopolíticos de enormes oportunidades y no menos inmensos riesgos.

*Economista y politólogo

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