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Alberto Hutschenreuter

Más allá de que un cambio de año no representa por ello alteración alguna del curso de acontecimientos que tienen lugar en materia de relaciones entre Estados, siempre al final de año es pertinente esbozar un "estado de situación" a modo de ordenamiento, y también lo es para considerar si se podrá aguardar cambios de calado en dichas relaciones, o bien debemos continuar viendo nuevas versiones de aquel viejo filme.

Frente a estas posibilidades, es necesario ser categórico desde el comienzo: el futuro no existe, pero si contamos con la experiencia, nuestra más fiable suministradora de datos, no sobre lo que podría ocurrir sino sobre aquello que no va a cambiar.

Y lo que no va a cambiar en las relaciones entre Estados son las cuestiones profundamente intrínsecas de esas relaciones: la preservación de la seguridad nacional y el amparo, empuje o promoción del interés nacional. Todo ello en un contexto de carencia de un gobierno global.

Por supuesto, ello no obsta la cooperación entre Estados, pero la cooperación nunca llegará a superar ni reemplazar la protohistórica disrupción internacional: "las capacidades y el poder nacional primero". Porque por más logros y entrega de los Estados para moderar los efectos de la descentralización, es decir, un mundo sin centro y dividido en unidades políticas soberanas, la regla continuará siendo la marcada brillantemente por el alemán-británico Georg Schwarzemberger: "mientras hacia dentro de los Estados las instituciones y las leyes limitan al poder, hacia fuera de los Estados el poder controla las leyes y las instituciones".

Desde algún lugar se sostiene que los notables avances tecnológicos, particularmente en materia de inteligencia artificial y robótica, e incluso desde nuevas plataformas de "enseñanza para la paz", devaluarán y hasta desplomarán esos patrones disruptivos entre Estados, la "tragedia de los grandes poderes políticos"", según reza el título de un influyente texto.

Sin duda que ello implica progreso y soluciones para la gente; pero prácticamente lo mismo sucedía y se aguardaba a principios del siglo XX. Entonces, los avances científicos, materiales y culturales preanunciaban el advenimiento de la última fase evolutiva de la humanidad. Como entonces, hoy disponemos de cuantiosos bienes; pero, también como entonces, continuamos confundiendo lo que tenemos con lo que somos.

Con este contexto, los hechos en 2018 confirman la predominancia de las clásicas "políticas como de costumbre", es decir, políticas centradas en las pocas pero buenas premisas que utiliza el realismo para describir y explicar las relaciones entre Estados.

A modo de ordenamiento, la década que en dos años termina podría denominarse la década de las "rivalidades generales". Si los años noventa correspondieron a "un mundo feliz" (el tiempo de la globalización) y la década siguiente fue la de la "hegemonia militar" (combate estadounidense contra el terrorismo), la década actual corresponde a las "rivalidades generales", una curiosa situación en la que las relaciones entre todos los poderes mayores como así las relaciones entre potencias medias emergentes se encuentran atravesadas por diferentes grados de querellas, situándose algunas de ellas en el mismo borde de la ruptura violenta.

Por tanto, la situación es inquietante porque la tensión generalizada tiene lugar entre un retiro y dos vacíos: el orden liberal está feneciendo, ningún actor está dispuesto a ejercer el relevo y ningún esbozo de prefiguración u orden entre Estados puede apreciarse en medio término.

Se podría decir que se trata del peor de los sitios en política entre Estados. La situación es más alarmante aún cuando observamos que prácticamente todos los segmentos en las relaciones entre los centros preeminentes se encuentran bajo conflicto, por caso, las relaciones ruso-estadounidenses, sin duda la principal en estos términos, pero también la estrecha relación chino-estadounidense, la que será sometida a prueba durante este siglo. Si finalmente la lógica comercio-económica es más fuerte que la rivalidad geopolítica, entonces ambos países habrán demostrado que no siempre el ascenso de un actor no es pacífico. En este caso, Graham Allyson podrá sumar otro ejemplo interestatal de escala que no cae en "la trampa de Tucídides". Pero por ahora, las "apuestas" consideran la "lógica Mearsheimer", esto es, la colisión inevitable entre ambos.

También dentro del territorio occidental-atlántico hay fisuras que pueden ensancharse, pues ha desaparecido el desafío que estimulaba la respuesta, para expresarlo en términos de Toymbee, y no resulta el empeño occidental en querer mantenerlo vivo. No se trata tanto del presidente Trump y sus "imposturas", como habitualmente se destaca, sino de Europa y su obstinacion anti-geopolítica.

En el "anillo" donde se ubican actores medios, la situación también es de tensión. La "placa geopolítica" de Oriente Medio y el Golfo Pérsico no solo concentra el conflicto más irreductible (y lateralizado) del globo, Israel-Palestina, sino un ascenso de actores rivales entre ellos. En tanto en Siria, si bien la guerra se ha reducido en intensidad, el escenario continúa siendo inestable, la insurgencia mantiene reductos y los poderes regionales continúan dirimiendo poder en el destruido país.

La lógica de intereses, confesión religiosa, esferas de tutelajes y proyección de poder, hacen de la región la más sensible junto con la delgada línea que existe hoy entre la OTAN y Rusia.

El asesinato del periodista saudí en Turquía ha causado una gran conmoción, y posiblemente ello, junto a la necesidad de cambios en su estructura económica, lleve a que Riad "autocontrole" las consecuencias de su construcción de poder en la región (hecho que explica su ascendente posición en la lista de países que más invierten en armas); aunque no demasiado como para que ello sea aprovechado por su rival también en ascenso, Irán, que difícilmente renuncie a poseer armas atómicas.

El retiro de Estados Unidos de Siria deja en claro al menos, dos realidades. Por un lado, la "regularidad" que se observa en sus intervenciones a distancia: Estados Unidos no sabe, no puede o no quiere trabajar sobre las consecuencias políticas de su injerencia. Si surgió el ISIS ello se debió, en buena medida, a la desarticulación del Estado de Irak, que se produjo a su vez por dicha intervención. Por otro lado, las "ganancias de poder" corresponden a Rusia, cuya intervención en Siria no solo alteró el curso de la guerra, sino que logró que finalmente prevaleciera el "orden de Moscú" para Oriente Medio, esto es, la permanencia del régimen de Damasco en Siria.

No obstante, el "rédito estratégico' de Rusia en Oriente Medio debe ser considerado desde una visión más abarcadora y también preocupante.

La intervención rusa en Siria ha sido la última decisión estratégica desde la anexión o reincorporación de Crimea. A partir de este acontecimiento y hasta hoy, Rusia, como bien advierte el experto Daniel Treisman, ha ido asumiendo cada vez más riesgos al tiempo que ha descuidado "estrategias de salida".

El punto es que la economía rusa no ha acompañado esa asunción de riesgos en política exterior, pudiendo llegar a quedar Rusia ante un viejo clásico: incrementar la apuesta estratégica o buscar la diagonal ante Occidente.

La primera opción es de alto riesgo, pues implica militarizar más la situación con Ucrania, algo que estamos presenciando en la zona del Estrecho de Kerch; es decir, lograr las mayores ganancias territoriales ante una Ucrania resuelta a no ejercer la deferencia geopolítica ante su vecino, para lo cual el respaldo de Occidente y de la OTAN a Kiev es crítico.

La segunda opción implicaría moderar el militarismo y promover la negociación. Pero sin que ello signifique la "capitulación geopolítica" rusa; es decir, desalentando cursos de "suma cero" y empujando negociaciones con una Ucrania con vínculos en los dos frentes, es decir, con Occidente y con Rusia. Para ello, Occidente debería dejar a un lado su "arrogancia estratégica", esto es, dejar de continuar considerando que Rusia es un eterno problema y que la OTAN, una organización político-militar más anómala que perimida, está para contenerla.

Sería un ejemplo de "pluralismo geopolítico" practicado por todos y no solo por aquel al que se le reclama dicha práctica, Rusia.

Europa podría desempeñar un importante papel aquí, demostrando que es capaz de pensar geopolíticamente por sí misma y que ha asimilado la experiencia en relación con evitar excluir al derrotado y no darle tratamiento de "paria".

En otros términos, la Guerra Fría terminó, Rusia no es una cuestión más allá de su "vecindario próximo" (¿qué poder preeminente acaso no lo es en relación con el suyo?) y es necesario pensar el mundo bajo términos más pragmáticos y considerando intereses propios y no de otros.

Para Europa ello es crucial. Sin erosionar su relación atlántica, su visión debe ser también eurasiática, es decir, proyectarse hacia los próximos emprendimientos geoeconómicos que impulsa China para dinamizar la gran masa terrestre, e incluso Rusia en el Ártico.

Por ello, la superación de cuestiones que restan energía a Europa es clave. Ucrania no podrá ser un ancla o problema eterno existiendo cursos que podrían beneficiar a todos.

La lógica de rivalidades está muy extendida en el dinámico espacio del Asia-Pacífico. Allí existe una pluralidad de conflictos, siendo sin duda el de mayor escala el que implica el proyecto de expansión marítima de China. El Mar de China (2.500.000 kilómetros cuadrados) no es de este país, pero Pekín actúa como si lo fuera. Ello explica su empeño en el desarrollo de su segmento naval, que hoy dista del estadounidense.

Pero no sólo China proyecta poder. India también lo hace, y para algunos expertos el día que supere su conflicto con Pakistán (algo difícil por ahora) liberará más energía geopolítica en la región y más allá.

El punto, entonces, será cómo alcanzar un equilibrio entre poderes (China, India, Estados Unidos, Indonesia, Australia, ¿Japón?) que a partir de 2020 extenderán sus capacidades en esa enorme zona supra-estratégica del globo.

Más allá, China continuará relacionando geoeconomía con geopolítica, es decir, su proyección y asentamiento en zonas con recursos estratégicos será siempre amparada con el establecimiento de "plazas militares". Ello es muy apreciable en Asia, África y quizá prontamente en América Latina.

La cuestión relativa con los recursos es y será crítica. Los aldealistas globales consideran que los recursos pertenecen a la humanidad y están amparados por los tratados. La experiencia no respalda los deseos pero sí categóricamente los hechos.

En este sentido, los recursos "de la humanidad" serán de aquellos que tengan la capacidad para proyectarse sobre ellos, la tecnología para explotarlos y el poder para resguardarlos. Bastante de ello sucede hoy en el espacio ultraterrestre y los océanos. El punto crucial no son solamente aquellos espacios bajo reserva, cuyos tratados bien podrían ser revisionados antes de alcanzar la fecha de renovación, sino los mismos espacios nacionales o soberanos, cuyos gobiernos no saben, no pueden o no quieren explotar sus recursos "para cubrir necesidades de de la humanidad". Claro que nos referimos a Estados que "no cuentan" en la estructura de poder inter-estatal; entidades políticas "anémicas", estratégicamente hablando, o "países de geopolítica cero".

En suma, los especialistas Christoper Walker y Jessica Ludwig utilizan el concepto "sharp power" para referirse a los comportamientos de los poderes preeminentes autocráticos para lograr ganancias de poder en el mundo.

En rigor, el "poder afilado" lo utilizan todos los actores preeminentes, aun aquellos que también disponen de "poder suave" o de atracción. Y no solo implica técnicas de propaganda o guerra híbrida, sino también mejoramiento de armas estratégicas (nucleares y no nucleares), acumulación militar, sanciones, ciberataques, etc. Más aún, lo utilizan países "sermidemocraticos" pertenecientes a la Unión Europea con el fin de frenar la inmigración.

Por ello, a falta de un orden acaso las convocatorias multilaterales mayores como la del G20 puedan ser un instrumento intermedio, pues allí cobran relevancia los encuentros bilaterales, como sucedió entre China y Estados Unidos en la reciente reunión en Buenos Aires. Consideremos siempre que una cosa es la retórica desafiante contra el país asiático, la de Trump, y otra distinta la realidad, China y la necesidad de negociar con ella.

Pero sin duda hará falta más. En 2019 se cumplen cien años del mal Tratado de Versalles. Quizá el mejor modo de recordarlo sea pensando un gran tratado estratégico en el que se acometan las principales cuestiones candentes del globo. Claro está, los involucrados deberían acudir dispuestos a realizar conseciones y sacrificar algo de sus ganancias.

No será sencillo, pero la contracara de ello es un mundo sin acuerdos y cada vez más inestable. Un mundo donde, una vez más, se podrían ir apagando las luces. Pero si ello ocurriera, difícilmente las volvamos a ver encendidas.

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