El tesón del pueblo iraquí le llevará a ser testigo de cómo expulsa a las fuerzas de ocupación de EE.UU., al igual que hizo con los británicos hace 88 años.

El pueblo iraquí dijo ya basta de la ocupación yanqui de su país, Irak, en una multitudinaria manifestación celebrada el pasado viernes, 24 de enero, en Bagdad (capital), después de que las tropas estadounidenses desplegadas en el país árabe llevarán a cabo un asesinato selectivo de varios altos cargos militares iraquíes e iraníes.

Los iraquíes secundaron esta marcha popular por considerar que el asesinato del comandante de la Fuerza Quds del Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica (CGRI) de Irán, el teniente general Qasem Soleimani y el subcomandante de las Unidades de Movilización Popular de Irak (Al-Hashad Al-Shabi, en árabe), Abu Mahdi al-Muhandis, y varios otros compañeros que cayeron mártires en un ataque aéreo de EE.UU. contra los vehículos en los que viajaban cerca del Aeropuerto Internacional de Bagdad en la madrugada del 3 de enero, fue una violación flagrante de su soberanía, integridad e independencia por parte de Estados Unidos.

La guinda que precedió a la muestra multitudinaria del descontento social se lo puso el Departamento de Defensa de EE.UU. (el Pentágono) cuando horas después de la matanza confirmó que el mandatario estadounidense, Donald Trump, emitió la orden mortal con el objetivo, según alegó el propio Trump, de “disuadir a Irán” y proteger los intereses de EE.UU. en el oeste de Asia.

Muchos iraquíes se preguntan qué sentido tiene la presencia prolongada de los efectivos estadounidenses en su territorio, que va camino de 17 años luego de que las tropas de EE.UU. so pretexto de luchar contra el terrorismo y destruir inexistentes arsenales de armas de destrucción masiva en poder del entonces régimen del dictador Saddam Husein invadieron Irak en 2003, cuando asesinan a varias figuras cruciales de esta lucha antiterrorista emprendida contra grupos extremistas como EIIL (Daesh, en árabe) entre otros, tanto a nivel nacional como regional.

Para muchos está más claro que el agua que las verdaderas intenciones de Washington al enviar en su día a sus fuerzas militares a Irak no era, precisamente, para luchar contra un terrorismo que ellos mismos lo habían creado y nutrido para consumar sus políticas hegemónicas e imperialistas en la región del oeste de Asia, sino que más bien era para dominar y controlar con absoluta impunidad los ricos y vastos recursos naturales de esta nación, algo que sigue haciendo a día de hoy.

Se puede decir con total impunidad, puesto que cuando el Departamento de Defensa de EE.UU. (el Pentágono) decidió invadir Irak para derrocar a Saddam Husein (ejecutado en 2006), so pretexto de destruir los supuestos arsenales de armas de destrucción masiva en su poder y poner fin a los vínculos de este dirigente con el grupo terrorista Al-Qaeda, liderado por el también asesinado Osama Bin Laden, no solo contaba con la venia más que evidente de la entonces Administración de George W. Bush, sino que también contaba con el beneplácito de la comunidad internacional auspiciada por la Resolución 1441 del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas (CSNU) aprobada el 8 de noviembre de 2002.

De hecho, a la funesta intervención militar estadounidense ejecutada el 20 de marzo de 2003 se sumaron también las fuerzas británicas y españolas, ya que los líderes de estos tres países, George W. Bush, Tony Blair y José María Aznar, respectivamente, acordaron iniciar la “Operación Libertad Iraquí” en la Cumbre de las Azores, que se había celebrado cuatro días antes de la citada invasión.

El Trío de las Azores, de este modo, puso en marcha su maquinaria de guerra desoyendo así el fuerte clamor que recorría entre la comunidad de estas naciones contrarias a esta “operación” militar al considerar que se trataba de una nueva intervención colonialista del Occidente sobre esta región. Lo curioso del caso es que hasta el propio Trump llegó a reconocer en 2018 que la decisión de Bush de invadir el territorio iraquí en el año 2003 ha sido la peor que se haya tomado en la historia de Estados Unidos.

 

Los entonces líderes de EE.UU., el Reino Unido, España y Portugal (en calidad del país anfitrión), George W. Bush, Tony Blair, José María Aznar y José Manuel Durão Barroso, respectivamente, reunidos en las Azores el 16 de marzo de 2003, donde los tres primeros dirigentes decidieron invadir Irak cuatro días más tarde.

Estas tres sociedades occidentales reclamaban a sus dirigentes que no volvieran a caer en los mismos errores cometidos por sus predecesores durante la época colonizadora, de querer someter a otros pueblos para desangrar y saquear sus recursos naturales con el único fin de saciar sus ansias de dominar el mundo, como se hizo durante el Imperio británico y el Imperio español.

Estos errores a los que se estaban refiriendo son todas aquellas políticas expansionistas y expoliadoras que los colonizadores británicos y españoles habrían cometido allá donde pisaron sus pies al desembarcar de los galeones que les transportaba para establecerse o conquistar nuevos territorios para sus respectivos reinos.

En cuanto a Irak, los británicos que le tenían unas ganas de dominarlo para poder así consolidar su control sobre el canal de Suez y el Golfo Pérsico, solo pudieron hacerlo en cuanto el Imperio otomano se desmoronó apenas dos años de haber finalizada la Primera Guerra Mundial, estableciéndose allí conforme les permitía la Conferencia de San Remo, celebrada el 25 de abril de 1920.

Desde su llegada a las tierras mesopotámicas, los británicos vieron una fuerte resistencia a su ocupación por los pobladores de estos lares que no estaban por la labor de aceptar ni una invasión colonizadora más por parte de otra potencia extranjera. Por ello, los iraquíes ofrecieron una lucha encarnecida de doce años contra las fuerzas de ocupación de Londres en busca de su independencia y soberanía nacional. Un deseo que lograron hacerlo realidad el 3 de octubre de 1932 ante las Sociedades de las Naciones.

Ahora bien, como los propios iraquíes son bien consientes de la importante hazaña que sus antepasados realizaron al expulsar a las fuerzas ocupantes del Imperio británico, es solo cuestión de tiempo que las nuevas generaciones de iraquíes con el tesón que les caracteriza vuelvan a gestar una proeza como la registrada hace 88 años y expulsen a las tropas estadounidense de su país.

De hecho, son muchos los estamentos políticos, sociales y religiosos iraquíes que claman con una unidad nunca vista la inmediata retirada de las fuerzas de EE.UU., o cualquier empresa privada vinculada con ellas, desplegadas en muchas de las bases iraquíes con el pretexto de liderar una supuesta coalición contra el terrorismo de Daesh, ​​como es el caso del Parlamento nacional, el líder del Movimiento Sadr, Muqtada al-Sadr y el máximo clérigo chií, el ayatolá Seyed Ali Sistani, entre otros tantos.

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