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Martin van Creveld

Cuando el 11 de septiembre sacudió al mundo hace diecisiete años, los Estados Unidos respondieron rápidamente. Y la respuesta, fuera lo que fuera, debía ser espectacular para que, tanto los amigos como los oponentes, vieran el agujero a través del cual los peces orinan, para usar una colorida expresión israelí. Una superpotencia, en ese momento, recordemos, sólo había una y, simplemente, no podía darse el lujo de ser tratada de la manera que Bin Laden S.A. la habían tratado. Si el presidente Bush no hubiera hecho lo que la gran mayoría, tanto en el Congreso como en la nación, creían que era tanto justificado como necesario hacer, seguramente habrían encontrado una forma para obligarlo a hacerlo o a sacarlo del medio.

Dicho esto, desde el principio, militarmente, las perspectivas eran dudosas. No porque el objetivo de la ira de los Estados Unidos estuviera lejos, fuera de la tierra y fuera de difícil acceso, esos eran problemas que podían solucionarse y superarse, aunque a un gran costo. Y no porque no fuera poderoso en algún sentido, sino todo lo contrario. Nunca totalmente unido, dejado en ruinas después de ocho años de ocupación soviética y de guerra civil, Afganistán no era un país en sentido convencional. No tenía gobierno, solo una asamblea descentralizada, en constante disputa, de diferentes grupos religiosos y de tribus étnicas. No tenía armamento, básicamente todo lo que tenía eran armas livianas, reforzadas por unos pocos tanques soviéticos obsoletos que habían capturado. Y apenas, lo que los ciudadanos de un Estado moderno, reconocerían como una economía. Solo basada en el comercio del opio, por supuesto.

Todo esto explica por qué, una vez que se pusieron en marcha las piezas políticas y logísticas, la operación se realizó sin problemas, duró solo unas pocas semanas y terminó en lo que, en ese momento, parecía ser una victoria completa. Algunos lectores pueden incluso recordar que el Secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, se jactó de ello en Fort Bragg. Sin embargo, la euforia resultante no duró mucho. En cuestión de meses resultó que, independientemente de las debilidades de Afganistán como país y de los talibanes como gobierno, había una cosa que sí tenían. A saber, un suministro prácticamente ilimitado de hombres (de aquí y de allá y de algunas mujeres, también) preparados para arriesgar sus vidas en la lucha contra el gran lobo feroz; el que, tal como lo vieron, había invadido su país para destruir su fe y su forma de vida.

A mediados de 2002, a más tardar, estaba claro que la guerra no se podía ganar y, que de hecho, estaba en camino de perderse como había sucedido en Vietnam y en Somalia anteriormente. Sin embargo, acosados ​​por la arrogancia, los que estaban en la Casa Blanca y sus alrededores, se mostraron reacios a sacar esa conclusión. Ojos para no ver, oídos para no escuchar. En su lugar hablaron y hablaron. ¿Y de qué hablaron? Bueno, sobre de cómo habían hecho de su país el más poderoso de la historia y cómo este poder, sin precedentes, les permitiría repetir, por supuesto, su "victoria" en Irak.

En este punto tengo una confesión que hacerles. Casi desde el principio, estaba convencido de que la campaña estadounidense en Afganistán, por muy necesaria que fuera, probablemente fracasaría. En eso me salió bien. Dónde me equivoqué fue en mi creencia de que la gente de Washington aprendería de esta campaña de contrainsurgencia, así como lo habían hecho, prácticamente todos los demás, a partir de 1945. A pesar de que los preparativos para la guerra en Irak continuaron, me negué a creer que fueran en serio. Nunca, pensé que podrían ser tan estúpidos.

Es un hecho que Saddam Hussein se ha ido hace mucho tiempo. Sin embargo, a partir de 1991 nunca había representado un peligro real para nadie. En cambio, fueron los EE. UU. Quienes, utilizando la necesidad de asegurar la "libertad iraquí" como excusa, se enredaron en una guerra. Una vez que se lanzó, duró catorce años y costó la vida de miles de tropas, así como de incontables miles de millones. Todo para beneficio de nadie. Y todo para lograr, nada mejor, que convertir al país en un vasallo del adversario de los Estados Unidos, Irán.

Luego vino la decisión estadounidense de intervenir en Siria. Aquí hay que responsabilizar a Barak Obama: quien habiendo heredado no una, sino dos guerras insensatas de su antecesor, temía lanzar una tercera. Originalmente, el esfuerzo tenía poco que ver con ISIS. En su lugar, estaba destinado a ayudar a las fuerzas "moderadas" y "democráticas" de Siria en su esfuerzo por derrocar al presidente de su país, Bashir Assad, quien a su vez recibió el apoyo de Moscú. Sólo más tarde, una vez que quedó claro que esas fuerzas representaban poco o nada, el ISIS se convirtió en el objetivo principal. E incluso entonces, la fuerza estadounidense, originalmente limitada a menos de 200 soldados, nunca contó con más de 2.000 en un momento dado.

Es cierto que los estadounidenses trajeron consigo algunas capacidades únicas, especialmente en los campos de la logística, cuando se trata de logística, nadie puede vencer a los estadounidenses: reconocimiento, comunicaciones y guerra electrónica. Al final, sin embargo, no fueron ellos sino el ejército iraquí, los kurdos y las fuerzas de Assad quienes lucharon y sufrieron prácticamente todas las bajas. Sin embargo, la razón principal por la que ISIS fue derrotado fue porque, violando la doctrina clásica de la guerra de guerrillas, trató de ocupar un territorio y cambiar a la guerra convencional en una etapa demasiado temprana. En cualquier caso la victoria no está completa. Mientras se escribe este artículo, encontré un artículo (“The Washington Post”, 21/1/2018) que decía que sus líderes habían sacado de contrabando enormes cantidades de efectivo y oro de Irak y que estaban listos para usarlo para financiar el terrorismo en todo el mundo. En cuanto al objetivo original, es decir, deshacerse de Assad, había que olvidarse.

En resumen, una campaña que se inició contra un adversario fracasó. Habiendo sido redirigido contra otro, solo logró un éxito muy parcial. En el camino, se involucró con tantos amigos y enemigos como para poner en duda si alguien, todavía, podía llegar a darle algún sentido. Y menos aún, los neoconservadores, que siempre están ansiosos por arrojar a su país a nuevas aventuras sin sentido. Y menos que nada, aparentemente, el presidente Trump. ¿El objetivo era aplastar a ISIS? ¿Fue para salvar a los kurdos de sus enemigos turcos y sirios? ¿Fue para evitar que los rusos se establecieran firmemente en Siria? ¿O para ayudar a Israel a enfrentar a Irán? ¿O?

Si fuera norteamericano, le agradecería a Dios que el presidente Obama tuviera la sensatez de mantenerlo pequeño y no expandirlo como lo hicieron con campañas similares en el pasado. Y llegado el momento oportuno, diría, que para reducir las pérdidas; incluso si para hacerlo hubiera requerido hacer una declaración falsa de victoria.

Traducción: Carlos Pissolito

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