¿Os acordáis de la crisis catalana?

La política española es aburrida desde tiempo inmemorial y la catalana es un dejá vu continuo. Así pues, carece de sentido seguir el día a día, a menos que uno viva de esto. La vida ofrece muchos más centros de interés que algo que, históricamente, no tiene remedio. Porque, ochenta años después de que Ramiro Ledesma definiera los últimos 200 años de historia de España como una “gigantesca pirámide de fracasos”, hoy, por no haber, ni siquiera existe la esperanza en la que se refugiaba el director de La Conquista del Estado de que ese ciclo diera fin con una “revolución nacional”.

Así que cuando alguien me pregunte por qué no escribo más a menudo de política la respuesta será: 1) no tengo nada que añadir sobre España, su pueblo y su sistema político y 2) No hay nada menos original y más soporífero que la política española, salvo la catalana. De hecho, debo reconocer que desde hace dos meses y medio ni leo digitales, ni veo informativos y, aún así, creo seguir estando bien informado.

BALANCE TARDÍO DE LAS ELECCIONES AUTONÓMICAS

La última vez que leí algo relacionado con política, fueron los resultados de las elecciones catalanas. Impresión que me llevé entonces y que hoy todavía sigo teniendo como cierta:

1) El hecho de que Ciudadanos fuera el primer partido no indica que este partido sea el “mayoritario” en Cataluña, sino el que ha recogido el voto de protesta de los “unionistas”. No me cabe la menor duda de que en las próximas elecciones catalanas (o en las generales o en las municipales), Ciudadanos nunca volverá a tener ese número de votos. Muchos de mis conocidos votaron simplemente a esta candidatura para expresar su más absoluto rechazo al independentismo y a cómo había llevado Rajoy las cosas. En Cataluña, Ciudadanos no existe fuera de la propuesta unionista y, mucho más, del antinacionalismo. Dicho de otra manera: su programa es demasiado “soft” para que pueda llamar la atención. Su posición sobre la inmigración es, simplemente, vomitiva y no está muy lejos del zapaterismo de baratillo.

2) El nacionalismo moderado ha desaparecido. Si tenemos en cuenta que las siglas tras las que subsistía CDC eran el PDCat, hoy esa sigla ha sido subsumida por la presencia de Puigdemont, su obstinación numantina por mantener el “proceso independentista” vivo y, lo que es peor para ellos, sin posibilidades de volver atrás. Suerte tuvo JxCat de haber presentado al ilustre pastelero de Amer, para no haber quedado completamente desarbolado. Si Puigdemont no hubiera quedado por delante de Junqueras, hoy nadie se acordaría de él y probablemente, él mismo estaría tratando de regentar un tenderete de patatas fritas en Molembeek, pagando racket de protección a los islamistas. La fatalidad quiso que unos miles de votos configuraran la candidatura de Puigdemont como mayoritaria en el seno del nacionalismo, algo que estos han  interpretado como una confirmación de su radicalismo independentista. Y en eso anda. ¿Y el nacionalismo moderado? Simplemente, ha pasado a mejor vida. O dicho de otra manera: está en la cárcel con los condenados ya en firme por el Caso Palau, o a la espera de que les toque el turno a las cúpulas convergentes procesadas por el Caso Pretoria.

3) Cataluña: donde Podemos dejó de existir como alternativa. El mito Podemos, el tic-tac, tic-tac, la alternativa de izquierdas, todo eso ha pasado a mejor vida en Cataluña, al tiempo que se iba desinchando en España. Hoy puede establecerse que el momento álgido de esta formación (o más bien, de esta galaxia) fue entre las generales municipales de mayo de 2015 y las elecciones generales de junio de 2016. Desde entonces, lo cierto es que ni sus diputados, ni sus concejales, ni sus cargos autonómicos, han dado la sensación de estar ni bien preparados, ni tener un programa que aplicar (fuera de los tópicos habituales de la izquierda), ni siquiera de ser diferentes de cualquier otra opción. Y aquí se ha acabado la historia: con una nueva decepción para el electorado. Su eclecticismo en Cataluña era paralelo al que había mantenido el PSC durante las últimas décadas (ni unionistas, ni independentistas, sino todo lo contrario… que se consulte al pueblo y que el pueblo decida). Pasado al unionismo con algunas resistencias, el PSC ha salvado los muebles al optar por el unionismo, mientras que el galaxia Podemos, con los restos de ICV, ha quedado tocada y hundida, por no hablar del triste destino que le espera a la Colau en las próximas elecciones municipales. Las autonómicas no fueron nada más que la exteriorización de la “crisis de agotamiento” de Podemos a nivel nacional.

4) El PP, derrotado en Cataluña, íntegro en el resto del Estado. El error de estas elecciones consistiría en pensar que la victoria de Ciudadanos es extrapolable a todo el Estado y que la derrota absoluta del PP catalán precederá a la de estas mismas siglas en las próximas elecciones generales. De hecho, si se convocaran nuevas elecciones autonómicas, lo más seguro es que el PP subiría lo mismo que Cs descendería. El mayor error que podría cometer Cs es pensar que tiene “atados y bien atados” los votos obtenidos en Cataluña y que esto repercutirá en un rutilante éxito a nivel nacional. Lo cierto es que en los centros de poder económicos, está extendida la opinión de que Rajoy actuó correctamente ante la crisis catalana, evitando hacer sangre y actuando solo después de múltiples advertencias y de manera muy serena, sin poner toda la carne en el asador, logró conjurar el riesgo independentista. La merma de votos no viene por ahí, sino por la retahíla de casos de corrupción que han afectado al partido. Pero en España, la corrupción nunca ha ocasionado la caída de un partido político. El riesgo del PP no es ante las próximas elecciones –que volverá a ganar, sino con facilidad, si con cierta holgura- sino en cinco años vista. En efecto, por el momento, Rajoy no tiene sucesor designado.

5) La correlación de fuerzas independentistas ha dado la ventaja, inopinadamente, a Puigdemont, en lugar de, como todo inducía a pensar, ver como se consolidaba ERC como primer partido. La derrota de ERC ha sido doble: en primer lugar dentro del campo nacionalista al quedar por detrás de JxCat y, en segundo lugar, al quedar como tercer partido a nivel catalán. Ahora bien, el hecho de que Puigdemont se encuentre fugado y que no parezca muy dispuesto a pasar unos meses en la mazmorra fría, pero imposible que sea elegido presidente efectivo. Y JxCat no quiere, como propone ERC un presidente simbólico (Puigdemont) y otro real (Junqueras). Lo que ERC quiere es la constitución de un gobierno autonómico que pueda actuar sin el artículo 155 pendiendo sobre sus cabezas. En realidad, como hemos dicho, si se hubieran invertido los resultados electorales (Puigdemont tercero, Junqueras segundo), nadie hablaría del pastelero de Amer y un Junqueras, mucho más capacitado en lo técnico y cultural y con mucha más capacidad reflexiva que Puigdemont, asumiría el liderazgo nacionalista con la dura tarea de reconducirlo hacia la moderación, a la vista de que todo lo ocurrido desde octubre de 2017 indica demasiado a las claras que el “proceso independentista” ha descarrilado en la misma vía muerta en la que se había orientado.

¿En qué punto nos hallamos en este momento?

EL MEDIO INDEPENDENTISTA

En un momento crítico caracterizado en el que la palabra “confusión” es el leit-motiv de la política catalana. Esta confusión se da en un triple nivel en el medio independentista:

1) En el interior de las cúpulas independentistas que, en sus dos formaciones (ERC y JxCat, CUP no cuenta para nada y ellos mismos se embarcaron en el embolado de montar unos Comités de Defensa de la República que protagonizaron la huelga general del 3 de octubre que pasará a la historia como simple embotellamiento de tráfico) no terminan de tener claro si siguen estando en el “proceso independentista” o si lo han abandonado.

2) Entre las cúpulas independentistas, cada una de las cuales se niega a dar a la otra la primacía del sector, al margen del programa político que cada vez es más confuso e ininteligible y que no es capaz siquiera de aclarar si se sigue adelante con el proceso independentista, si se reconoce que éste ha fracasado por no tener mayoría social, si se intenta una política anternativa… Lo que está claro es que ERC y JxCat quieren, sea como sea, acaparar el máximo poder en los próximos meses (al menos esto es lo que indican las discusiones) y que el programa es secundario.

3) Entre las cúpulas independentistas y la población, entre ambas existe más distancia de la que creen unos y otros. Buena parte de las bases independentistas siguen ancladas en la suposición de que ellos “han ganado” pero que el Estado, al aplicar la “política represiva” con el artículo 155, les ha escamoteado la victoria. Sin embargo, en las cúpulas empieza a cobrar forma la sensación de que durante años, los dirigentes políticos independentistas han vulnerado la ley española y que ésta sigue vigente en Cataluña, por lo que los responsables deberán responder, especialmente con su patrimonio y con su libertad. Y los más expuestos (los Junqueras, los Jordis, la Forcadell, etc.) saben perfectamente que el proceso ha fracasado porque carecía de apoyo popular suficiente. Pero si lo reconocen ello les impide hablar, como hasta ahora, en nombre de “toda Cataluña” y, sobre todo, les llevaría a abordar la problemática necesidad de explicar a su electorado lo que ha ocurrido y cómo ha ocurrido.

EL MEDIO UNIONISTA

Si esto ocurre en el medio independentista, en el unionista las cosas en Cataluña no van mucho mejor, por otra triple contradicción:

1) La que se da entre Ciudadanos y el PP: La pregunta que se formulan muchos ciudadanos es “¿En qué se diferencia el PP y Cs?” y la respuesta no termina de estar clara. El perfil de Cs es tan absolutamente vago en todos los terrenos, salvo en la vertebración del Estado, que da la sensación de que si este tema quedara completamente resuelto, el Cs carecería de razón suficiente para existir. En cuanto al PP, su papel en la política catalana llegó a su cénit con Vidal-Quadras, cuando supo aunar arraigo y antinacionalismo. Al perder esta posición a causa del cambalacheo Aznar-Pujol, el PP catalán perdió fuelle y la cuestión es si logrará recuperar protagonismo. Lo que está claro es que ambos partidos insistirán en sus posiciones unionistas, disputándose la hegemonía y, contrariamente a lo que cree Cs, no está claro quién se llevará en última instancia el gato al agua. No olvidemos que, a nivel nacional, el PSOE y el PP son comanditarios de la sacrosanta constitución, mientras que Cs (o Podemos) no dejan de ser recién llegados que intentan hacerse un hueco a codazos.

2) La que se da entre el “unionismo de izquierdas” y el “unionismo de derechas”: Pero la lucha por la hegemonía en el sector “unionista” no se da solamente entre PP y Cs, sino que reviste también dos formas “ideológicas” clásicas: derechas e izquierdas. Está claro que el “unionismo de izquierdas” tiene una formulación muy diferente al “unionismo de derechas”. Mientras que éste se limita a aludir al papel del Estado y a su necesario fortalecimiento, el de izquierdas oscila entre el federalismo y la defensa del derecho de autodeterminación. En efecto, el federalismo es la opción del PSC, mientras que los podemitas, en general, aluden a lo segundo, tratando de esconder sus preferencias que no son, en absoluto, independentistas. En cualquier caso, lo que une a estos sectores de izquierdas es la oposición y la desconfianza ante un Estado unitario y fuerte. Quienes un Estado más federal que unitario y más “democrático” que “fuerte”. Hace cinco años, la lucha parecía definitivamente ganada por la galaxia podemita, pero la acumulación de errores (especialmente en Cataluña, en donde individuo como Dante Fachín, o como la diputada podemita autonómica Angels Martínez, devota de la presidencia de Puigdemont) ha llevado a la fase previa a la liquidación a esta opción y ha servido como bálsamo para la recuperación del PSC.

3) La que se da entre la levadura activa del unionismo y la masa pasiva: a diferencia del independentismo que se beneficio de la existencia de una sociedad civil clientelar creada durante décadas desde el poder autonómico por CiU y organizada en cientos de asociaciones subsidiadas, el unionismo no dispone salvo de muy escasas fuerzas organizadas. Ni siquiera en los dos partidos unionistas (PP y Cs) existen cuadros, ni dirigentes en condiciones de organizar, capitalizar, ordenar e instrumentalizar a la masa unionista que, a lo largo de la crisis, ha demostrado ser muy superior a la que los propios partidos unionistas creían. El riesgo es que esa masa, carente de levadura, actúe en alguna manifestación unitaria de manera radicalizada. Estaría justificada para ello por la presión que ha sufrido durante los ocho años que dura el proceso. Pero lo cierto es que, de momento, controlarla, organizarla y encauzarla es algo que está fuera de las posibilidades de los partidos unionistas.

LAS PERSPECTIVAS

Las elecciones fueron el 21 de diciembre. Han pasado, pues, casi dos meses y Cataluña sigue sin gobierno. Lo que sí tiene es un parlamento controlado por independentistas y solamente por independentistas, lo que indica que van a gobernar solamente para una fracción de Cataluña. No olvidemos que, sumadas sus fuerzas, los independentistas agrupan 2.179.340 votos, sobre una comunidad que tiene 7.522.596 habitantes censados y 2.228.421 votos no independentistas. El primer error de los independentistas es el mismo que en las dos legislaturas anteriores: pensar que la mayoría parlamentaria equivale a una mayoría social y pensar que disponen de fuerza social suficiente para hablar en nombre de “toda Cataluña”.

Así pues, los partidos unionistas no pesan ni cuentan para nada a nivel institucional. El futuro, por tanto, se decidirá entre las dos formaciones independentistas. Tienen tres opciones:

1) Ponerse de acuerdo: lo que va a resultar muy difícil habida cuenta de la ambigüedad en la que se mueven las cúpulas de las dos formaciones y su nivel de heterogeneidad que hace que ni siquiera estén de acuerdo interiormente en si el “procés” sigue siendo viable o no. Esto implica, en cualquier caso, realismo y, sobre todo, efectuar un reparto de cargos, responsabilidades e ingresos.

2) Dar la primacía a alguno de los dos gallitos del gallinero: Puigdemont o Junqueras. Lo que implica que uno u otro de sus partidos se verá fortalecido y el otro quedará con “hambre”. Si de lo que se trata es de elegir al líder más capacitado, parece claro que Junqueras tiene más preparación, incluso sensatez, y ha tenido tiempo de pensar en la celda sobre la viabilidad del proyecto. Su trabajo será convencer a su gente de que hay que cambiar de orientación y dotarse de otros objetivos más realistas. En cuanto a Puigdemont seguirá erigiéndose como presidente legítimo y a los resultados del 1-O como irrenunciables. Lo primero podría suponer el desatasco de la crisis catalana; lo segundo, el mantenimiento del artículo 155.

3) Convocar nuevas elecciones: es una de las salidas que, desde el principio, parecen más sensatas… a condición de que, por una vez, las candidaturas independentistas, opten por ser más directas, no irse por las remas de la retórica y confesar a su electorado la realidad de la situación: la independencia es imposible, jurídica, política, económica e internacionalmente, por lo tanto hay que dotarse de un programa más realista y… esperar. Esto serviría, además, para comprobar quién tiene atados los votos obtenidos el 21 de diciembre.

Cualquiera de estas salidas en mala o muy mala. La situación real de Cataluña es la de unos partidos independentistas que, por distintas circunstancias, sumados, han obtenido 2.179.340 votos, frente a 2.228.421 votos no independentistas, lo que indica hasta qué punto, el único efecto del “proceso soberanista” ha consistido en partir por gala en dos a la sociedad catalana.

Mientras, la sanidad catalana, la enseñanza, la vida en Cataluña, sigue degradándose, la inmigración continúa llegando masivamente y es subsidiada desde el primer día con sueldos similares a las pensiones de jubilación más bajas y varios miles de empresas han huido de la autonomía y 3.000 han trasladado su domicilio fiscal. El turismo ha decrecido en Cataluña, mientras ha aumentado en el resto del Estado… por mucho que la única industria digna de tal nombre que sigue existiendo en Cataluña sea el turismo. Podía haber ido mucho peor.

El problema, a estas alturas, es saber si la situación es reversible o simplemente se ha enquistado. En nuestra opinión, nada existe hoy más fuera de la historia que los micronacionalismos o los independentismos de “nuevas naciones”. Harina de otro costal es si el electorado independentista lo reconoce o no. O dicho de otra manera: si las cúpulas independentistas más lúcidas –en el supuesto de que las haya- tienen el valor suficiente para reconocer que hay vías cerradas y quieran evitar lo que le ha ocurrido a Podemos que, de tomar el cielo por asalto, se han reducido a tomar cañas en el bar del Parlamento.

¿Lo más genial de este período? Tabarnia, claro está. La gran broma que ha consistido en poner un espejo delante de los independentistas para qué miren a sí mismos la calidad y el fuste de sus propios argumentos. El problema es que si algo caracteriza al independentismo es su falta de sentido del humor.

Ernest Milá

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